eldiario.es

Menú

REGIÓN DE MURCIA

Jaime I ni estuvo por aquí ni se le espera

- PUBLICIDAD -

Equivocarse es de humanos. Y rectificar, de sabios. Al equivocarse, el alcalde de Murcia, José Ballesta, prueba que es humano. Y al no rectificar cuando procede, prueba que el don de la sabiduría no adorna su ser.

Uan pena. Porque Murcia puede tolerar que su alcalde se equivoque. Pero no que la vanidad le impida no ser lo suficientemente sabio como para rectificar cuando se le prueba que se equivoca. ¿Teme acaso el vendedor de humo que de él se diga que sólo acierta cuando rectifica?

El alcalde Ballesta yerra por partida doble al empecinarse en que Murcia celebre en el año en curso lo improcedente y en no celebrar lo procedente. A lo que nada cabría objetar si lo pagara de su bolsillo. Pero no recurriendo a la bolchaca del dinero público, que es de todos los murcianos. Como de todos los murcianos es la Historia de Murcia. Y no sólo de su alcalde.

Al grano. Gratis et amore, por amor a la tierra que es tan mía como suya, en septiembre del año pasado, tuve a bien advertirle que se avecinaban aconte­cimientos de gran calado histórico ante los cuales Murcia no podía permanecer indiferente. Su prometida respuesta inmediata (que ocho meses después aún no me ha llegado), me instó a presentar en el Registro un programa para celebrar con el debido rigor lo acaecido hace 750 años.

Que la Murcia oficial persista en no hermanarse con Alcaraz, localidad albaceteña tan vital en su historiografía, clama al cielo. Por lo visto, a los munícipes murcianos Alcaraz sólo les suena a sobrevalorado pintor murciano de toros bravos. E igual reproche merece el desdén que la Murcia oficial siente por Almizra, donde las dos familias reinantes más importantes del s. XIII se avinieron a avanzar por sendas paralelas hacia la ansiada meta de la Reconquista.

Hace setecientos cincuenta años, el rey Jaime I mandó escribir en su Libro de los Hechos que al día siguiente de Año Nuevo salía de Orihuela para la toma de Murcia. Puede discutirse si montaba un caballo tordo o un alazán. Pero no que puso cerco a la sublevada ciudad de Murcia, a cuyas puertas firmó despachos reales que lo atestiguan. Puede discutirse si llegó con ciento veinte ballesteros de Tortosa y veinticinco escuderos que manejaban tan bien la tizona como la lanza o el tirachinas. Pero lo que no puede negarse es que lo hizo.

Ni tampoco que el 2 de febrero de 1266 se produjo su entrada oficial en Murcia, incorporando ésta para siempre a la corona de Castilla y al orden occidental cristiano. Y consecuentemente: que tuvo lugar en tan memorable día nuestra primera procesión urbana, con los clérigos revestidos con capas de tercio­pelo y ropas brocadas con oro desfilando con la cruz en alto, más el rey, tres infantes y dos obispos, que quedó consagrada la mezquita mayor como iglesia de Santa María (actual, catedral) y que tan piadoso rey donó a Murcia una imagen de la Virgen (Mare de Deu) para que protegiera de todo mal a la ciudad. De la cual se ha hecho una réplica a instancias mías que los munícipes ni se ha dignado ver.

Tras su marcha, no llevándose consigo más que lo puesto, Jaime I confió la ciudad a Alfonso García, adelantado de Alfonso X, rey de Castilla, su yerno. A quien mandó decir que «se pusiera las pilas» porque «a quien no gobierna le madrugan los higos».

Pues bien: visto con dolor de corazón el programa de actos a desarrollar en los próximos meses resulta que el rey don Jaime I nunca estuvo en Murcia. Jamás. Su gesta la han borrado en la Glorieta de un plumazo. Lo del rey aragonés no fue cierto. Fue una alucinación colectiva de un montón de historiadores chalados: Muntaner, Cascales, Fernández y González, Báguena, Gaspar Remiro, Torres Fontes, Rodríguez Llopis y hasta un modesto servidor. Al rey don Jaime no conviene recordarle ni honrarle en Murcia. ¿Por qué? Porque la historia está para prostituirla.

¿Se puede meter la pata con mayor aplicación? Un dictador bananero puede permitirse el lujo de nombrar santa a su madre por decreto. Pero un alcalde demo­crático, no. Un alcalde democrático no puede ignorar la historia. Y menos tergiversarla. El alcalde al frente de un municipio tiene obligación de saber. Y si no sabe, de hacerse instruir por quien tenga probado saber.

Callado está dicho que ni el alcalde Ballesta ni su rabo alcalde Pacheco han leído lo que a propósito de las cinco primeras coronas de nuestro escudo Espinalt anotó en el Atlante español (1778): «En esta conquista [1266] se cifra el motivo de ser cinco en su origen las coronas que ostenta dicha ciudad y reyno por blasones: representándose en la primera la que ceñía el Santo Rey don Fernando: en la segunda y tercera la de don Alonso el Sabio y su esposa doña Violante; y en las dos restantes, las de don Jayme y su hijo que fueron los que ultimamente restauraron aquellos dominios con sus armas, y los incorporaron a la corona de Castilla, etc.»

Oséase. Una corona por cada una de las cinco testas coronadas que intervi­nieron en la conquista de Murcia. Vaya por Dios. A ver si va a ser cierto que don Jaime anduvo por estos pagos trasegando vinos y cazando gorriones aunque 750 años después la autoridad municipal se emperre en hacer creer al común que el rey de Aragón ni pasó por aquí ni se le espera.

La atasquería (expresión local de la testarudez) es mala consejera. Para los mandamases municipales que tan ensoberbecidamente perseveran en el error una advertencia se impone: «Ya que la Historia no les va a recordar a ustedes por las nulas páginas que sobre Murcia han escrito no contribuyan a que les recuerde por las muchas que han emborronado».

*Antonio Martínez Cerezo es escritor, historiador y académico.
- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha