Opinión y blogs

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Orden de alejamiento

Les voy a contar una historia, una historia breve, no les robará mucho tiempo. De hecho, tampoco es en sí una historia, es más bien la presentación de un caso, un caso real, un caso que me pilla muy de cerca. Hay una mujer y hay un hombre, un maltratador. Un hombre que tenía una orden de alejamiento que, oh, "caducó", o eso le dijeron. Ya no estaba en vigor, vaya. Un hombre que, al "caducar", oh, su orden de alejamiento, se dirigió a la casa de esta mujer a amenazar, a intimidar, a permanecer en un coche cerca del portal esperando a quién sabe qué. O sí. Es la historia, también, de unos policías que, cuando la mujer se acercó a la comisaría a presentar, de nuevo, una denuncia, respondieron: "La orden caducó, solo puede presentar una denuncia por insultos". Por insultos, porque la orden, oh, "caducó". "No podemos hacer nada más hasta que se produzca una agresión". O, añado, hasta que el hombre, finalmente, mate a la mujer.

Nos enteramos hoy de que el Ministerio del Interior dará instrucciones a la Policía para que impida las protestas a menos de 300 metros de las viviendas de los políticos. ¿Y saben lo que me gustaría? Me gustaría llamar a esa mujer y decirle que el Ministerio del Interior ha dado instrucciones a la Policía para que impida que ese hombre se acerque a menos de 300 metros. Me gustaría llamarla y decirle que todos esos policías que custodian la sede de un partido político de unas personas a las que un día echaron de sus casas y que solo querían contar, como aquí, su historia, mantendrían su vivienda protegida. Me gustaría, también, que todos esos policías evitaran las coacciones de los grupos antiabortistas a las mujeres que acuden a clínicas que practican abortos.

Lo peor, lo que duele, lo que cabrea, lo que a veces inclina a uno a dejarse de protestas pacíficas es saber que no lo van a hacer, que todo esto les da igual.

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Galicia contrabandista

Dice Feijóo que la amistad con Marcial Dorado es de hace muchos años, él contaba treinta y pico, vamos, un prepúber, y que apenas sabía del negociado y la empresa del colega. Ya saben, del contrabandista.

A mí, sus explicaciones, si bien no me las creo, me recordaron el día en el que subí a casa del colega de un amigo sin saber que aquel era contrabandista. Un camello, vaya. Un dealer de costa y barrio.

En Galicia, esto es así, uno nunca sabe con certeza a quién pertenece el suelo que pisa. Yo, entonces, sospeché con el tercer plasma, las alfombras tapizadas -el chaval no tendría más de 21- y lo confirmé con la torre de costo en la cocina. Y aún así, por tonto o por si acaso, quise asegurarme.

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José Couso: quién sabe si mañana el infinito

En uno de los monólogos de Un trozo invisible de este mundo, uno de los personajes que encarna Juan Diego Botto recuerda algo que le dijo un compañero, una suerte de sentencia conformista: "Diez está tan lejos de infinito como dos". Durante una entrevista, J.D.B. me explicó de dónde salía ese fragmento: "El último monólogo lo escribí en 2003, amnistiado Pinochet, y con toda la rabia de un amigo que me dijo eso: diez está tan lejos de infinito como dos. Me sentó en un café y me preguntó: ¿Para qué remover, Juan?".

Javier Couso, hermano de José, el cámara asesinado el 8 de abril de 2003 por el ejército estadounidense en Bagdad, está en Murcia. Coge el teléfono poco antes de presentar el último libro de una de las testigos del caso, Olga Rodríguez . Este viernes, a partir de las 20.30 horas, estará en la sala Arena de Madrid trabajando en el concierto que han organizado para recaudar fondos destinados a la conmemoración del décimo aniversario del asesinato. Le pregunto cómo está: "Cansados, pero muy satisfechos. Hemos hecho mucho. Aunque haya personas que crean lo contrario, no es todo o nada. Hemos conseguido muchas cosas".

