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La postal de una Navidad de cara al público

La ficción del 'alegre' consumo navideño no representa a las trabajadoras de comercio que sacrifican su tiempo y su cuerpo en beneficio del ensueño festivo

Dependientas de tienda de algunos centros españoles tienen restricciones para satisfacer necesidades básicas como beber agua, comer o llevar un calzado apropiado para su bienestar

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Decoración navideña de unos grandes almacenes.

Decoración navideña de unos grandes almacenes.

"Nuestro centro comercial les da la bienvenida", dice la voz amable que suena desde los altavoces. A primera hora de la mañana, el hilo musical del establecimiento caldea el ambiente con una canción del disco de Navidad que Michael Bublé lanzó hace siete años y que sonará por lo menos 10 veces a lo largo de la jornada laboral. La cajera de supermercado que hace el arqueo, la dependienta de tienda que surte las baldas, la auxiliar de atención al cliente que revisa los horarios resoplan por lo bajo cada vez que oyen Christmas baby please come home.

Lleva 20 años en la empresa y le han quitado las comisiones. Está quemada de escuchar siempre lo mismo y de contar siempre lo mismo. Lleva 14 días seguidos trabajando y su jefa le avisó anteayer de que trabajaría el día de Nochebuena, justo cuando le toca ser la anfitriona durante la cena familiar. "¿Tiene la tarjeta OpenClub?", le pregunta al cliente con desgana mientras desliza cajas de gambas, blíster de paté y surtidos de quesos sobre el lector de códigos.

 No muy lejos, una dependienta de perfumería picotea unas galletas sentada sobre la tapa del inodoro en el baño de personal. Su convenio laboral no incluye ningún descanso en siete horas de trabajo. Zapatea contra las baldosas con la punta del pie y maldice su suerte porque se le ha caído el último pedazo al suelo. Necesita calmar la ansiedad y al mismo tiempo se culpa por no poder quitarse los 20 kilos que ha ganado durante los últimos años. Su jefa la mira de arriba abajo cada vez que trae el nuevo uniforme. Cuando se trata de la imagen personal es implacable. Una vez , una empleada nueva le preguntó si podía usar bailarinas porque los tacones le destrozaban los pies después de siete horas sin poder sentarse. Le contestó que buscara otro trabajo si no quería llevar tacones.

Dos plantas arriba un cliente se queja del humor amargo de la mujer que le busca una camisa de su talla. El hombre ignora que el dolor de pies prolongado agria el estado de ánimo. Primero, las facciones del rostro se vuelven rígidas. Después, la sonrisa se tensa. Pero los tobillos hinchados, la espalda machacada y las articulaciones entumecidas no están contemplados como "dolencias profesionales" y las que seleccionan los uniformes no siempre tienen en cuenta las indicaciones para la prevención de riesgos laborales.

Con los brazos cubiertos de cinta adhesiva y los dedos marcados por el hierro frío de las tijeras, envolviendo paquetes como si tuviera seis brazos detrás del mostrador, se ubica la empleada eventual, una estudiante. Es la trabajadora precarizada que da el cayo cuando el resto tiene vacaciones, la que firma contratos con la categoría de "ayudante de dependienta" aunque se deja el pellejo igual o más que las demás. Es la mandada de la mandada, el eslabón inferior de la jerarquía empresarial; la que conoce el almacén hasta las juntas, la eterna novata, la que no cobra un plus por trabajar un domingo ni lo libra porque no tiene ese derecho y da las gracias por cobrar 50 euros brutos al día.

Lleva acumulada en el cuerpo la rabia que han volcado sobre ella los clientes malhumorados que hacen sus compras en el último momento, a pocos minutos de cerrar la tienda. Se muerde la lengua a la hora del cierre, cuando escucha al hombre que pasea por la planta con la barriga suelta y las manos llenas diciendo: "Mira cómo corren cuando llega la hora de plegar". Los ansiolíticos pasan de mano en mano en los vestuarios de personal. Algunas ya están surtiendo el botiquín para rebajas

Otras ya se han resignado. Ven pasar, año tras año, la cabalgata de reyes desde dentro de la tienda, a través del cristal del escaparate e imaginan la sonrisa de sus hijas mientras recogen caramelos con su abuela. Ni siquiera se le nota la pena cuando desea felices fiestas a una familia que se le ha acercado para preguntar un precio.

Este año la encargada se ha saltado las normas y ha dejado, escondidos en el almacén, una botella de champán y unos bombones para terminar con sus compañeras las últimas horas de la jornada laboral en ese día tan especial porque se ha propuesto que nadie va a amargarle la fiesta, a pesar de todo. Esta es la postal.

 

Para leer más:

“Nos queréis invisibilizar y vamos a estar presentes más que nunca”. Reportaje en el que las trabajadoras de residencias de ancianos de Bizkaia narran lo que ha supuesto la victoria de su huelga por un convenio más justo en un sector de gestión privada pero que se financia con dinero público.

"Las ‘espartanas’, la lucha obrera contra Coca-Cola". Crónica de la lucha de las mujeres de trabajadores de Coca-Cola contra las condiciones laborales de los empleados en las fábricas de Fuenlabrada (Madrid).

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