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Consejo para Rajoy: ¡Rajoy dimita!

La razón por la que estaba testificando era la corrupción que ha convertido al PP en una formación política desideologizada, únicamente ocupada en favorecer a una red clientelar.

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EFE

Mariano Rajoy ha declarado como testigo en el juicio de la trama Gürtel. Su declaración, tanto por lo que ha dicho como por el modo de decirlo, provoca cierto bochorno. Hace solo dos meses escribía yo en este mismo espacio que “Rajoy debe aceptar públicamente que vivimos tiempos difíciles, que la corrupción le tiene cercado y desarmado, y que los españoles deseamos que retornen la cordura y la decencia, que no queremos un presidente atribulado por las indecencias de sus compañeros políticos, y que debemos recuperar la democracia como un sistema participativo que involucra a todos. Rajoy deberá protegerse a sí mismo de quienes, haciéndose pasar por sus colaboradores, actúan como sus detractores… De modo que solo le quedan dos posibilidades: o moción (cuestión) de confianza o convocatoria de nuevas elecciones”.

Pues bien, escuchada su declaración ante el Tribunal no le queda otra salida que dimitir, pero no solo porque el PP parezca hoy más que nunca una especie de cueva de malhechores, sino porque da la impresión de que él es un encubridor muy activo, -y descarado-, de la abominable trama. Las noticias relativas a su declaración le delatan como un trilero capaz de decir frases que no se atrevería a decir ningún otro. Su aviso al letrado que le interrogó en un momento (“No sé si se ha confundido de testigo”) solo se distingue de la que pudiera pronunciar un pendenciero de bajos fondos y peores intenciones en las maneras. En todo caso, debería haber obtenido de su Señoría un varapalo contundente. No lo recibió porque el Tribunal tuvo demasiado en cuenta que se trataba del Presidente del Gobierno, y menos que se trata del máximo responsable de la trama criminal Gürtel, lo cual no le convierte en “criminal” pero sí en colaborador y en corresponsable. Sólo un pronunciamiento firme le puede salvar de la quema, pero no está por la labor de pronunciarse.

Todo ha fallado, incluso el tratamiento que se ha dado a la puesta en escena. Aunque no se trate de lo esencial, el hecho de que la disposición del mobiliario de la Sala no fuera asimilable a la de cualquier Juicio, da qué pensar, porque Rajoy aparece en las fotos como si se tratara de un miembro del Tribunal y no como alguien afectado directamente por la causa. Por si fuera poco el testigo Rajoy no accedió a la Sala por la misma puerta por la que hubiera accedido si se hubiera llamado Pepito Pérez, así dicho desde el más absoluto respeto a los “Pepitos” y a los “Pérez”. Y más aún, en previsión de que los fotógrafos buscaran las fotos más espectaculares, dos camiones gigantes de modelo tráiler ocuparon el frente de la Audiencia Nacional. Que nadie dude de la intencionalidad porque ambos camiones habían sido alquilados, no sé bien si por la Institución Pública o por el propio afectado don Mariano Rajoy.

Nada de todo esto, al parecer, es achacable a Rajoy, porque si sus declaraciones estuvieron llenas de evasivas cuando los letrados le preguntaron cosas tan sencillas como si sabía algo del caso Gürtel, malamente se hubiera hecho responsable del dispositivo utilizado o de la puesta en escena. La función teatral duró casi dos horas. A tenor de lo acontecido el protagonista llevaba bien aprendida la lección a sabiendas de que no iba a contar con apuntadores, y que la Dirección de la obra no se vincularía fácilmente a sus caprichos. Tal vez por eso entró en la Sala braceando, resuelto y seguro de sí mismo, como si paseara con el paso ligero por los bosques de su Galicia a media mañana. Asistió cómodamente sentado a los prolegómenos masticando suavemente las respuestas que traía debidamente aprendidas. Así se inició el más deplorable interrogatorio al que se puede asistir.