A José Couso lo mataron hace ya diez años. Fue el ejército de EEUU. Hay tres militares procesados y dos superiores imputados. Desde entonces, ningún Gobierno español ha trabajado para resolver el caso. Es más, han favorecido a ocultarlo. "Todos han sido sumisos a lo que mandaba EEUU", denuncia Javier. A pesar de los constantes intentos de la Fiscalía, que no es más que el Gobierno, los abogados del caso han presentado nuevas diligencias, admitidas por el juez Santiago Pedraz, para reactivar las órdenes de busca y captura de los culpables.

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El mundo, ese lugar extraño

La cosa va de amigos y yo tengo uno que ayer de madrugada me llamó alarmado: "¿Te has enterado?" Respondí que sí, que justo leía a Jon Lee Anderson en El Puercoespín, pero ni caso debió hacerme, porque a continuación me dijo con cierto nerviosismo que vaya, la que podía montarse si no "ganábamos nosotros". Mi amigo siempre fue defensor de Chávez y yo pensé que estaba preocupado por una posible derrota del chavismo en las próximas elecciones. Y fue ahí cuando me descolocó: "¿Pero qué elecciones ni qué hostias? A mí ahora Rosell me preocupa bien poco, pero si no ganamos al Milán ya no sé qué más puede pasar".

El mundo es un lugar raro, me escribió ayer otro colega desde Honduras. Y qué razón tiene. El mundo es un lugar extraño y yo a veces desearía pasar tiempo en los estadios. Convertirme un rato en hooligan, pero de los ilustrados. Un hooligan que aprovecharía el carácter permisivo que se presupone de los eventos deportivos y proferir en alto alguno de los planteamientos que Albert Pla, hooligan despistado por antonomasia, le confesó hace poco a J.L. "¿Quién no ha soñado alguna vez con pegarle un par de hostias al rey o poner una bomba en el Palacio de Congresos y mandarlos a todos a tomar por culo? ¿A quién no ha parado la Policía y le han han entrado ganas de quitarle el arma y de pegarle dos tiros y dejarle ahí tal cual? ¿A quién no le ha sucedido eso?"

Pla fue siempre el tipo de persona que no se anda con rodeos y justo de eso va su nuevo proyecto, Manifestación. A Pla, o al protagonista de la obra, no sea una querella, "le hubiese gustado matar a un par de policías, o de banqueros, o de empresarios sin escrúpulos, pero al final, como todo el mundo, decide unirse a una manifestación contra el sistema" que torna en una hilada de protestas imperecederas.

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El futuro de la especie

Yo tengo un amigo que cualquier debate sobre la persistencia de la especie lo zanja con la palabra extinción. Es su ley de Godwin particular. Incluso cuando el tema es la nostalgia por la revolución: "La mejor revolución sería la extinción", se atrevió a decir un día. A mi amigo no le pregunté ayer su opinión sobre las palabras del ministro del Interior, Jorge Fernández Diaz, no fuera a defenderlo a su manera y me obligara a liquidar por cierre la amistad.

Lo cierto es que a mi amigo argumentos no le faltan. Leí las declaraciones del ministro, que por estúpidas se rebaten por sí solas, mientras visionaba el primer episodio, quizás era el siguiente, de la segunda temporada de Black Mirror. La serie muestra una suerte de dramáticas situaciones que ahora consideramos inviables pero que, según su creador, Charlie Brooker, podrían ocurrir si nos despistamos con la adicción a las nuevas tecnologías, que de nuevas tienen lo mismo que yo de neonato.

Charlie Brooker explicó su serie hace no mucho en un artículo en The Guardian. Para justificarla, entre otras cosas, escribió: "Hoy hacemos cosas que hace cinco años apenas habrían tenido sentido para nosotros". Se refería a cosas como ojear Twitter incluso antes de levantarnos. O hablar con nuestro teléfono móvil. Brooker puso como ejemplo Siri, una tecnología que ahora llevan los iPhone y a quien, y ya ven que digo quien, puedes preguntarle, qué sé yo, dónde está el restaurante más barato de la zona. "Pulsas un botón y dices algo como pon la alarma a las ocho de la mañana o recuérdame que llame a Gordon más tarde, y Siri te responde ok, haré eso por ti". No sé ustedes, pero yo veo en esa respuesta el perfecto desencadenante de mil noches de insomnio.

