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Wrong exit

Las élites extractivas se han ido de caña y han hecho de Estados Unidos el país con mayor desigualdad del planeta, seguido de cerca por España, motivo por el que muchos análisis nos suenan familiares

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No se han equivocado los votantes blancos de clase media o trabajadora empobrecida que han vencido la balanza en favor de Trump. Ellos, como muchos otros europeos, han detectado perfectamente el daño que el nuevo capitalismo financiero operando sin trabas en un mundo globalizado les está causando. No les ha hecho falta leer a Lash para coincidir con él en que “en nuestra época la principal amenaza no parece proceder de las masas sino de los que se encuentran en la cúspide” y saben del recochineo que se gastaba Warren Buffet cuando afirmó sin prejuicios que “efectivamente hay una guerra de clases y los de la mía están ganando por goleada”.

No, no se equivocan en el diagnóstico los que han sufrido en sus carnes los efectos de la política de desregularización y mundialización practicada por un capitalismo financiero y globalizado que además ha conseguido deslegitimar a los representantes de los trabajadores y que ha convertido a la religión del éxito individual a muchos de los que son víctimas de ella.

Las élites extractivas se han ido de caña y han hecho de Estados Unidos el país con mayor desigualdad del planeta, seguido de cerca por España, motivo por el que muchos análisis nos suenan familiares. Los robbers barons han volteado el sistema hasta que su avaricia sin límites se ha visto colmada por una capacidad extractiva nunca vista y en la que el champán ha dejado de caer de sus copas rebosantes hasta los que soportan desde abajo el sistema. Secos, exhaustos, sin trabajo o sin poder sostenerse con el mismo, las masas de trabajadores descontentos y que se sienten estafados han buscado una solución a una situación que no entienden porque rompe los pactos sociales construidos al finalizar la II Guerra Mundial. Exactamente lo mismo que sucede en Europa.

No, no se equivocan ni en lo que les sucede ni en intentar cambiar de forma abrupta el devenir de un sistema que nos aboca al fin de las sociedades en las que todos los occidentales habíamos convenido en vivir. Lo que es errónea es la solución que adoptan, la salida que toma. Tan errónea como la que ha llevado a muchos británicos a votar a favor del Brexit o a los franceses a ir aumentando las posibilidades de que gobierne Le Pen. Es la salida la que es equivocada, peligrosa y amenazante. En el caso de Estados Unidos es, además, esquizofrénica puesto que ha supuesto llevar a la Casa Blanca a uno de los miembros preeminentes de esas clases extractivas. La diferencia de riqueza entre Trump y un norteamericano pobre es precisamente la medida del problema. Ellos son el paradigma. Nunca en la historia de la humanidad la desigualdad había sido tan grande. Ni entre Craso y un romano indigente la brecha fue tan enorme nunca.

Mientras no tengamos claro que ese es el problema, cualquier elección democrática puede dar alas a quién tememos. La propia democracia se balancea en la cuerda floja cuando la acumulación de la riqueza otorga tal poder ajeno a las urnas a tan pocas personas.

Quizá aún estemos a tiempo de tocar el timbre de alarma y parar el combate. Si no, nos veremos abocados a plantearnos si la anomalía histórica no son precisamente los estados de bienestar en que hemos vivido en las últimas décadas. Han intentado anestesiarnos con la idea de que todo iría siempre a mejor y de que los logros sociales de igualdad, equidad y justicia nunca desaparecerían.

Esperemos que cuando el futuro nos alcance no sigamos con los ojos cerrados.

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