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Cruel posrealidad

Colectivos, partidos y dirigentes se instalan en una suerte de posrealidad que les permita seguir entreteniéndonos y conservando el poder

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Felipe González: Si fuera Susana Díaz no me presentaría a la secretaría del PSOE

Los taxistas se cabrean cuando les dices que, además de protestar por la llegada de las multinacionales, tienen que analizar que su modelo de negocio está antiguo y que en 15 años ni siquiera existirán. No quieren ver la realidad.

Los socialistas no se quieren dar cuenta de que Podemos existe y de que no será tan fácil despejarlo de la ecuación. Obvian que sin pactos, la izquierda no podrá arrebatar el poder al PP. Incluso fustigan a Pedro Sánchez con sus datos en las elecciones, aunque soslayan que RbCb se estrelló y no tenía partido rival en su espectro. Piensan que lo solucionan con lo que llaman un "relato" –que no consiste en narrar la realidad sino en adaptarla a sus necesidades– pero no se dan cuenta de que la ficción política no cambia la tozuda realidad.

El aparato y los instalados pretenden que Susana Díaz cambie los auspicios electorales del PSOE. Sortean el hecho de que su forma de hacer política poco o nada aporta a los jóvenes que perdieron en la cuneta, que sus formas y su nacionalismo español cerrado no suman en algunos territorios y que ni su gestión ni su discurso aportan nada para renovar la confianza en un proyecto político.

La mayoría de los líderes políticos, y los de ultraderecha aún más, no reparan en que la lucha contra el terrorismo hay que librarla sobre todo en los propios barrios de olvidados que acumulan en sus extrarradios. Pasan de puntillas sobre el hecho de que sean nacionales de cada territorio los que rompen con todo y eligen la destrucción y su destrucción. Es mejor hablar de guerras y enemigos externo y no mirar al desastre que se ha producido bajo su propia égida.

Eluden también que, en cierta manera, el daño que los yihadistas querían hacernos ya está hecho. Como si no fuera evidente que las leyes promulgadas con la excusa de atacarlos están sirviendo en realidad para destruir las libertades de los ciudadanos. Cruel paradoja que es palmaria al observar el trabajo actual de la Audiencia Nacional.

Inventan un escenario irreal cuando, como ha hecho Trump, niegan el cambio climático y vuelven a revitalizar el viejo y prehistórico carbón como forma de energía. Dan la espalda al hecho innegable de que el Brexit junto al riesgo de que Le Pen gobierne Francia pueden significar el fin de la Europa que hemos conocido hasta ahora, sin que sean demasiado halagüeñas las esperanzas sobre la que venga a sustituirla.

Se instalan en una realidad centrípeta inexistente los que piensan que sólo con imposiciones, amenazas legales y quizá algo de pasta se pueden resolver situaciones que han alterado ya el sentir de muchos ciudadanos tras décadas sin querer ver el verdadero alcance de los problemas.

Tampoco son realistas los que creen que sólo con juventud y unas formas rompedoras y desacralizadas conseguirán revertir el rumbo de esta sociedad. No lo son, por supuesto, los que quieren refugiarse en los burladeros del decoro cuando hace ya tanto que la vida política de este país es impúdica y obscena.

Saltas de noticia en noticia y sólo encuentras ejemplos de colectivos, partidos y dirigentes que se instalan en una suerte de posrealidad que les permita manejar ditirámbicamente su querido relato para seguir entreteniéndonos y conservando el poder.

No importa quién ni cómo amañe los términos de la mentira y de la manipulación. Hay un mundo real y la humanidad no ha encontrado la forma de evitarlo sino en nuestras propias mentes y en nuestros propios mitos colectivos. Vivimos ese momento que, cuando se convierta en historia, hará exclamar a los que lo estudien: ¡pero cómo no lo vieron venir! No hace falta que les diga qué momentos cargados de presagios antes de ahora no quisieron ver los occidentales.

Van corriendo de espaldas hacia el futuro y es evidente que ignorando la realidad sólo pueden estar abocados a darse de bruces con ella. No les digo que, en algunos casos, no me parecería bien que se estrellaran tumultuosamente. Les estaría bien empleado. No me importaría que tuvieran su merecido, si no fuera porque nos llevan a todos nosotros en el asiento de atrás.

Y no tenemos forma alguna de saltar.

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