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Vocación

No recuerdo muy bien el día pero sé que era antes de esas comilonas que se hacen para juntar a la familia. Debía ser grande porque la persona que se me acercó era uno de estos familiares de los que, por dejadez, no sabes ni su nombre. "¿Y tú de mayor qué quieres ser?", me preguntó. "¿Yo? Escritor", respondí. Entonces, era pequeño, estaba aficionado a la serie de Jordi Sierra i Fabra Los libros de Víctor y cía y creo que en realidad lo que quería contestar era: "Víctor, yo de mayor quiero ser Víctor, que nunca será mayor". El hombre sin nombre, aunque familiar, me miró con cierta condescendencia. Me explicó que uno no podía ser escritor por mucho que escribiese y yo todavía dudo de aquella afirmación pero el caso es que, sin saber muy bien cómo, salí de allí convencido de que lo que yo quería era ser periodista. Y a partir de ahí mis cercanos ya respondían por mí a esas cuestiones: "El chico tiene vocación de periodista". Se decía tanto eso de la vocación que por momentos pensaba que acabaría estudiando periodismo en el seminario.

La vocación es una cosa muy curiosa. Tan curiosa que sucede que nos fijamos tanto en ella que olvidamos que hay personas cuya vocación es la de aprovecharse de la nuestra. Lo de la vocación está muy bien, no voy a ser yo el que diga lo contrario, pero al final a uno le inducen la idea de que es lo que más importa y que si lo que se ansía es el hecho de contar historias, se hace y poco interesa a cambio de qué. Por vocación se trabaja gratis por esa cosa tan manida que es la visibilidad, se acepta precariedad por la experiencia y hasta se olvida esa inclinación oculta hacia las cuatro cifras.

La vocación es un poco como dios, ya verán las hostias o las ostias, y yo empecé agnóstico por pereza y terminé ateo por convicción. Y esto, que ya veo las algarabías, no significa que haya dejado de querer ser periodista.

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Periodismo es algo más que publicar

George Orwell, que es alguien a quien nos gusta mucho citar, dejó escrito, o dicho: "Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas". Las personas que nos dedicamos a esto aplaudimos sin descanso esa sentencia y la recuperamos siempre que podemos, como yo ahora. Lo hacemos con lamento pero también con una pizca de esperanza, puede que ilusión. "Todo lo demás son relaciones públicas". "Todo lo demás son relaciones públicas". Nos lo repetimos de forma incansable. Normalmente acudimos a ella tras una discusión, interna o con más gente, en la que de forma habitual salta esa pregunta que tan poco gusta a algunas personas: "¿Estamos haciendo periodismo?"

Olga Rodríguez publicaba este domingo un artículo en el que mostraba su preocupación acerca de determinadas prácticas periodísticas. Hablaba en concreto del periodismo que sigue a la clase política. En su artículo, O.R. nos deja una frase que yo creo que me la voy a tatuar y me quitaré la camisa para enseñarla siempre que acuda a alguna rueda de prensa: "Cuando llegue la cordura nos gustará pensar que llevábamos tiempo participando en ella". Esto es, cuando no exista atisbo de relaciones públicas.

Me tatuaría eso y me tatuaría también la respuesta que en su día le dio José Martí Gómez a Enric González: "Recuerdo que un día le entregué un texto sobre patentes [a Manuel Ibáñez Escofet] y mientras lo corregía me dijo que estaba bien. Le respondí que sí, pero que lo más interesante me habían pedido que no lo publicara y, mientras se lo explicaba, vi que empezaba a escribir. Le recordé que me habían pedido que no lo publicara y si lo hacía me iban a llamar hijo de puta. Me preguntó: '¿Qué prefieres, que mañana te llamen hijo de puta o que ahora mismo yo te diga que eres una mierda como periodista?' Total, que salió y, al día siguiente, me gritó desde la otra punta de la redacción: 'Martí, ¿qué te ha dicho ese tío cuando te ha llamado?' Y le contesté: 'Que soy un hijo de puta'. 'Bueno, pero eres un buen periodista'. Las cosas funcionaban así".

