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Suiviverio

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Vuelvo a Sevilla tras cuatro días en Dinamarca visitando a mi hijo y paseando por una ciudad salpicada de cerezos en flor que transforman los parques de Copenhague. Como siempre que viajo, acomodo un par de libros en el bolsillo del asiento delantero, la botella de agua, las gafas y el móvil, de forma que apenas me queda espacio para las piernas. La contorsión obligada y mantener en equilibrio tal bodegón de objetos distraen mis pensamientos. Detesto volar. Los aviones me hacen tantear ideas oscuras. A veces tiemblo. Por eso vuelo, para hacer cosas que me aterren y fingir que las controlo. Pero lo que más odio es odiar por pura irracionalidad y miedo.

Me asomo a Substack por segunda o tercera vez en mi vida, creo. Solo correteo por sus rincones limitándome a observar qué se cuece allí porque cuando la jornada laboral te exige pasar muchas horas leyendo lo que otros escupen en redes comienzas a aborrecerlas casi tanto como a los aviones. Leo a un tipo que no conozco -Jaime Rubio- que dice haber escuchado a otro decir que debería haber una palabra contraria al suicidio, una palabra que sirva para nombrar el momento en que una persona decide, de forma abrupta, comenzar a vivir. El suicida no lo es únicamente en pensamiento sino en intención. Conocí a un par de personas que se quitaron la vida. Durante años me pregunté qué es lo que no vi, qué parte de su angustia quedó tan fuera de mi campo de visión y si quizás hubiera podido hacer algo si hubiera tenido la atención más entrenada para reconocer las primeras señales, como si el ver fuera un fármaco casero para el poder hacer. Sin embargo, el suicidio no es un fallo de observación colectiva. Es un fenómeno multifactorial, con variables clínicas, sociales, económicas y biográficas. También conocí a otras dos personas que lograron desechar la idea, así que mi experiencia no sirve a nivel estadístico. 

Anoto la idea de la palabra que no existe porque me parece un acto de amor, pero también una simplificación peligrosa. Abandono Substack y pongo el modo avión antes de retomar el libro que estoy leyendo. Bienvenida a la comunidad es el primero de los seis cuentos de El buen mal, de la escritora argentina Samanta Schweblin, donde el bien y el mal son ideas que sobrevuelan todos sus cuentos. ¿Cuánto mal hacemos creyendo estar haciendo el bien a alguien? ¿Y viceversa? Me hice con él antes de la polémica del millón de euros de Aena y cada vez que escucho a alguien hablar del millón como si hablara de la literatura misma, me viene a la cabeza el estreno en 1993 de Una proposición indecente: muchos de los que critican la indecencia del premio probablemente se hubieran subido al helicóptero de Robert Redford.

El libro resulta inquietante porque expone la normalidad como una de las mayores ficciones a la que estamos sometidos. En el cuento da voz a una mujer que se arroja a un río con piedras atadas a la cintura y la escena parece tornarse en ese buen mal, una escena de intento de suicidio de la protagonista que, en el último momento, con la vida encharcada, decide volver a su casa y comenzar a vivir de nuevo, es decir, elige ese renacer desprovisto de palabra.

Al despegar, reparo en la chica que va junto a la ventanilla. Se tapa los oídos, cierra los ojos y se balancea hacia atrás y hacia adelante, acunándose en su propio terror. Tendrá unos veinte años. La comprendo desde el otro lado del pasillo, así sin conocerla, porque nuestros miedos son poco originales, son mil veces repetidos, como los finales, que en realidad son todos el mismo.

El suicidio se mantiene como una de las principales causas de muerte entre personas de 15 a 29 años. ¿Se habla suficiente de la segunda causa de muerte externa en España? ¿Existen suficientes campañas gubernamentales de ayuda o de prevención?

De pronto, su brazo izquierdo, desnudo. Lleno de cicatrices de diferente longevidad, con algunas líneas paralelas y otras que se cruzan como un quiebro de cualquier expectativa ontológica. Su brazo me saca de estas páginas, esas cicatrices me sacan el terror del cuerpo por volar. Me desagrada darme cuenta de que lo estoy mirando como quien busca una metáfora. Esta intromisión es, sin duda, mi buen mal.

