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REGIÓN DE MURCIA

20D para consumo de renegones y descreídos

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Manda narices que a estas alturas a tanto descreído se le pusieran los pelos como escarpias con el minutico final de Pablico en aquel debate electoral; y para remate la Colau este domingo en la Caja Mágica. Por más recelosos que seamos ante la pléyade de impostados salvapatrias y carismáticos tribunos de la plebe que arrastramos, admitid que por momentos se os removieron las entretelas con la melodía de ese tipejo menudo y locuaz, coleta al viento y puño en pecho, que reventó hace una semana ante el televisor las conciencias de los excépticos más recalcitrantes. ¿No os escuecen a ratos los colindrones al oirlos decir con convicción y sin complejos lo que tantos pensamos?

Ese contumaz escepticismo hacia utopías redentoras varias, que tan celosamente cultiváis, os honra, aunque estoy convencido que se ve sobradamente superado ante la repugnancia moral que os producen las oligarquías de poder a lo largo y ancho de la historia y sus geografías. Apelo a esa repugnancia por los abusadores y esa natural empatía que los descreídos sentimos hacia sus víctimas, a fin de no caer en un cinismo cómplice. Eso y la enorme admiración que seguro os producen tantos héroes anónimos implicados en toda suerte de proyectos a fin de paliar tamaño sufrimiento. Y entiendo que son estos fugaces destellos de dignidad aquí y allí lo único que a ratos nos redime de nuestra por lo general miserable condición humana.

Tras una miajica de reflexión y alguna lectura acerca de qué es eso del compromiso social y ético, porqués y paraqués, imperativos kantianos, Sartre o la madre Teresa de Calcuta, al final nos quedaremos siempre con el Capitán Trueno y esas películas tan maniqueas que veíamos los niños de los 70, como referente de nuestra estructura moral. Las personas decentes necesariamente van con los buenos, ¡y es tan hermoso cuando pierden los malos! Y es a esa conciencia de adolescente, a ese nauseabundo gusano de nada que describía Sartre, forjada a mandobles en la lejana Tule o a disparos de Winchester en la árida Arizona, que apelo. Esa conciencia que escuece, y cuya comezón se hace insoportable.

Son estos fugaces destellos de dignidad aquí y allí lo único que a ratos nos redime de nuestra condición humana

Intuyo que somos legión las personas que nos hallamos indignados, cabreados o asqueados, elijan el adjetivo, con este espectáculo indecente de ineptos y corruptos al mando del timón. Ineptocracia al servicio de una cleptocracia global. Y no nos vamos a colocar un pasamontañas, echarnos al monte o arrojarnos a quemar contenedores. Lo que todos queremos es que nos paguen la pensión, cobrar regularmente la nómina y unas irrenunciables garantías educativas y sanitarias. La política es para muchos de vosotros como la salud: solo merece vuestra atención cuando sobreviene la enfermedad. Es entonces cuando os aprestáis a entender qué leches es la hemoglobina glucosilada o para qué narices sirve la próstata.

Por vosotros, dejabais que Marat se pudriera en la bañera y os aliviabais en sus sans coulottes. Pero eso es exactamente lo que ocurre, nuestro país, nuestra sociedad, nuesta democracia está enferma y su gobernanza precisa de sangre limpia. Porque no es uno mismo, son los cientos de miles de pensionistas, jóvenes sin futuro, parados y desamparados, ante quienes debéis responder para poder así mirarlos a los ojos. Y como se ha dicho en repetidas ocasiones, la política, si no la haces tú, te la hace esa panda de desalmados.  

Y encima nos inventan un glamuroso y anaranjado plan B. Aunque dudo que a vosotros, desconfiados pertinaces, os puedan dar gato por liebre. Es más, me informan que empiezan a moverse hasta las estatuas. Que el Conde de Floridablanca se acercó a parar un deshaucio en el Carmen, que el Cardenal Belluga retó con la espada a un concejal del gobierno que pasaba por la Glorieta, que en Cartagena, a Isidoro Máiquez le ha dado por recitar Fuenteovejuna; y que todos a una, San Juan de la Cruz salió de Caravaca una noche oscura del alma, acompañado de templarios y santiaguistas, a pedir la dimisión del inquilino de San Esteban. Y es que la ley mordaza ya no frena ni a las estatuas.

Por todo ello, no os sorprenda que algún renegón aguafiestas lleve casi dos años implicado hasta las trancas en este purpurado proyecto de empoderamiento ciudadano. Permitíos, como servidor, un receso en vuestro saludable recelar. Tenemos por fin la posiblidad de revertir el disparate social y moral al que nos han llevado. Y el momento de morder en las urnas, de reventar los colegios hasta hacerlos temblar de morada esperanza, es el próximo domingo 20 de diciembre. Permidme que comparta mi descreída certeza. Me da que esta vez va a ser distinto, descreídamente lo creo y lo necesito creer.

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