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Un Francisco Umbral radiofónico aparece en el "Diario de un noctámbulo"

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Un Francisco Umbral radiofónico aparece en el "Diario de un noctámbulo"

Un Francisco Umbral radiofónico aparece en el "Diario de un noctámbulo"

"Buenas noches noviembre, fanfarrón de capa y espada, seductor de doña Inés novicia, buenas noches". Esta es una de las entradas que Francisco Umbral narraba en sus crónicas radiofónicas para nocturnos en "La Voz de León", unos textos inéditos que se han agrupado en un libro, "Diario de un noctámbulo".

Editado por Planeta, el libro póstumo del malabarista de la palabra, del maestro del periodismo literario, lleva un prólogo de Luis Mateo Díez y reúne casi setecientos textos emitidos por un veinteañero Francisco Umbral en "La Voz de León", entre 1958 y 1961.

Pero Francisco Pérez Martínez, Paco Umbral, en aquellos años ya hacía literatura de todo lo que pillaba, y en estos textos mezclaba su amor por la palabra, con el tiro fino y acertado, y el pensamiento filosófico y poético, sin olvidar tampoco el tono local.

Unos textos que se hallaban perfectamente colocados y ordenados en una maleta en la casa del escritor y que fueron hallados por su esposa María España.

"Él jugaba con las palabras como lo hacia a las canicas en su infancia. Su infancia fueron las palabras. Fue autodidacta, leyó todo lo que caía en sus manos, además cuando su madre empezó a trabajar en el ayuntamiento de Valladolid le dejaba en la Biblioteca", explica Isabel Martínez Moreno, editora de Francisco Umbral y también experta en Antonio Gala.

"Diario de un noctámbulo" se divide en tres partes "Buenas noches" (1958), "Francisco, saludador nocturno y desvelado"; Una segunda titulada "El piano del pobre" (1959), el mundo en sus labios", y una tercera: "El tiempo y su estribillo" (1960-1961) Nuestro pequelo León".

Y en es en esta primera parte, en "Buenas Noches", donde aparece un Umbral intimo y poético, el escudriñador del alma, el pintor de las debilidades, los paisajes y los excesos del hombre. Y es aquí donde el autor de "Mortal y rosa" se muestra más solidario y empático con los que viven al margen.

"Buenas noches, suicida, hombre que a esta hora alta y sobrenatural velará en algún puente del mundo su muerte voluntaria, su nocturna muerte que le espera en el agua, en la corriente, como una negra barca sin remos; buenas noches...", así hablaba Umbral a los 26 años.

"Fijaba ya la mirada poética en la gente marginal, se ofrecía para darles fuerza. Les tendía la palabra para retratarlos y se ofrecía como redentor, hablaba de misericordia, de enfermos", subraya Isabel Martínez Moreno.

La editora recuerda que en estos textos seleccionados para el libro, -aunque hay muchísimos más, precisa-, el autor de "La forja de un ladrón" se muestra muy espiritual. Los artículos dedicados por ejemplo a la Semana Santa o los miércoles de ceniza son muy expresivos en este sentido".

Pero el Umbral cronista fino e irreverente con las actualidad nacional o internacional y sus personajes asoma ya en estas páginas, en las que se cruzan también crónicas de cine, teatro o música.

En ellas atiza, por ejemplo a una François Sagan, a la que llama "fea y experimentada, musa poco agraciada del amor escéptico, anda en pleitos y vuelve a la actualidad de los periódicos...".

Y, como no, dedica toda una parte de sus palabras a su pasión, la literatura y a los escritores Juan Ramón Jiménez, José Hierro, Miguel Delibes, Albert Camus o Gerardo Diego, entre otros muchos.

En el prólogo, con el título "Voz de Umbral", el escritor leonés Luis Mateo Díaz termina con una conclusión sobre la eterna bufanda que llevaba Umbral, fallecido en 2007, alrededor de su cuello.

"Los textos de los folios -dice- que subsitieron en algún cajón transmiten también esa aureola de olvido que pudo condenarlos al frío de su desaparición".

Lo del frío lo digo -continúa- sin otra intención que la de remarcar una necesidad que Umbral sintió (...) en una ciudad como León(...) fue la necesidad de comprar por primera vez una bufanda, ya que de nada servía alzar el cuello del abrigo. La bufanda, al fin, no provenía de la coquetería sino de la necesidad". concluye.

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