Recuerdo haber leído las estadísticas del INE más recientes: en 2024 se registraron 3.953 suicidios en España. 3.953 vidas que seguimos tratando como si fuera una anomalía y no una estructura. Es la población equivalente a municipios andaluces como Villablanca o Moguer o Arriate. De ese total, 3 de cada 4 fueron hombres. El suicidio se mantiene como una de las principales causas de muerte entre personas de 15 a 29 años. ¿Se habla suficiente de la segunda causa de muerte externa en España? ¿Existen suficientes campañas gubernamentales de ayuda o de prevención? ¿Y más allá de la necesaria cartelería del 024, que debe ser puerta y no solo muro, hay un aumento real de recursos para nuestra salud mental? ¿Hablamos con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros amigos? ¿Ocupa este asunto un lugar relevante en la esfera pública y privada?

Esta ceguera blanca me devuelve el recuerdo de cuando, embarazada de mi hija menor, leí Ensayo sobre la ceguera de Saramago. El desencadenante de la trama es un hombre parado ante un semáforo en rojo que se queda ciego súbitamente. Es el primer caso de una ceguera blanca que se expande de manera fulminante. Los ciegos tendrán que enfrentarse con lo más primitivo de la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio. A Saramago lo conocí en un viaje a Santander allá por el año 2000 en lo que iba a ser un taller de creación literaria y se convirtió en un hervidero de jóvenes inquietos que no dejamos de hacerle preguntas a su lucidez. Ensayo sobre la ceguera es la ficción de un autor que nos alerta sobre la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron.

Parte de nuestro trabajo consiste en mirar donde todos miran y ver lo que otros, quien sabe si por estar distraídos, no ven. No sé si alguna vez lo logro. Tampoco sé si luego hago útil con eso que veo, pero lo anoto todo en libretas y documentos para no olvidar que siempre hay cosas que se miran, pero no se ven y preguntas que nunca se hacen. 

Nuestra ceguera es un paisaje. Independientemente de nosotros la hierba crece, esa misma que se moja con el rocío y se quema con el sol de mayo y se mueve con el viento. Por la ventanilla vemos asomar los flecos de una Sevilla tomada por su feria de abril. Me pregunto qué paisaje verá ella, cuál será su azul y su cielo, cuál los calores del estío, cuál nuestra ceguera blanca.

Sus cicatrices son el mapa de una guerra que yo no me atrevo a pelear. Mirarla me calma el miedo al avión, y esa es mi mayor indecencia: usar su abismo como barandilla. Mi buen mal es aterrizar en Sevilla, ver los flecos de la Feria, abrazar a los míos y olvidar que, para la chica del brazo desnudo, el suelo no es un alivio, es solo el lugar donde las piedras vuelven a pesar

Aterrizamos en Sevilla. El cielo está roto. A mí, sentir el suelo, siempre me pone contenta. La visibilidad no sirve si no cambia nada. No basta con mirar el horror: hay que intervenir en lo que lo produce, aunque eso ya no quepa en una frase. 

En el hilo de Sustack, alguien contesta que etimológicamente suicidio procede del latín “sui” (sí mismo) y “cidium” (matar). Si cambiamos el sufijo “cidium” por “vivere” (vivir), tendríamos algo así como “suiviverio”.

Las cifras señalan que en 2024 se produjeron 163 suicidios menos que en 2023. El libro de Saramago termina con el regreso de la vista, pero solo después de que los personajes han reconocido su propia animalidad y han creado lazos de solidaridad. No hablaba solo de mirar más, sino de lo que hacemos cuando ya no podemos dejar de ver.

Y entonces una única palabra, esa que no existe: anoto el Suiviverio en la libreta, pero me suena a mentira. Schweblin es más honesta en sus cuentos: nos recuerda que el bien y el mal son fluidos que se contaminan. Lo veo en la chica de la ventanilla. Sus cicatrices son el mapa de una guerra que yo no me atrevo a pelear. Mirarla me calma el miedo al avión, y esa es mi mayor indecencia: usar su abismo como barandilla. Mi buen mal es aterrizar en Sevilla, ver los flecos de la Feria, abrazar a los míos y olvidar que, para la chica del brazo desnudo, el suelo no es un alivio, es solo el lugar donde las piedras vuelven a pesar.