Ni de primera ni de segunda: todas son familia
El 15 de mayo no celebramos un único modelo de familia. Celebramos a las familias. En plural. A todas.
Hace unas semanas oíamos en el discurso del pacto de la vergüenza cómo PP y Vox vuelven a insistir en una visión excluyente, centrada exclusivamente en beneficios fiscales para las llamadas “familias numerosas”, como si fueran el único modelo de protección.
Las palabras importan. Y las políticas públicas, también.
Porque hablar solo de “familia numerosa” en 2026 no solo refleja una visión estrecha de la sociedad, sino también una desconexión con la realidad. Hoy, en nuestro país, la natalidad ha descendido de forma evidente, y las familias con tres o más hijos son una minoría dentro de un mosaico mucho más amplio y diverso. La mayoría de hogares viven otras realidades: madres solas que sostienen a sus hijos con enormes dificultades, padres separados, familias reconstituidas, parejas del mismo sexo, familias adoptivas, de acogida, o simplemente hogares pequeños que también cuidan, aman y educan.
¿Hay familias de primera y de segunda?
Como madre, me niego a aceptar que se utilice el concepto de familia para premiar solo a quienes encajan en una determinada fotografía ideológica. Porque familia es quien acompaña, quien protege, quien llega agotada a final de mes, quien hace malabares para conciliar, quien cuida incluso cuando faltan recursos.
Y aquí los datos deberían importar más que los prejuicios: los hogares monomarentales, encabezados mayoritariamente por mujeres, presentan un riesgo de pobreza y exclusión muy superior a la media. Sin embargo, siguen siendo grandes olvidados en muchos discursos institucionales.
Defender a las familias no puede consistir en mirar solo a una parte. Si de verdad queremos construir una sociedad justa, hay que reconocer y apoyar todas las formas de familia, sin jerarquías morales ni nostalgias impostadas.
Porque no existe una única manera de ser familia, pero sí debería existir una única forma de gobernar para ellas: con igualdad y con respeto.
Y precisamente por eso, el Día Internacional de las Familias debe ser también un día de celebración y orgullo. De celebrar a quienes cuidan, sostienen, educan y aman, sean como sean, vengan de donde vengan y estén formadas como estén formadas. Porque cada familia que se construye desde el amor, la protección y los cuidados merece ser reconocida, apoyada y celebrada. Sin excepciones. Sin etiquetas excluyentes. Con la alegría inmensa de saber que la diversidad no debilita a la sociedad: la hace más humana y más bonita.