El feminismo como coartada
Hay palabras que, de tanto repetirse, corren el riesgo de vaciarse. Igualdad es una de ellas. Feminismo, también. Cuando un concepto que nace de la experiencia histórica de la desigualdad y del esfuerzo colectivo por corregirla se convierte en eslogan, en arma arrojadiza o en cortina de humo, deja de cumplir su función pedagógica y transformadora para convertirse en otra cosa: en coartada.
El feminismo no es un accesorio discursivo ni un recurso táctico para erosionar al adversario. Es una teoría política con más de tres siglos de pensamiento, una práctica social sostenida por millones de mujeres y un corpus jurídico que ha contribuido a ensanchar la democracia. Es, sobre todo, una ética pública: una forma de mirar la realidad que pone el foco en las desigualdades estructurales entre mujeres y hombres y propone herramientas para desmontarlas.
Por eso resulta preocupante observar cómo, desde hace tiempo, determinadas formaciones políticas que en su práctica cotidiana han demostrado un compromiso ínfimo con la igualdad —en presupuestos, en prioridades legislativas, en la composición de sus equipos, en su cultura interna— apelan al feminismo en debates muy concretos, muy mediáticos, para enmascarar otras cuestiones de mayor calado. No lo hacen desde la convicción, sino desde la oportunidad.
La pedagogía feminista nos enseña a distinguir entre lo estructural y lo accesorio, entre lo que afecta a la vida material de las mujeres y lo que funciona como un símbolo. Pensemos, por ejemplo, en debates recurrentes que se presentan como urgencias sociales incuestionables. Se colocan en el centro de la conversación pública con un despliegue retórico notable, apelando a la liberación de las mujeres, a su dignidad o a su autonomía. Sin embargo, cuando se analizan con datos, no constituyen un clamor social ni una demanda prioritaria de la mayoría de las mujeres afectadas.
Mientras tanto, en el mismo periodo de tiempo, tres mujeres y una niña pueden ser asesinadas en apenas veinticuatro horas a manos de sus parejas o exparejas. Esa violencia, que sí es estructural, que sí es sistemática, que sí es una emergencia democrática, queda relegada a un segundo plano en el debate político. Se condena de manera protocolaria, se guardan minutos de silencio, pero no se sitúa en el centro de la agenda con la misma intensidad con la que se abordan otros asuntos de carácter más simbólico.
No se trata de establecer jerarquías morales simplistas ni de negar la complejidad de los debates culturales. Se trata de entender que el feminismo, como proyecto político, tiene una hoja de ruta clara: garantizar la vida, la libertad y la igualdad real de las mujeres. Eso implica atender a la violencia machista, a la brecha salarial, a la feminización de la pobreza, a la precariedad laboral, a la sobrecarga de cuidados, a la falta de corresponsabilidad, a la infrarrepresentación en espacios de poder y a las discriminaciones interseccionales que afectan de manera específica a las mujeres de cada comunidad.
Cuando el foco se desplaza sistemáticamente hacia cuestiones que permiten construir un relato identitario, pero no se acompaña de políticas públicas consistentes, presupuestos suficientes y evaluaciones rigurosas, estamos ante un uso banal del feminismo. Un uso que instrumentaliza la causa para obtener rédito político, sin asumir la profundidad de sus implicaciones.
El feminismo no es selectivo. No se activa sólo cuando resulta útil para confrontar con un adversario político. No se invoca únicamente para regular la vestimenta de determinadas mujeres mientras se ignoran las condiciones laborales de las camareras de piso, la situación de las trabajadoras del hogar o la soledad de las mujeres mayores en el medio rural aragonés. No se declama en abstracto mientras se recortan partidas destinadas a igualdad o se cuestiona la necesidad de la educación afectivo-sexual en las aulas.
Desde una perspectiva técnica, las políticas de igualdad requieren coherencia. La coherencia se mide en planes estratégicos dotados económicamente, indicadores de seguimiento, formación obligatoria para quienes ejercen responsabilidades públicas o transversalidad real en todas áreas de gobierno. No basta con apropiarse del lenguaje feminista; hay que asumir sus consecuencias prácticas.
Existe, además, un riesgo añadido en esta utilización superficial: la deslegitimación del propio feminismo. Cuando la ciudadanía percibe que la palabra se emplea como arma táctica, se alimenta el escepticismo y se fortalece la idea de que todo es propaganda. Y el feminismo no se puede permitir convertirse en una etiqueta vacía, porque su fuerza reside precisamente en su capacidad de nombrar con precisión las desigualdades y de proponer soluciones basadas en la evidencia.
La pedagogía, en este contexto, consiste en recordar que la igualdad no se defiende a golpe de titular, sino mediante políticas sostenidas en el tiempo. Que la libertad de las mujeres no se garantiza señalando prácticas culturales ajenas mientras se toleran dinámicas de control y dominación en el propio entorno. Que la protección de los derechos no puede ser selectiva ni condicionada por la rentabilidad electoral.
Hablar desde el feminismo exige cierta incomodidad. Obliga a revisar privilegios, redistribuir poder y cuestionar inercias. No es una bandera que se ondea sin coste. Por eso resulta más sencillo convertirlo en coartada que asumirlo como proyecto transformador.
Como sociedad, necesitamos elevar el debate. Preguntarnos qué políticas reducen efectivamente la violencia contra las mujeres, qué medidas mejoran su autonomía económica, qué reformas garantizan una conciliación corresponsable o qué cambios educativos previenen el machismo desde la infancia. Y exigir que quienes apelan al feminismo presenten respuestas sólidas a esas preguntas.
El feminismo no es patrimonio de ningún partido, pero tampoco es un recurso disponible para cualquier estrategia coyuntural. Es un compromiso con la democracia paritaria, con la justicia social y con los derechos humanos. Utilizarlo de manera banal no sólo empobrece el debate público; debilita la lucha por la igualdad real.
Tal vez ha llegado el momento de recuperar la densidad de las palabras. Devolver al feminismo su profundidad histórica y su rigor conceptual. Exigir coherencia entre el discurso y la práctica. Y recordar, con serenidad y firmeza, que mientras haya mujeres asesinadas por el hecho de serlo, mientras la desigualdad atraviese salarios, cuidados y oportunidades, el feminismo no puede ser una coartada. Debe ser, como siempre ha sido, una herramienta para transformar la realidad.