Praderas marinas: la barrera marítima contra el cambio climático que Andalucía conserva y regenera desde hace 20 años
En un mundo en el que el medio natural parece degradarse año a año sin remedio fruto del cambio climático y el extractivismo al que se ve sometido por las grandes industrias y la acción de la mano humana, hablar de éxitos en la conservación del ecosistema parece casi una excepción. Sin embargo, éxito es precisamente la palabra que mejor puede definir la conservación que hace desde hace más de 20 años la Junta de Andalucía sobre las conocidas como praderas marinas, que además de ser esenciales para el medio marítimo, se han erigido en aliadas contra el cambio climático.
Estas praderas marinas ocupan una extensión de más de 117 kilómetros cuadrados del litoral andaluz, de los que más de un 60% son las posidonias oceánicas, que es una planta endémica del Mar Mediterráneo y que, por su alto valor ecológico, desde la Unión Europea hasta el Gobierno andaluz se han comprometido en preservarla. De hecho, la Junta lleva a cabo desde 2004 un programa de seguimiento que ha arrojado éxitos que permiten, dos décadas después, proteger un ecosistema muy vulnerable a la acción humana, pero también al cambio climático al que, paradójicamente, ayuda a frenar.
Ese seguimiento continuado se apoya en una red de 33 estaciones fijas distribuidas a lo largo de toda el área de presencia de la posidonia en Andalucía, que permiten evaluar año tras año su estado de conservación. Un trabajo técnico sostenido en el tiempo que explica por qué, a diferencia de otros puntos del Mediterráneo, las praderas marinas andaluzas mantienen en términos generales una buena salud. No es un dato menor si se tiene en cuenta que se trata de un ecosistema extremadamente frágil. “La posidonia tiene un crecimiento lentísimo, de apenas unos centímetros al año. Cualquier daño puede tardar décadas en recuperarse”, explica Soledad Vivas, coordinadora regional de Medio Marino en la Agencia de Medio Ambiente y Aguas de Andalucía (AMAyA).
Bosques marinos
Lejos de ser simples manchas verdes bajo el agua, estas praderas funcionan como auténticos bosques marinos. “No son algas, son plantas con raíces, flores y frutos, que volvieron al mar y que fijan el fondo marino formando estructuras muy complejas”, señala Vivas. Esa complejidad es la que convierte a la posidonia en uno de los hábitats más ricos del Mediterráneo, al ofrecer refugio y zonas de cría a peces, invertebrados y depredadores, muchos de ellos de interés pesquero.
Ese valor ecológico se traduce también en un impacto económico directo. Los estudios desarrollados en proyectos europeos de conservación han demostrado que hasta un tercio del valor de la pesca en lonja de la provincia de Almería está asociado a la existencia de praderas de posidonia, pese a que está prohibido pescar sobre ellas. “No se pesca encima de la posidonia, pero su presencia genera una franja de enorme productividad alrededor. Es ahí donde se sostiene buena parte de la pesca artesanal”, explica la responsable de Medio Marino de AMAyA.
Sin embargo, si hay una función que sitúa a la posidonia en el centro del debate climático es su papel como sumidero de carbono azul. A través de la fotosíntesis, estas praderas capturan dióxido de carbono y lo almacenan bajo el mar durante miles de años. “Hemos encontrado depósitos de carbono de hasta 6.000 años de antigüedad en los sedimentos de posidonia. Son auténticos búnkeres de carbono”, cuenta Vivas. La destrucción de estas praderas no sólo implicaría la pérdida de biodiversidad, sino que supondría liberar a la atmósfera carbono acumulado durante milenios, agravando el calentamiento global.
A esta función climática se suma su papel en la protección del litoral. Al situarse en la franja costera, las praderas amortiguan la fuerza de los temporales y fijan sedimentos, contribuyendo a frenar la erosión y la desaparición de playas. Incluso los restos de hojas que llegan a la orilla en otoño, los conocidos arribazones, cumplen una función clave. “Protegen la línea de costa. Compactan la arena y amortiguan el impacto del oleaje, aunque durante años se hayan retirado por una cuestión estética”, apunta la experta.
El estado general de conservación en Andalucía es bueno, pero no está exento de amenazas. El cambio climático supone un riesgo real a medio y largo plazo por el aumento de la temperatura del agua, aunque por ahora no se han detectado impactos generalizados. Sí existen, en cambio, presiones muy localizadas, especialmente vinculadas al fondeo de embarcaciones recreativas en zonas sensibles como el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar. “No tenemos los problemas de los grandes yates de Baleares, pero sí fondeos puntuales que causan daños importantes”, reconoce Vivas.
Un plan de restauración
Para hacer frente a estas presiones, la estrategia andaluza prioriza lo que se conoce como restauración pasiva, es decir, eliminar impactos para permitir que el ecosistema se recupere por sí mismo. Medidas como la instalación de boyas ecológicas, que evitan el arrastre de anclas sobre la posidonia, o la regulación de usos en espacios protegidos forman parte de esta hoja de ruta. “Restaurar el mar no es como plantar árboles. Es mucho más caro, más complejo y hay que hacerlo con muchísimo criterio”, advierte la coordinadora regional.
En paralelo, Andalucía se ha situado como territorio pionero en el desarrollo de proyectos de carbono azul vinculados a la conservación marina. A través del Sistema Andaluz de Compensación de Emisiones, se ha creado un estándar que permite a empresas compensar emisiones inevitables financiando proyectos de restauración de ecosistemas marinos y costeros. “No es la solución al cambio climático, pero sí un grano de arena que permite implicar al sector privado en la conservación”, matiza Vivas.
Más allá de la técnica y la normativa, hay un reto de fondo que atraviesa todo el trabajo de conservación: la invisibilidad del medio marino. “No se protege lo que no se conoce, y durante décadas no hemos sabido qué había bajo el mar”, lamenta. De ahí la importancia de la divulgación y de mostrar que bajo la superficie existe un patrimonio natural del que depende la calidad del agua, la pesca, las playas y la capacidad de adaptación frente al cambio climático.
En un contexto marcado por la degradación ambiental y la crisis climática, la conservación de las praderas marinas demuestra que el trabajo sostenido, basado en el conocimiento científico, puede ofrecer resultados. Bajo el mar, lejos del foco mediático, Andalucía lleva más de dos décadas reforzando una de sus barreras naturales más eficaces frente al cambio climático.