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Un enigma por resolver: 2.000 onzas de oro escondidas en una playa de la Isla

El investigador Manuel Lorenzo apunta la posibilidad de que, en base a un documento que rescató de un archivo privado de La Palma, fechado en Ceuta en 1859, el cargamento de monedas que portaba el navío ‘Valandro Rosa’ para comprar esclavos en Sierra Leona, puede estar enterrado en algún punto del litoral palmero. Esta extraordinaria historia ha sido incluida en el libro ‘Enigmas y tesoros de Canarias’ que se presentó el pasado 9 de octubre en el Parlamento de Canarias.

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El investigador Manuel Lorenzo encontró el domuento en un archivo privado de La Palma. Foto: LUZ RODRÍGUEZ

El investigador Manuel Lorenzo es un prestigioso experto en numismática. Foto: LUZ RODRÍGUEZ

Parece pura ficción, pero puede ser realidad. El investigador palmero Manuel Lorenzo Arrocha, prestigioso experto en numismática, en su libro ‘Galeón. Naufragios y tesoros’, apunta la posibilidad de que, en base a un documento que rescató de un archivo privado de La Palma, fechado en Ceuta el 10 de agosto del año 1859, “un tesoro en monedas de oro que transportaba un navío naufragado en las Islas Salvajes, quizá aguarde aún enterrado en la arena negra de cierta playa de la Isla”. Esta extraordinaria historia ha sido incluida en la obra ‘Enigmas y tesoros de Canarias’ en la que participan más de 40 historiadores del Archipiélago y que fue presentada el pasado 9 de octubre en el Parlamento de Canarias.

La obra de Manuel Lorenzo reproduce parcialmente el documento pero en el texto “se evita citar el término municipal actual al que pertenece la playa donde se enterró el tesoro, así como el nombre a quien se dirigía la carta por deseo expreso del propietario del archivo”, aclara el investigador.

El autor de la misiva, de nombre José María Notel, en castellano de la época, cuenta que en 1852 salió del puerto de La Habana hacia el de Gallinas, en Sierra Leona, de marinero en el buque ‘Valandro Rosa’ y que el capitán de la embarcación llevaba 2.000 onzas de oro para la compra de negros. Pero cuando se encontraban “a la altura” de las Islas Canarias, el capitán llamó “al piloto, al contramaestre y a mí, y entre los cuatro convenimos ocultar las 2.000 onzas en tierra, y después naufragar el buque”. Según relata en la carta, se aproximaron a la costa y “se sostuvo el barco a vela bordeando enfrente de (…) que hay en la playa y, quedándose el piloto a bordo, cogimos los dos cajoncitos donde venían las 2.000 onzas y transbordándolas a la lancha lo más reservado de la tripulación que se pudo, y cuando quedaba poco sol nos dirigimos a tierra, llegando ya oscurecido próximo a la (…) saltamos en tierra, tomó el capitán un cajón y yo el otro, dirigiéndonos al sitio que nos pareció más oportuno para el efecto, en el cual hicimos una excavación de bastante profundidad donde dimos sepultura a los dos cajones, y cubriéndolos de tierra tomamos los dos muy bien las señas del sitio fijo donde quedaban, haciendo yo al día siguiente una apuntación por extenso, la que conservo en un secreto de mi baúl, obrando la llave en mi poder, con el fin de que si en lo sucesivo tuviese yo que valerme de alguna persona de confianza para el efecto diesen con ellos al momento como si fuera yo mismo”.

En la imagen, monedas de un naufragio en el fondo del mar.

En la imagen, monedas de un naufragio en el fondo del mar.

Después de ocultar las 2.000 onzas de oro en una playa de La Palma, volvieron de madrugada al barco y a la media noche del día siguiente el capitán “embistió el buque sobre un arrecife de peñas que hay en las Islas Salvajes, y en la lancha nos vinimos a Palma y de allí pasamos a Santa Cruz”. La tripulación, ya en tierra, se quejó al Comandante de Marina que “había en aquel tiempo, diciendo que sospechaban del capitán por haber obrado de mala fe, tanto por haber salido la tarde anterior solo con el contramaestre y un marinero llevándose unos bultos para tierra en la lancha que ignoraban lo que era, como por haber naufragado el buque sin haber habido temporal, y esto les hacía sospechar que habían ido a ocultar los dineros”.

El capitán del ‘Valandro Rosa’ falleció a causa de una enfermedad poco después de ocultar las monedas “quedando el secreto sepultado en mi pecho”, asegura el autor de la carta. José María Notel se dirige al destinatario de la misiva, residente en La Palma, en estos términos: “Convencido de que se halla poseído de un corazón bondadoso, precipitadamente parto a implorar su clemencia, y le ruego se digne ofrecerme su importante favor y apoyo hasta rescatar este caudal enterrado, el que partiremos no como amigos y compañeros en sentimientos sino como propios hermanos”. Notel le ruega asimismo que le comunique “inmediatamente” si acepta la propuesta y, en caso contrario, que “elija a una persona de su confianza” para que cumpla con el encargo.

La misiva concluye con el ruego de que el destinatario “guarde el más profundo silencio pues así conviniese para los dos, usando de toda reserva en caso de informarse del negocio por las personas citadas con el fin de evitar funestos resultados que pueden sernos gravosos”.

Manuel Lorenzo, diplomado en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria por el Instituto Salazar y Castro del Centro Superior de Investigaciones Científicas y máster en Derecho Nobiliario y Premial, Heráldico y Genealógico por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), es un apasionado del mundo marinero, y muy especialmente de los galeones, sus naufragios y tesoros. A lo largo de su dilatada y reconocida tarea investigadora ha recopilado numerosos documentos sobre barcos hundidos “con sustantivos cargamentos” tanto en la ‘Carrera de Indias’ como en otros mares del mundo. La carta de José María Notel, que reproduce en el apartado ‘Un tesoro en la Isla de La Palma’ del libro mencionado, es fruto de su labor indagadora en los relevantes archivos que conservan algunas familias palmeras. ¿En qué playa estarán las 2.000 onzas de oro? El enigma está aún por resolver.

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