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Ni menos memoria ni más olvido

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Desde que el Tribunal Europeo de Defensa de los Derechos Humanos de Estrasburgo se ha pronunciado sobre la Doctrina Parot. Todo han sido sobresaltos, de tal modo que los dos años que hemos pasado sin terrorismo y sin ETA apenas han liberado de carga emotiva a quienes, desde el fuego asesino o desde las trincheras, vivimos tal tragedia. Puede que sea lógico pero la construcción de un futuro que supere el brutal y doloroso pasado exige que el presente no sea ni fláccido ni rencoroso. La Memoria, que se ha ido escribiendo en páginas indelebles, no es la suma de las memorias tan llenas de recuerdos de quienes vivimos y sufrimos aquellos tiempos. Si el anuncio de los encapuchados liberó nuestras conciencias de ciertos preceptos y ataduras, y nos dejó salir a la calle olvidándonos de peligros y guardaespaldas, debemos liberar nuestras conciencias de las ansias de venganza que con tanta frecuencia nos atenazan y nos mueven a opinar y actuar sin la más mínima generosidad.

Es verdad que tal vez no la merezcan los asesinos, pero ser generosos responde más al deseo de quienes lo sean que a la obediencia a un guión preestablecido. Es cierto que no han pedido perdón los etarras, y es cierto también que cuando, individualmente, han reconocido el dolor causado lo han hecho utilizando subterfugios que han pretendido justificar o atenuar sus responsabilidades como matones al servicio del terror, pero si aceptamos que vivimos un tiempo nuevo hemos de hacerle que parezca nuevo también en nuestros comportamientos y valoraciones. Si durante tantos años brutales y miserables los demócratas nos hemos echado en cara la utilización de la violencia etarra, -y de los sentimientos que ha suscitado en los ciudadanos-, para ganar adeptos en la lucha política y partidista, es evidente que ya ha llegado el tiempo de eliminar esa estrategia y dejar de enconar las relaciones entre las gentes regando las plantas de la venganza por un lado y las plantas del olvido por el otro.

Se trata de reclamar a cada cual las dosis de decencia que cada cual debe aportar. Quienes salen de las cárceles deben guardar el regocijo en su interior, porque han sido terroristas y asesinos, y cualquier demostración ostensible de alegría es una agresión para las víctimas y para sus familias. Quienes sufren ausencias también han de superar sus traumas, pero siempre con el apoyo y la comprensión de quienes hemos aborrecido y rechazado el terrorismo aunque no hayamos sufrido sus consecuencias de modo directo.


Las instituciones, que han de gestionar las leyes y reglas que dirigen nuestra convivencia, no paran de inventar. Ahora que el I+D+i sufre los embates de la crisis económica mediante una rebaja de los fondos destinados a ello, el tratamiento del “post-terrorismo” no para de inventar, desarrollar foros, lanzar iniciativas e incluso celebrar fiestas, pero en cada uno de los eventos resultan mucho más ostentosas las posiciones irreconciliables entre los grupos políticos y humanos que los acuerdos. La celebración del Día de la Memoria ha insistido en ese esquema. Se ha celebrado en cuatro o cinco sitios diferentes, y en cada uno de ellos ha habido presencias y ausencias de responsable políticos y sociales que han alimentado la controversia.

Del mismo modo, la salida de las cárceles de los presos de ETA a los que afecta la Doctrina Parot y el veredicto de Estrasburgo está generando ríos de tinta en los diarios, muestrarios de fotos, aludes de interpretaciones y, por si fuera poco, manifestaciones públicas en las que se profieren consignas claramente enfrentadas al respeto de los Derechos Humanos. La politización interesada de los colectivos de víctimas, auspiciada por la fracción más reaccionaria de la derecha española, ha traído consigo este batiburrillo tan contradictorio que ha llevado a que los compañeros de su mismo partido hayan insultado a Arantza Quiroga (líder de la derecha vasca) que siempre se ha pronunciado en contra de ETA. Quienes, militando en el PP, han acudido a protestar contra el veredicto de Estrasburgo sobre la aplicación de la Doctrina Parot, se han apresurado a subrayar que su presencia en las manifestaciones ha obedecido a una muestra de solidaridad con las víctimas, exclusivamente. De no haberlo puntualizado cabe concluir que al PP, al menos a una de sus versiones, no le preocupan demasiado los Derechos Humanos, y se muestra dispuesto a criticar y despreciar las posiciones del Tribunal de Defensa de los Derechos Humanos, que tiene por objeto preservarlos en Europa.

Se trata de reclamar a cada cual las dosis de decencia que cada cual debe aportar. Quienes salen de las cárceles deben guardar el regocijo en su interior, porque han sido terroristas y asesinos, y cualquier demostración ostensible de alegría es una agresión para las víctimas y para sus familias. Quienes sufren ausencias también han de superar sus traumas, pero siempre con el apoyo y la comprensión de quienes hemos aborrecido y rechazado el terrorismo aunque no hayamos sufrido sus consecuencias de modo directo. Los líderes de los partidos políticos, si se tienen por tal, deben preocuparse por construir el futuro y no por recrearse en la constante revisión del pasado. El Tribunal Europeo de Defensa de los Derechos Humanos, se ha expresado con la debida contundencia. Y con el debido rigor, con el rigor que le cabe en base al sistema político y social imperante. A nosotros nos toca hacer un esfuerzo de interpretación de lo acontecido huyendo de conceptos como victoria y derrota, que siempre están sujetos a interpretaciones caprichosas e interesadas.

El profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, Fernández de Casadevante, ha dicho: “Si no se acepta que hay víctimas y verdugos, y que no se les puede poner en el mismo plano, el problema no se resolverá”. Y ha dicho también que “no es posible una memoria compartida”. Verdades de Perogrullo que no admiten discusión, pero si el terrorismo se ha acabado, ¿para qué atrincherarse en sus aledaños? Busquemos la Verdad, no la verdad de cada cual. ¿Existe una Verdad que sirve para todos?

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