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Lo normal

Intervención total, encarcelamientos, suspensión de la autonomía... Rajoy consigue hacer pasar por normal fuera de Catalunya lo que hace unas semanas parecía intolerable

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Rajoy preside la reunión del Consejo que decidirá cómo actuar ante Puigdemont

Mariano Rajoy, en un día normal. EFE

Hace solo un par de semanas, la intervención total de Catalunya desde Madrid, la suspensión de la autonomía y el encarcelamiento de los líderes independentistas era solo el sueño de una minoría, una hipótesis inconcebible sin fractura definitiva. Incluso para muchos que rechazaban la declaración de independencia unilateral, era un escenario intolerable. Hoy ya no. Hoy ya parece que es el nuevo normal.

Una de las reflexiones más finas popularizadas en estos últimos años es que la política, más que el arte de lo posible, es el arte de desplazar el sentido común. Es decir, de cambiar las reglas de lo que es aceptable y no lo es, a través de la presión social o la ley. Desahuciar a una familia con niños era perfectamente tolerable en 2010 y socialmente intolerable en 2012. Hacer un comentario machista desde la tribuna del Congreso era algo gracioso en el año 2000 y no sale tan gratis en 2017. Pensar en que antes se pudiera fumar en un tren provoca náuseas hoy incluso a muchos fumadores.

Desde ese punto de vista, de la crisis en Catalunya está naciendo una nueva idea de lo que es de sentido común. Y es un sentido común más de orden, más de mano dura, más de "tonterías las justas". Está sucediendo muy rápido.

En este nuevo sentido común, cuando pasen unos días parecerá normal que  la mitad de un gobierno autonómico cesado esté en la cárcel a la espera de juicio, como ya parece normal que  dos líderes sociales estén en prisión por la convocatoria de una manifestación donde se acabó encarando a la policía, igual que pasó por normal que una Fiscalía que depende del Gobierno central  acuse de rebelión a los que se han saltado la Constitución para impulsar la independencia.

Hace unas semanas, la intervención policial con antidisturbios para impedir un referéndum ilegal parecía un escándalo internacional. Hoy la petición de hasta 30 años de cárcel para el Govern independentista para mucha gente parece, bueno, lo que toca.

El carácter de Rajoy es perfecto para esta normalización de lo impensable. Todo lo que hace parece darle pereza, parece venirle mal, parece un trámite. Hace unas semanas, un 155 'suave' parecía extremo y hoy el 155 del control total parece moderado si sale de su boca.

Durante los últimos años de fortísima presión social, Rajoy dominaba el gobierno central, un refugio donde resistía los golpes de la opinión pública forjada ahí fuera, aunque no tuviera forma de oposición política que pudiera asaltar su castillo. Ahora el PP no solo domina el Congreso sino que, en la nueva época de debate sobre identidades nacionales, Rajoy tiene que mucho que ganar frente a las posiciones más complejas o contradictorias de sus oponentes.

De hecho los votantes más a la derecha del PP también se deben una reflexión: con Aznar todo habría sido diferente. Su agresividad explícita habría sido su perdición. El estilo de Rajoy es mucho más habilidoso, cambiando los golpes ( y los pies) encima de la mesa por torpedos camuflados a través del BOE y la Fiscalía.

La fractura social y el riesgo de violencia son dos de los grandes riesgos en esta crisis en Catalunya. Otro de los efectos secundarios más preocupantes en el resto de España es que en los márgenes de ese nuevo sentido común se está haciendo sitio la ultraderecha. No es cierto ni responsable decir que los cientos de miles de personas que se manifiestan en Barcelona, Madrid o Sevilla contra la independencia de Catalunya tengan algo que ver con la ultraderecha. Sí es conveniente advertir de que este desplazamiento del sentido común hacia posiciones más duras está dejando margen a la ultraderecha. El politólogo Jorge Galindo lo expresa así:

Hemos escrito mucho y muchas veces sobre cómo durante la crisis no se había producido un auge realmente significativo de la ultraderecha en España. Siempre hay indicios y agresiones preocupantes, pero al compararnos con la Francia de Le Pen o la Grecia de Amanecer Dorado, había que felicitarse.

Hemos presumido, incluso con un punto de patriotismo, sobre cómo las movilizaciones sociales nacidas al calor del 15M fueron tan precisas en identificar los problemas sistémicos de nuestra democracia que fracasaron los (muchos) intentos por culpar de todo a los inmigrantes, a las ONG, al exceso de servicios públicos. Pero esas vacunas no duran para siempre y, si nos confiamos, no estaremos preparados para contrarrestar la impunidad con la que una nueva generación de ultras ya empiezan a moverse a la sombra de la bandera anticatalanista. Y más nos vale que eso no nos parezca normal.

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