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MSF: los traficantes, los naufragios, los rescates marítimos y las leyes que deben respetarse

El Mediterráneo no está en guerra, pero el número de muertes corresponden a los de un conflicto. Una vida se pierde cada dos horas

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Un equipo de Médicos sin Fronteras ayuda a un grupo de migrantes en el mar

Equipos de rescate de Médicos Sin Fronteras y SOS Mediterráneo durante una operación de rescate en el mar Mediterráneo. André Liohn. Médicos Sin Fronteras

Voy a tratar de explicar por qué es posible salvar vidas en el mar respetando la ley y sin perjuicio de la independencia humanitaria.

Médicos Sin Fronteras (MSF) decidió trabajar en el mar Mediterráneo a raíz de que la Unión Europea pusiera fin a sus operaciones de salvamento y rescate. Comenzamos nuestras actividades tras los trágicos naufragios que tuvieron lugar a principios de 2015. Desde entonces, operamos en cumplimiento de las leyes, bajo la coordinación de la Guardia Costera italiana. Participamos de manera constructiva en la consulta del código de conducta, y hace un año propusimos un Memorando de Entendimiento a las autoridades italianas para coordinar mejor las actividades de rescate. Desafortunadamente, este código no tiene la prioridad de salvar vidas (incluso amenaza con reducir la capacidad actual) y quiere involucrar a las ONG en un sistema institucional que no tiene una finalidad puramente humanitaria.

Sin embargo, los principios de independencia, neutralidad e imparcialidad, reconocidos internacionalmente, son reales y tienen implicaciones muy prácticas: el demostrar que tenemos el único objetivo de proporcionar asistencia nos garantiza tanto el acceso a las poblaciones vulnerables, como la seguridad de nuestros equipos en todo el mundo. Por esta razón, la acción humanitaria debe ser siempre distinta – en hechos y percepción – de cualquier actividad de investigación o político-militar. Está claro que MSF no tiene ningún problema con aceptar la presencia de la policía a bordo, hecho que ya sucede en cada desembarco. Pero en ninguno de los 70 países en los que trabajamos, aceptamos armas en nuestros proyectos. Es una condición esencial que desde hace 46 años pedimos que sea respetada por las fuerzas de seguridad, los ejércitos y los grupos armados, en las áreas más conflictivas del planeta y tanto en zonas de guerra como en entornos de paz. El Mediterráneo no está en guerra. Pero el número de muertes corresponden a los de un conflicto (una vida se pierde cada dos horas). Y es un contexto militarizado, donde se encuentran fragatas italianas y de otros países, así como la Guardia Costera libia (que el año pasado nos disparó en aguas internacionales) y traficantes armados.

Por si fuera poco, Italia ha llegado a un acuerdo con Libia, un país inestable e inhumano que no puede ser parte de ninguna solución. En el mar vemos un sufrimiento indescriptible, pero si a día de hoy los traficantes tienen un lucrativo negocio entre manos, os aseguro que esto no es gracias a la actividad de las ONG. Las políticas europeas han cerrado todas las vías legales para buscar protección en Europa, obligando a miles de personas desesperadas a depender de los traficantes, a terminar en el infierno de los centros de detención libios y a arriesgar sus vidas a las puertas de Europa. Sin que los estados europeos hagan nada para ayudarlos. Por eso, precisamente porque Italia sí ha demostrado un compromiso con las labores de salvamento y rescate de los migrantes y refugiados, nosotros nos lanzamos al mar para apoyarles en su esfuerzo y para hacer más llevadera su obligación –para nosotros, deber –de salvar esas vidas.

Sin embargo, somos nosotros y quienes nos defienden por salvar vidas y llevar humanidad los que terminamos siendo señalados. Siempre hemos hecho nuestro trabajo respetando la ley, pero este código no es una ley. No se trata de elegir entre Italia y los traficantes, como algunos malintencionados quieren hacer ver, ya que nuestra única elección ha sido y será siempre la de estar del lado de las víctimas, de quienes huyen de un peligro extremo o de quienes cruzan el mar porque no tienen otra opción.

(Artículo publicado el 7 de agosto de 2017 en el Corriere della Sera).

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