Algoritmo, más intereses que matemáticas
El ser humano es una mezcla de genética, educación y circunstancias. Un sujeto que domina el arte del libre albedrío aunque a veces sea, simplemente, para meter la pata hasta el garrón. Es impredecible e imposible de definir, aun así no paramos de intentarlo. En el siglo XIX proliferaron, por ejemplo, las teorías que pretendían identificar a quienes caerían en la delincuencia a través de sus rasgos antropométricos o por su fisonomía. Lombroso en Italia, Bertillon en Francia o Gall en Alemania llenaron páginas y páginas sobre medidas y características que ayudarían a identificar al delincuente de forma preventiva. Le dieron una pátina de ciencia a teorías poco rigurosas que hubieran supuesto además grandes dilemas éticos. ¿Qué habría que hacer entonces con el que será un delincuente cuando es todavía una persona honrada? Se empieza así y se acaba con teorías supremacistas.
En el siglo XXI son otros los que pretenden definirnos, encasillarnos, etiquetarnos. En este caso no pretenden detectar delincuentes, solo patrones de consumo. Gustos o intereses, confesables o no, que un algoritmo determinará en función de nuestras búsquedas para ofrecernos un contenido a medida. Un filón para el márketing y también para la política. Que alguien sepa lo que queremos de verdad nos convierte en mercancía valiosa que vender al mejor postor. ¿Pero saben lo que queremos? Los teléfonos captan lo que decimos y nos ofrecen contenido relacionado, pero esa conversación con una amiga ¿iba de lo que te interesa o de lo que aborreces? Pinchar en un contenido, ver un vídeo hasta el final, son gestos que el algoritmo traduce en interés y decide abrir las compuertas de ese contenido e inundar tus redes sociales. No saben que a veces has mirado el móvil mientras te disponías a pelar patatas y que un torrente insustancial de contenido se está reproduciendo mientras tú, ajena, sigues preparando la tortilla para la cena.
Como las teorías del siglo XIX las del XXI también tienen implicaciones éticas altamente peligrosas. El algoritmo está implantando ya una nueva tiranía en el periodismo. La lucha por la visibilidad de los medios en los motores de búsqueda hace que sean estos quienes marquen el contenido o el lenguaje que ha de generarse y que, muchas veces, se da de bruces con los principios básicos de esta preciosa y necesaria profesión. Usar las palabras que más buscan los usuarios en lugar de las más precisas es solo uno de los síntomas. Mandar al traste la pirámide invertida por el clickbait es ya una patología. El periodismo está en peligro cuando al criterio o la ética la desplaza la importancia del algoritmo. Cuando el contenido lo marca el SEO, el que dice si alguien encontrará tu noticia en el océano de internet.
La raíz del problema es que la mayoría de las personas no van directamente a un medio a leer las noticias, los análisis, la información de expertos o profesionales, acuden a un buscador o, peor, a las redes sociales. Ahí el algoritmo no es inocente. No vemos solo lo que cree que queremos ver, vemos lo que sus dueños quieren que veamos. Es una decisión editorial de tecno oligarcas como Musk, Yiming o Zuckerberg. La revista 'Nature' acaba de publicar un artículo que habla de cómo Tik Tok pudo contribuir a que Donald Trump ganara las elecciones primando el contenido conservador antes de las elecciones. Lo habría hecho para conseguir poder implantarse en EE.UU. Tuvo luz verde, de hecho, en cuanto Trump ganó aquellas elecciones de 2024. Igual es hora de tomar conciencia y pillarle la vuelta al algoritmo porque las teorías del XIX y las del XIX parece que desembocan en lo mismo.