Al campo no se le defiende con palabras
Cada vez que los agricultores salen a la carretera, los tractores ocupan las calles o las organizaciones agrarias convocan movilizaciones, ocurre lo mismo: los políticos aparecen para mostrar su apoyo al campo.
Todos reconocen su importancia. Todos hablan de agricultores y ganaderos como un sector estratégico. Todos prometen soluciones. Pero cuando las protestas terminan y los tractores regresan a las explotaciones, los problemas siguen ahí.
El agricultor continúa haciendo cuentas. Y demasiadas veces, las cuentas no salen. Porque una cosa es defender al campo con palabras y otra muy distinta hacerlo con decisiones políticas.
El agricultor asume los riesgos
El productor conoce perfectamente el coste de sacar adelante una cosecha. Gasóleo, fertilizantes, agua, maquinaria, seguros, tratamientos, mano de obra y una larga lista de gastos que no dejan de aumentar. A todo ello se suma la incertidumbre del clima y de los mercados.
Sin embargo, cuando llega el momento de vender, el agricultor no siempre tiene capacidad para decidir cuánto vale su producción. Asume buena parte del riesgo, pero no siempre tiene poder para fijar el precio.
Y aquí está una de las grandes contradicciones de nuestro sistema alimentario: el consumidor paga un precio elevado mientras quien produce el alimento puede recibir una cantidad que apenas cubre sus costes.
Algo falla cuando trabajar la tierra deja de ser rentable para quien la trabaja.
Ayudas sí, dependencia no
Las ayudas al sector agrario pueden ser necesarias. La agricultura está sometida a riesgos y circunstancias que justifican determinados mecanismos de apoyo. Pero las subvenciones no pueden convertirse en la solución permanente a un problema estructural.
El agricultor debería poder vivir fundamentalmente de su producción y no depender cada año de una ayuda para conseguir que las cuentas cuadren.
Una agricultura fuerte no es la que más ayudas necesita, sino la que puede vivir dignamente de su actividad.
Demasiada burocracia, demasiado poco sentido común
A los problemas económicos se suma una burocracia que no deja de crecer. Declaraciones, controles, registros, requisitos, inspecciones, certificaciones y cambios constantes de normativa.
Es necesario proteger el medio ambiente y garantizar la seguridad alimentaria. Nadie discute eso. Pero proteger no puede significar asfixiar.
La pequeña explotación familiar no puede soportar las mismas cargas administrativas que una gran empresa. La agricultura se trabaja en el campo, no rellenando formularios.
Hace falta una administración que controle lo necesario, pero que también entienda la realidad de quienes trabajan directamente sobre el terreno.
El agua es futuro
En Andalucía, hablar del futuro del campo es hablar necesariamente del agua. Sin agua no hay determinadas producciones. Sin seguridad hídrica no hay inversión. Y sin inversión resulta difícil garantizar el futuro de muchas explotaciones.
Por eso el agua no puede convertirse permanentemente en un arma política. El campo necesita planificación, infraestructuras, modernización de regadíos, reutilización cuando sea posible y una gestión eficaz de todos los recursos disponibles.
El agricultor necesita certezas. No puede sembrar mirando el calendario electoral. Necesita saber si tendrá agua cuando llegue el momento de producir.
Competir con las mismas reglas
También existe un problema evidente con la competencia exterior. Al productor europeo se le exige cumplir numerosas normas ambientales, sanitarias y laborales. Muchas son necesarias y forman parte del modelo de sociedad que queremos.
Pero esas exigencias tienen un coste. Por eso resulta difícil entender que el agricultor europeo tenga que competir después con productos procedentes de países sometidos a condiciones diferentes.
Si queremos exigir más al productor europeo, también debemos garantizar unas condiciones de competencia justas. De lo contrario, corremos el riesgo de hacer cada vez más difícil producir aquí mientras aumentamos nuestra dependencia del exterior.
¿Quién tomará el relevo?
Otro de los grandes interrogantes es el futuro de nuestros jóvenes agricultores. Se habla mucho de relevo generacional y de luchar contra la despoblación rural. Pero la pregunta es sencilla: ¿qué motivos económicos estamos dando a un joven para que quiera dedicarse a la agricultura?
No basta con decir que el campo tiene futuro. Hay que facilitar el acceso a la tierra, al crédito, al agua y a la tecnología. Y, sobre todo, hay que garantizar una rentabilidad que permita construir un proyecto de vida.
Un joven no puede ver la agricultura únicamente como una profesión de sacrificio e incertidumbre. Tiene que verla como una oportunidad.
El campo no pide privilegios
El agricultor no pide privilegios.
Pide trabajar.
Pide producir.
Pide vender a un precio razonable.
Pide unas reglas claras y estables.
Pide menos burocracia.
Pide agua.
Pide competencia justa.
Y pide que sus hijos puedan continuar, si así lo desean, con aquello que durante generaciones ha mantenido a sus familias.
Por eso, ha llegado el momento de juzgar a los políticos por sus hechos y no por sus fotografías junto a un tractor o la vaca.
No importa cuántas veces digan que el campo es estratégico.
Importa si el agricultor puede terminar el año y decir: “Mi trabajo merece la pena”.
Menos promesas, más resultados
Todos los partidos dicen defender al campo. Pues que lo demuestren.
Que demuestren que están dispuestos a afrontar los problemas de la cadena alimentaria. Que simplifiquen la burocracia. Que garanticen una política de agua a largo plazo. Que defiendan una competencia justa. Que faciliten el relevo generacional.
Porque es muy fácil decir “estamos con los agricultores”.
Lo difícil es tomar decisiones que permitan que un agricultor pueda vivir dignamente de su explotación.
Y ahí es donde debería medirse la verdadera defensa del campo.
No en los discursos.
No en las fotografías.
No en las promesas electorales.
En los resultados.
Porque el campo no necesita salvadores. Necesita respeto.
Y el respeto, en política, no se demuestra con palabras. Se demuestra con hechos.