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Gonzalo Canedo

En el restaurante de una amiga mía en Compostela, que se llama Rúa y está en la rúa de San Pedro, hay una barra con bajos de cristal en los que se escribe y se reescribe la literatura gallega. En 2011, por esto del Día de las Letras Galegas, se leía a Lois Pereiro:

Teño liberdade de acción para exiliar o meo espírito no Ártico, en Asia ou en Nepal, e teño permiso para que nada humano me sexa alleo. Por iso podo decidir militar na miña propia lingua.

Mi amiga, que como su restaurante se apellida Rúa, completaba el texto con aquel verso que, deitado frente ao mar, escribió Celso Emilio Ferreiro:

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¿Defensor del Pueblo o Defensora del Pueblo?

Hace unas semanas envié una petición a la Defensora del Pueblo con la intención de saber por qué todavía usan el masculino cuando ahora mismo la titularidad de la institución recae en Soledad Becerril. Hoy me han enviado una respuesta y, aún sin saber si puedo hacerlo o no, dejó aquí su explicación.

En principio, aseguran que "como se ha señalado desde la Real Academia de la Lengua, el uso genérico o -uso no marcado- del masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del español, como lo encontramos en el de otras lenguas románicas y no románicas y de eses uso, ni determinante ni exclusyente de la condición femenina o masculina, encontramos múltiples ejemplos en el texto constitucional, como norma propia de su época".

Pese a ello, luego afirman: "Permítanos, no obstante, significar que el lenguaje, como producto social e histórico de transmisión de propósitos que pueden contener, o esconder, prejuicios que discriminen a la mujer, históricamente preterida. El uso del lenguaje, también del lenguaje administrativo, debe evitar expresiones o usos que puedan considerarse sexistas".

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Preguntas sin respuesta

Me llegó la noticia de la muerte de E.M. cuando preparaba, casi finiquitaba, un artículo para el blog. El cometido era el siguiente: hablar de esa frustración tan periodística y tan de todo lo demás que son las preguntas sin respuesta. Partía de la mal llamada entrevista al rey que se emitió el pasado viernes en RTVE y hacía una suerte de comparación, distancia, con las entrevistas de David Frost a Richard Nixon. La historia, en resumen, era un poco así: Nixon y Juan Carlos buscan lavar su imagen; Frost y Hermida se presuponen entrevistadores amables. El primero sorprende, aún al final, por preguntar lo que debía. El segundo... El segundo cumple con la presuposición. Con creces.

A partir de ahí desarrollaba de forma lastimosa todas esas llamadas y correos a mil y una instituciones que jamás respondieron a mis peticiones. Los últimos silencios, los del Ministerio del Interior respecto a Alfon y los de Hacienda y la LFP acerca de las deudas de los clubes de fútbol. Entonces me preguntaba que si acaso me hacen falta unos cafés con quién sabe o si el silencio, en última instancia y en la primera en este caso, es en sí mismo una respuesta.

Llegado a esta conclusión, repasaba algunos ejemplos de entrevistas malogradas por no conseguir entrevistado. Destacaba sobre todo la que en su día publicó un medio gallego muy chulo, Dioivo, visitadlo ya que se hace tarde, al presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo. Lo mejor es que la entrevista no tenía respuestas. ¿Por qué? Porque Feijóo no quiso sentarse ni un minuto a escuchar las cuestiones que tenían preparadas. No obstante, la gente que está detrás de Dioivo, periodistas como A.R. o F.P.L., decidieron publicar las preguntas. Y lo cierto es que por sí solas informaban. En el caso del rey hubo alguna iniciativa similar. En Zoomnews, por ejemplo, pidieron a varios periodistas que plantearan una pregunta que le harían al monarca. O el caso de Arturo González, que descolló algunos de los asuntos que RTVE prefirió omitir.

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