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Huir de la nostalgia, la mejor receta para no ser un viejo gruñón

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Huir de la nostalgia, la mejor receta para no ser un viejo gruñón

Huir de la nostalgia, la mejor receta para no ser un viejo gruñón

Leopoldo Abadía reconoce que, a sus 81 años, llevados "con mucho garbo", le cuesta no ser un viejo gruñón, "alguien -dice- que se amarga la vida y se la amarga a los demás", y para que eso no llegue a ocurrir cree tener la fórmula infalible: "Huir de la nostalgia".

"Mis tiempos son estos. No es cierto -continúa- eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me tengo prohibida la nostalgia, el camino más corto y directo para convertirme en un viejo gruñón".

Este "mañico" con residencia en Barcelona, padre de 12 hijos y abuelo, de momento, de 45 nietos, ingeniero, consultor, empresario y profesor en sus años de plenitud profesional y reconvertido a partir de su jubilación en un "famosete" que se dedica a las "varietés" -conferenciante, articulista, tertuliano en radio y televisión...- ha volcado en un libro toda su sabiduría y su experiencia sobre el arte de llegar a viejo.

Un libro, "Cómo hacerse mayor sin volverse un gruñón" (Espasa), que se suma a otros anteriores en los que, siempre vital y optimista, ha intentado, por ejemplo, que el común de los mortales entienda los misterios de la economía, o ayudar a combatir una crisis que él adjetivó como "ninja".

Abadía, para quien "cuando se deja de luchar por ser joven se muere de viejo", se ha atrevido también a poner por escrito las 36 cosas que, a su juicio, hay que hacer para que una familia funcione bien. No será, en su caso, por falta de experiencia.

Convencido de que la experiencia "es un grado, pero no lo es todo", Abadía cree que cualquier "mozo" de 80 años "con vejez de espíritu, aridez de corazón y anquilosis mental" tiene todas las papeletas "para ser un auténtico gruñón". Y a los gruñones, destaca, "no los aguanta ni su padre; en primer lugar porque ellos no se aguantan a sí mismos".

Este joven "con carcasa de viejo", se ve a los 81 años "el mismo, pero mejorado" y entiende que "no se tiene criterio solo por la acumulación de años, sino por discurrir". Y él, que no quiere oxidarse, no para de discurrir. "Ser viejo es, simplemente, la consecuencia de haber vivido muchos años".

Para combatir la tentación de "gruñir", el viejo, continúa, tiene que cultivar la humildad y la generosidad. "Cuesta, lo sé, pero ¿qué hay en la vida que no cueste?".

En su nuevo libro, este hincha del Real Zaragoza, que le proporciona más disgustos que satisfacciones, reconoce resignado, escribe para los que son como él, viejos, pero también para los jóvenes. "Es un libro para los demás", para todo aquel que no quiere ser alguien que "joroba a quien le rodea constantemente".

Leopoldo Abadía se siente "mayor y libre", alguien sin complejos, "que sólo tienen los simplejos", un hombre con apariencia externa de gentleman y que divide a las personas en dos categorías: los facultativos y los dificultativos. "Todos, también los viejos, tenemos que ser facultativos".

"Los mayores, los viejos, los abuelos, la tercera edad... tenemos -escribe- una altísima responsabilidad en la globalización de la decencia", por lo vivido, sobre todo, "y porque, no nos engañemos, lo que nos ocurre una primera vez, ya le sucedió antes a otro". "Pero huyendo -advierte- de las batallitas, aunque los jóvenes también tienen sus propias batallitas".

Abadía sostiene que los viejos son "una fuente de pausa en esta espiral de injusticia, odio y sinvergonzonería" que se vive hoy y advierte del peligro que existe en España "de que nos volvamos gruñones, negativos, por todo lo que está ocurriendo".

Este octogenario que, de cuello para arriba, lleva dos lentillas, tras una operación de cataratas, dos audífonos, por imposición familiar, y varias piezas dentales -"mi mujer- bromea- dice que tiene un marido biónico"- no se pone serio ni para hablar de las lógicas limitaciones que conlleva ser viejo. Físicas y mentales.

"Si consideras -destaca- que las limitaciones son eso, limitaciones, y que todos, niños, jóvenes, viejos, las tenemos, intentarás sacar el mejor partido posible de ese trozo de vida que te queda".

Consciente de que su futuro "es corto", aconseja no ponerse "ni trágico ni solemne" a la hora de hablar de la muerte. "Hay que tener las cosas más o menos claras y entender que del viaje no se vuelve. Y procurar estar a la altura y no hacer el ridículo".

Y al hilo de estas reflexiones en voz alta sobre la muerte, Abadía recuerda lo que Sinatra -"me encantan sus canciones, las escucho cada noche que tardo en conciliar el sueño", confiesa- dice en "My way": "Ahora que se acerca el final -recita Abadía- y que se va a bajar el telón por última vez...".

Aunque no le corre prisa "cerrar la tienda", sí tiene dicho a los suyos que quiere esquela "con cruz, de las grandes y caras" en un periódico, que le entierren en el pueblo próximo a Barcelona donde ahora vive, que nadie hable de él en su funeral y que en el féretro pongan "una estampica de la Pilarica".

Por Carlos Mínguez

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