La izquierda, en llamas
Bertolt Brecht escribió un poema sobre Buda y la ruta de los deseos. Reprodujo un parábola de Gautama en la que narraba que una casa ardía y aún había gente en el interior. Él les incitó a que salieran de allí: “Pero aquella gente no parecía tener/ prisa. Uno me preguntó,/ mientras el fuego le chamuscaba las cejas,/ qué tiempo hacía fuera, si llovía,/ si no hacía viento, si existía otra casa,/ y otras cosas parecidas. Sin responder,/ volví a salir. Esta gente, pensé,/tiene que arder antes que acabe con sus preguntas”.
Hay varias casas en llamas en los días presentes: la de la inflación, la de la vivienda y la de los escuetos salarios que han propiciado incluso una huelga general en pleno zafarrancho de captación del voto; la del paro persistente aunque relativamente en mejoría; la de las cifras de la macroeconomía que no acaban de cuadrar con la micro, el coste de la energía y de los combustibles; la de la ley mordaza que sigue sin derogarse; la de la imprescindible convivencia con la inmigración; la de los suburbios donde la ciudad pierde su honesto nombre; la del campo entregado con almas y bagajes por la progresía urbanita a las huestes de Abascal; la del cambio climático; la de los “sacrificios” que anuncia el gran visir Feijoo que quiere ser califa en lugar del Califa; la de la “reforma drástica” de las pensiones que propugna Vox; la del previsible retroceso en materia de derechos, hagan sus apuestas.
La cosa está que arde y la izquierda prefiere quemarse viva en las elecciones del 29 de noviembre que constituirse en servicio de bomberos de sí misma. Vistas las encuestas a pie de bar, es probable que el PSOE salve sus muebles, aunque no vayan a salir, precisamente, por la Puerta del Príncipe de los recuentos finales. El avión de la derecha lleva el viento de cola, si no le falla, como en otras ocasiones, el tren de aterrizaje. Pero la izquierda ha cambiado La Internacional por el conocido himno del cuerpo a tierra, que vienen los nuestros. “¿Y tú de quién eres?”, que dirían Los Chanclas: ¿de Irene Montero o de Ada Colau, de Gabriel Rufián o de Yolanda Díaz, si es que sigue existiendo políticamente?
En ese espectro al que llaman “la izquierda a la izquierda del PSOE”, menudo silogismo, le sobra estrategia y parece faltarle ideología: ¿en qué se diferenciarán sus mensajes, más allá de los nombres de las candidaturas o de los candidatos?
El Frente Amplio va a ser redux, sin versión extendida como Matrix, así que sus promotores pueden pegarse un testarazo contra el suelo en vez de escalar las paredes y su techo electoral; salvo en casos como Adelante Andalucía, que va por libre y que parece al alza en la bolsa de los sondeos, por más que tampoco parece probable que la calderilla electoral –hay un escaño menos en su Cádiz—le depare un grupo propio. A pesar de las buenas intenciones, a estas alturas del partido, tampoco parece prosperar la hipótesis de una lista única de los jacobinos para el Senado, una Cámara Alta que corre el riesgo de una mayoría sin parangón por parte de la derecha extrema y de la extrema derecha.
En ese espectro al que llaman “la izquierda a la izquierda del PSOE”, menudo silogismo, le sobra estrategia y parece faltarle ideología: ¿en qué se diferenciarán sus mensajes, más allá de los nombres de las candidaturas o de los candidatos? A los dirigentes, todo ese batiburrillo parece ponerles más que un festival de rebujitos en la Feria de Sevilla, pero su electorado, si es que se anima a acudir al colegio electoral, necesitará de un manual de instrucciones antes de escoger su papeleta.
Mal haría el elector anteriormente llamado progresista si incurriese, sin embargo, en la melancolía. Que aprenda de la derecha, cuyos votantes acuden como uno solo a la misa de doce de las urnas, así llueve o truene, caigan libretas de Bárcenas, decretos de Montoro, fotos con narcos o arengas apocalípticas. La mejor acampada es votar en conciencia; la mayor marea, elegir la lista a la que le lleve su corazón. Quizá no sirva de mucho pero es lo único que puede valer para salir de la casa en llamas sin que los nadie se apresten a quemar las calles como está ocurriendo en Francia.