Un 8M desde el margen
Cada 8 de marzo asisto a la manifestación en Zaragoza con una certeza íntima: mi raíz no está aquí. Mi vida, sí. Mi trabajo, también. Pero mi manera de entender el mundo —los tiempos, los silencios, las lealtades, incluso el miedo— se forjó en un pueblo.
Soy una mujer rural. Aunque viva en la ciudad.
Y cada 8M siento una leve incomodidad cuando escucho hablar de “las mujeres rurales” como si fueran una categoría externa, casi antropológica. Como si no estuvieran entre nosotras. Como si no estuviéramos.
En Aragón, lo rural no es un paisaje: es estructura. Es demografía, es política pública y es memoria colectiva, individual y familiar. Es la decisión —siempre difícil— de quedarse o marcharse. Es el autobús que no pasa. Es la escuela que cierra. Es la explotación agraria que no aparece a nombre de la mujer que la trabaja.
Pero también es comunidad. Es red antes de que inventáramos la palabra. Es saber quién necesita ayuda sin que lo pida. Es una forma de estar en el mundo que no cabe en los eslóganes.
No escribo desde el paternalismo. Escribo desde la pertenencia. Desde haber aprendido pronto que en un pueblo todo se sabe, y que eso condiciona la libertad. Desde haber visto a mujeres sostenerlo todo sin llamarlo feminismo. Desde haber escuchado frases que pesan y silencios que todavía pesan más.
Y también desde la contradicción.
Porque muchas hemos tenido que irnos. A estudiar. A trabajar. A respirar. Y en ese movimiento se nos ha colocado en un lugar extraño: ya no somos del todo de allí, pero tampoco somos completamente de aquí. Habitamos un margen identitario que rara vez se nombra.
Quizá por eso me incomoda que el 8M hable de mujeres rurales como si fueran “otras”. No lo son. Somos nosotras en otro contexto. Somos nosotras con menos servicios, con más exposición social y con más distancia física para pedir ayuda. Somos nosotras sosteniendo pueblos que el discurso institucional dice querer salvar, pero cuyas condiciones materiales no siempre transforma.
En Teruel, en Huesca, en las comarcas que pierden población año tras año, la igualdad tiene coordenadas muy concretas: transporte, conectividad, conciliación real, acceso a recursos frente a la violencia o titularidad compartida efectiva. No son demandas sectoriales. Son feminismo estructural.
Hablar de esto no es despreciar lo rural. Es quererlo lo suficiente como para no romantizarlo. Es saber que la comunidad protege, pero también vigila. Que el arraigo da sentido, pero también puede limitar. Que quedarse es un acto político, pero marcharse también lo fue.
Este 8M no quiero que las mujeres rurales estén en el margen del discurso. Pero tampoco quiero que se las coloque en el centro como pieza decorativa de la diversidad. Quiero que el feminismo aragonés —el que marchará por Zaragoza y el que se reunirá en casas de cultura de pueblos pequeños— se piense territorialmente. Que entienda que la despoblación también tiene género. Que la movilidad forzada también es una cuestión feminista.
Y quiero decir algo más incómodo: no todas las mujeres rurales se sienten interpeladas por el feminismo urbano. No porque estén “atrasadas”. Sino porque los marcos a veces no recogen sus prioridades, sus tiempos o su forma de nombrar la desigualdad.
Tal vez el reto no sea llevar el 8M a los pueblos. Tal vez el reto sea dejar que los pueblos transformen el 8M.
Yo soy mujer rural. Aunque viva en la ciudad. Y cada 8 de marzo no reclamo inclusión: reclamo complejidad. Reclamo que no se nos simplifique. Que no se nos romantice. Que no se nos use como símbolo de nada.
Porque el margen no siempre es ausencia. A veces es el lugar desde el que se sostiene el centro.