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Aurora Q: psicología y entorno social en otra deslumbrante novela de Mario Cuenca Sandoval

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Nada más terminar de leer Aurora Q., la nueva novela de Mario Cuenca Sandoval, publicada por Galaxia Gutenberg después de recibir el Premio Málaga de Novela, repasé lo que hace algún tiempo escribí aquí mismo sobre Lux, por entonces el último libro de su autor. Me sorprendió descubrir que allí decía que Cuenca Sandoval iba más allá de los factores sociológicos que permiten el auge de la extrema derecha para profundizar también en sus causas psicológicas. Pues bien, esta Aurora Q., otra novela igual de deslumbrante, se puede leer en cierto modo como el envés de aquella, a pesar de que sus temáticas resulten en apariencia tan distintas. Y es que podríamos afirmar que Aurora Q. va más allá de los mecanismos puramente psicológicos que conducen a algunos individuos a los crímenes más atroces para profundizar igualmente en los sociológicos.

Si en aquella ocasión la novela tomaba la forma de una larga carta, Aurora Q. adopta la de la transcripción de un caso clínico que se destripa en varias sesiones impartidas durante un seminario por el psicólogo que, alrededor de veinte años atrás, analizó a los conocidos como “niños del Arca”. Esos niños, hermana y hermano mellizos de unos doce años, fueron detenidos en mitad de un carretera por la que deambulaban ensangrentados y en claro estado de salvajismo y enajenación después de cometer varios asesinatos. No sabremos mucho de esos asesinatos, ya que en el momento que se imparte el seminario toda la sociedad está al cabo de aquellos detalles. Y es que se trata de un caso que convulsionó al país no solo por su morbo mediático (niños ferales y feroces sin rasgos de moralidad, crímenes espeluznantes, etc.). También suscitó un acalorado debate entre el estamento clínico después de un vuelco casual en la investigación policial que puso pata arribas buena parte del análisis psicológico de los dos niños.

Es asombroso el modo, tan bellamente literario, en el que Cuenca Sandoval nos desbroza las espesuras. Y, como es marca de la casa, igual de asombrosa (al menos para quien no conozca su obra anterior) resulta la tensión, la fiebre de la que dota toda su prosa

Entramos así en un juego especular entre el entorno y la mente, por simplificar, en el que no faltan rasgos de humor y sutilezas de todo tipo. El conferenciante del seminario trata de convencer a la audiencia de que su análisis inicial, de raigambre lacaniana, era correcto: figuras fantasmáticas, madre psicótica, autismo hereditario, simbología paterna, etc. Todo ello a pesar de que la investigación posterior descubriera que, en realidad, los niños pertenecían a una secta aislada en el bosque. De manera brillante, sin abandonar esos rasgos sutiles de ironía, Cuenca Sandoval pone su exquisita prosa al servicio de una argumentación llena de deliciosas y juguetonas piruetas retóricas, pero a la vez, convincentes. El descubrimiento de la socialización sectaria de los niños se imbricaría en perfecta armonía con los enigmas psicológicos que el conferenciante cree haber revelado con su análisis primigenio. Incluso se siente reforzado, cuando lo cierto es que ni había imaginado algo parecido. Pero qué más da. Al fin y al cabo el análisis, o la interpretación, constituyen también una suerte de narrativa, si bien, como asegura ese conferenciante, siempre acaba por revelar una verdad, que en resumidas cuentas es lo importante.

Entramos así en un hipnótico caudal que nos lleva por los vericuetos de la psique y el contexto social gracias a una virtud que ya hubiera querido Lacan para sí: la de la claridad expositiva. Es asombroso el modo, tan bellamente literario, en el que Cuenca Sandoval nos desbroza las espesuras. Y, como es marca de la casa, igual de asombrosa (al menos para quien no conozca su obra anterior) resulta la tensión, la fiebre de la que dota toda su prosa.

Esta es una de esas escasas novelas que no se agota con su lectura. De manera paradójica, lo que solo es atribuible al buen hacer de su autor, la propia novela revienta el aplomo y la seguridad con que el narrador se expresa para que, por el contrario, reverberen en nuestra conciencia preguntas, dudas e incertidumbres.

Una vez más, Cuenca Sandoval demuestra que es uno de los mejores autores que tenemos en Andalucía y de los más sobresalientes de su generación.

Nada más terminar de leer Aurora Q., la nueva novela de Mario Cuenca Sandoval, publicada por Galaxia Gutenberg después de recibir el Premio Málaga de Novela, repasé lo que hace algún tiempo escribí aquí mismo sobre Lux, por entonces el último libro de su autor. Me sorprendió descubrir que allí decía que Cuenca Sandoval iba más allá de los factores sociológicos que permiten el auge de la extrema derecha para profundizar también en sus causas psicológicas. Pues bien, esta Aurora Q., otra novela igual de deslumbrante, se puede leer en cierto modo como el envés de aquella, a pesar de que sus temáticas resulten en apariencia tan distintas. Y es que podríamos afirmar que Aurora Q. va más allá de los mecanismos puramente psicológicos que conducen a algunos individuos a los crímenes más atroces para profundizar igualmente en los sociológicos.

Si en aquella ocasión la novela tomaba la forma de una larga carta, Aurora Q. adopta la de la transcripción de un caso clínico que se destripa en varias sesiones impartidas durante un seminario por el psicólogo que, alrededor de veinte años atrás, analizó a los conocidos como “niños del Arca”. Esos niños, hermana y hermano mellizos de unos doce años, fueron detenidos en mitad de un carretera por la que deambulaban ensangrentados y en claro estado de salvajismo y enajenación después de cometer varios asesinatos. No sabremos mucho de esos asesinatos, ya que en el momento que se imparte el seminario toda la sociedad está al cabo de aquellos detalles. Y es que se trata de un caso que convulsionó al país no solo por su morbo mediático (niños ferales y feroces sin rasgos de moralidad, crímenes espeluznantes, etc.). También suscitó un acalorado debate entre el estamento clínico después de un vuelco casual en la investigación policial que puso pata arribas buena parte del análisis psicológico de los dos niños.