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Somos niños

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En la última comparecencia de Rajoy ante la prensa un periodista le preguntó al presidente si ese "ventajoso préstamo" que nos hacía Europa afectaría al déficit. Todo el mundo sabe que si alguien te presta dinero vas a tener que devolvérselo, y que esas cuotas periódicas se consideran un gasto en cualquier contabilidad. El periodista desde luego parecía saberlo por el modo en el que formuló la pregunta. Y Rajoy también, pese a que dijo lo contrario.

No voy a escandalizarme aquí por las mentiras de un político. Y menos por las de Rajoy, que se ha convertido en el presidente más mentiroso de la democracia, un récord nada desdeñable si tenemos en cuenta sus competidores: Felipe González, que nos engañó con la OTAN y con los puestos de trabajo que iba a crear en cuanto fuera presidente; y José María Aznar, que mintió a sabiendas sobre las inexistentes armas de destrucción masiva, y que intentó colarnos a ETA en los atentados del 11-M. 

En el caso de González y Aznar, las mentiras tenían un fin: ganarse a los votantes de izquierda en el caso de González o alinearse con las tesis de Bush en el caso de Aznar. Y en última instancia, ganar las elecciones. Ese suele ser el fin de la mentira estándar, por llamarla así. De hecho, Rajoy también mintió en su campaña electoral: aunque sabía que su política económica no podía ser muy diferente de la de Zapatero, hizo creer a sus votantes que saldríamos de la crisis sin subir los impuestos y sin recortar ningún beneficio del Estado del bienestar.

Pero no quiero hablar de estas mentiras, habituales en las campañas electorales, sino de esas otras que todo el mundo sabe que son mentiras y que además revelan su fraudulenta condición 24 horas después de haber sido formuladas. Si no hay elecciones a la vista, ¿por qué negar hasta el último momento la subida del IVA y la bajada de sueldos a los funcionarios cuando seguramente ya hay técnicos en el Ministerio de Economía trabajando en su aplicación? ¿No sería mejor que el presidente hablara con franqueza a sus conciudadanos? ¿No sería esa una buena manera de minimizar el coste político que tendrán estas medidas tan impopulares?

Pues parece ser que no, a juzgar por el paroxismo con que el Gobierno se dedica no solo a decir mentiras, sino a negar que son falsedades cuando la realidad ha desmentido sus palabras. Primero se asegura que la banca no necesita rescate, y cuando la banca recibe el rescate, se mantiene que lo recibido no ha sido un rescate. Sería cómico, si no fuera dramático. Y es dramático porque tras estas mentiras, mantenidas incluso después de que se revelen como tales, tras esta neolengua que tanto material da a los dibujantes de viñetas y a quienes se dedican a la sátira política, lo que se esconde es un olímpico desprecio por los ciudadanos, por sus instituciones y en definitiva por la esencia de la democracia. Puro franquismo sociológico, que ve en la gente no un conjunto de ciudadanos adultos, a los que hay que servir e informar escrupulosamente de cada paso, de cada medida y de cada decisión, sino como una masa informe que obstaculiza "lo que hay que hacer", es decir los intereses de la clase política.

De ahí que este Gobierno, compuesto por avezados herederos del franquismo sociológico, nos esté tratando como a niños pequeños: no nos explica las cosas, justifica los sufrimientos porque no hay alternativa, nos regaña, emplea con nosotros una infinita paciencia, nos miente y cuando pillamos sus mentiras, se encoge de hombros y las mantiene porque sabe que los niños no pueden hacer nada frente al poder de los adultos.

No creo que esta política de comunicación de Rajoy sea un error. No son tan tontos. Tampoco voy a decir que se trate de una estrategia perfectamente estudiada. No son tan listos. Es más bien una inercia que todos los políticos educados durante el franquismo llevan grabada en su ADN. El franquismo sociológico es una manera de mandar, un modo de relacionarse con la ciudadanía. Despreciando a los ciudadanos, minusvalorándolos, manteniéndolos en un estado mental peterpanesco y en una ignorancia infantil, se fomenta su indiferencia, se evita tener que darles muchas explicaciones y es más fácil poder llevarlos de aquí para allá y hacer con ellos lo que resulte más conveniente.

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