Ceuta, más allá del ruido
Durante semanas hemos hablado de Ceuta casi sin descanso: de llegadas, fronteras, seguridad, acogida digna y responsabilidades. Con el paso de los días, el debate se ha ido endureciendo y llenando de confrontación, señalamiento y un lenguaje cada vez más militarizado. El riesgo es que todo ese ruido termine alejándonos de lo esencial. Porque en Ceuta conviven hoy dos realidades que necesitan ser atendidas a la vez: miles de personas que han llegado en condiciones de gran vulnerabilidad y una ciudad que lleva semanas viendo alterado su día a día. Reconocer una no significa negar la otra.
La prioridad debería estar precisamente ahí, en encontrar salidas que permita responder a ambas. Reforzar los recursos de acogida, agilizar los traslados cuando permitan una atención más adecuada, proteger especialmente a niños, niñas y mujeres y aliviar la presión sobre los servicios y equipos que sostienen la situación en Ceuta. También garantizar que quienes solicitan protección internacional sepan qué procedimiento se les aplica y cuenten con todas las garantías. España está adaptando ahora su normativa al nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, y ese proceso debería servir para mejorar la capacidad de respuesta, no para retroceder en derechos: acceso efectivo al asilo, valoración individual de cada situación y especial atención a quienes más protección necesitan.
Pero lo ocurrido no puede explicarse mirando únicamente a Ceuta. Forma parte de un contexto geopolítico complejo, marcado por profundas desigualdades entre países y por un modelo europeo que durante años ha apostado por reforzar sus fronteras exteriores y trasladar parte de la gestión migratoria a terceros países. Controlar una frontera no elimina las razones por las que las personas migran. Puede, en cambio, hacer que los caminos sean más peligrosos y que miles de vidas queden todavía más condicionadas por decisiones e intereses políticos. Más de 140 personas han perdido la vida en esta ocasión. Esa es una cifra que debería interpelarnos y que no podemos normalizar como una consecuencia inevitable de la frontera.
Mirar más allá del ruido significa también preguntarnos qué queremos hacer diferente. Después de más de 140 vidas perdidas, de más de 8.000 personas atravesando situaciones de vulnerabilidad y de una ciudad que no puede sostener indefinidamente esta excepcionalidad, necesitamos algo más que respuestas de emergencia. Hacen falta políticas comunes y estables que anticipen, compartan responsabilidades, garanticen derechos y generen vías seguras. La cuestión no es quién consigue imponer su relato sobre Ceuta, sino qué somos capaces de cambiar para no volver a llegar hasta aquí.