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¿Es el arte un lugar seguro?

La galería Luis Adelantado deja la respuesta en manos del diálogo expositivo que mantienen Priscilla Monge y Yann Sérandour

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¿Es el arte un lugar seguro?

¿Es el arte un lugar seguro?

Nada más entrar en la galería Luis Adelantado refulge una obra en neón de la artista costarricense Priscilla Monge que dice: ‘Este es un lugar seguro’, título a su vez de la exposición. Y un par de pisos más arriba, el francés Yann Sérandour despliega una serie de piezas en torno a la idea de trampa: ‘A Figure Four Trap’. Isabel Puig, de la Asociación Valenciana de Educadores en Museos (AVALEM), se encargó, en una visita guiada, de ir esclareciendo a un nutrido grupo de personas la obra artística de Monge y Sérandour.

Empezó diciendo algo que, aun caracterizando el trabajo de ambos artistas, finalmente los atraviesa a todos. Dijo primero: “Uno de los valores que extraigo es el de ironía y, otro, la presencia del juego”. Aspecto éste que, en efecto, adquiere un carácter más general: “Los artistas juegan todo el tiempo”. Y puestos a comparar, Isabel Puig, siempre con mucho tino, advirtió: “Hay ironías duras, solemnes, y otras más livianas”. Para agregar a continuación: “El factor sorpresa también juega”.

Una vez completado el recorrido, el diálogo entre Monge y Sérandour echaba chispas. Porque si Monge entendía que el arte y el espacio que lo acoge poseían cierto grado de seguridad, sin duda recogido en el título de su exposición (‘Este es un lugar seguro’), Sérandour llenaba el suyo de trampas, planteando serias dudas acerca de ese mundo interior, poblado de crudas interrogaciones, que por contraste exponía Monge. Isabel Puig había dado en el clavo: hay ironías duras y otras más livianas.

Y la dureza de Monge no sólo estaba inscrita en su pieza de neón, tan afirmativa como sugiriendo por contraste cierta inseguridad exterior al arte, sino en esa otra denominada ‘Objeto de medición’: una serie de relojes con bastidores de bordado y mármol a modo de “lápida o epitafio”, precisó Puig. Al margen de la historia relativa a cierta práctica forense, ligada a las horas que marcaban los diversos relojes, saltaba a la vista la falta de una de las manecillas. Eran, por así decirlo, relojes a los que les faltaba un brazo; amputados. En ese tiempo herido, Monge había depositado la cifra de su ironía. De ahí la crudeza y solemnidad que apuntó Isabel Puig.

El universo de Priscilla Monge se nutre de esas heridas, en las cuales hurga con delicadeza sabedora del material sensible con el que trabaja: los sentimientos humanos. Y el único lugar seguro para tratarlos es el arte, porque ahí fuera lo real acecha. No es que el arte reconforte, ocultando lo espinoso de la existencia. Todo lo contrario: manifiesta que el tiempo hiere con su inexorable paso, pero también cuando parece detenido en esas tristes horas. Pero al hacerlo, frente a esos otros discursos de la racionalidad instrumental, muestra su eficacia para abordar la siempre quebrada subjetividad.

Sérandour, en cambio, apela al juego, a la trampa, para revelar el carácter ficticio de cuanto nos rodea. En su caso, no hay seguridad que valga, porque el arte viene precisamente a constatar lo que Jean Baudrillard (citado por Isabel Puig al referirse a la serie de objetos de Monge que absorbían angustias o aseguraban la continuidad de la vida) decía en relación con el simulacro de la cultura. De ahí el frágil pájaro, la trampa a punto de caerle encima o la repetición a base de opuestos. Nada es seguro en el universo de Sérandour, porque todo es susceptible de mímesis, de engaño y de sorpresa, que transforman la realidad en un juego de descréditos.

¿Es el arte un lugar seguro? Priscilla Monge responde de manera afirmativa porque sabe que fuera de él se halla la intemperie que en su obra acoge, arropa e interroga. Yann Sérandour utiliza el arte para mostrar las trampas de una realidad invadida por la irónica sospecha. Un contraste digno de reflexión, como bien mostró Isabel Puig durante su visita guiada y la galería Luis Adelantado que propicia tan elocuentes diálogos.

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