Rajoy no sabe nada de nada. No cabe mayor desidia en quien tiene en sus manos y “dominio” el destino de más de cuarenta millones de españoles. Eso sí, destinó palabras y expresiones expeditas y firmes para subrayar esa desidia. Las palabras que pronunció con mayor énfasis fueron “jamás”, “nunca” y “en absoluto”. La contundencia de dichos términos tenía una finalidad: subrayar su inocencia en la trama criminal más complicada desde el advenimiento de la Democracia. La corrupción, que afecta de forma generalizada al PP, cuyo Presidente es Mariano Rajoy, no puede dilucidar sus responsabilidades mediante ambigüedades  y huidas hacia delante.

Rajoy no sabe nada de nada. No cabe mayor desidia en quien tiene en sus manos y “dominio” el destino de más de cuarenta millones de españoles

Pero además de Presidente del PP es Presidente del Gobierno de España, y el interrogatorio, -preguntas y, sobre todo, respuestas-, no debe ser valorado en la única dimensión de la propia trama Gürtel que se juzga, sino en que quien se expresa es el Presidente del Gobierno. Desgranaré algunos asuntos estelares de la ceremonia. “Jamás me he ocupado de ninguna cuestión de contabilidad (del partido)”, dijo. A ese comportamiento solo cabe tildarle de irresponsable. Del mismo modo “jamás” recuerda haber asistido a debates sobre sus presupuestos. Y bien, quien se despreocupa de la contabilidad propia, ¿puede merecer la confianza de los ciudadanos? Rivalizaron con “jamás”, “nunca” y “en absoluto”, es decir que su comportamiento como máximo dirigente del PP ha sido inmaculado. “Nunca conocí una contabilidad que estuviera fuera de la legalidad y jamás cobré sobresueldos en B porque sería ilegal”, fue otra de sus declaraciones. El “jamás” y el “nunca” se confabularon como principios inherentes a su fe en las Leyes que nos obligan a todos.

Otra de sus frases legendarias fue sin duda la siguiente: “Mire, soy un político, voy al Parlamento, dirijo la agenda política, pero en ningún caso me dedicaba a temas económicos”. Esta concepción del ejercicio de la política resulta tan superficial como falsa. La razón por la que estaba testificando era la corrupción que ha convertido al PP en una formación política desideologizada, únicamente ocupada en favorecer a una red clientelar a cuyos mandamases enriquece y, a su vez, convierte en sus más fervorosos colaboradores. Que haya desvinculado la acción política del factor económico siendo, como es, el más importante de los dirigentes, solo demuestra que escurre el bulto, que huye del problema que le afecta. ¿Puede gobernar a cuarenta y tantos millones de españoles alguien tan cobarde y desleal?

La declaración de Mariano Rajoy, en su condición de testigo, debería haber sido mucho más cuidada, incluso, que si la hubiera hecho como imputado. Sus respuestas no podían ser ni fatuas ni insignificantes, y sin embargo las hubo de los dos tipos. A la insoportable insignificancia de su rostro ausente hay que añadir la inconsistencia de, al menos, dos respuestas que son impropias de quien ostenta una autoridad para la que ha sido elegido por la mayoría de los españoles. Interrogado sobre una reunión con Arenas y Bárcenas, de la que trascendieron algunos sms., a petición del abogado que representaba al PSOE de Madrid, surgió su desasosiego, esa sensación de que las palabras entran en caminos resbaladizos y se empantanan en ellos. Vean estas palabras: “Uno manda muchos mensajes, y acostumbro a contestar a los que me envían… Puse esa frase como pude poner cualquier otra”. Este hombre se ha contagiado de la fiebre juvenil. No me extrañaría que pasara las horas muertas jugando con su móvil a cazar aviones o a chatear con sus amistades sobre asuntos divertidos e irresponsables.

He dejado para el final la frase que considero más vergonzosa en la boca de un Presidente de Gobierno: “No sé si se ha confundido de testigo, señor letrado”. Esta reconvención dirigida al letrado desacredita plenamente al Presidente. ¿Qué pueden pensar del Poder Judicial los ciudadanos de a pie que estén involucrados en algún trámite o conflicto judicial? De modo que la declaración de Rajoy colma el vaso. Tal como ha pedido Pedro Sánchez, yo también creo que hay que favorecer la celebración de nuevas Elecciones.

Por el bien de todos, ¡Señor Rajoy, dimita!

 

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