Si el Portillo es el lugar, la mediateca es la respuesta
En los últimos días se ha planteado con acierto la necesidad de dotar al Portillo de un equipamiento capaz de dar sentido a su futuro. Pero casi al mismo tiempo, Zaragoza ha asistido a una decisión que no puede pasar desapercibida: la denegación de la protección del edificio de Correos.
No es la primera vez que ocurre algo así. Y quizá por eso la preocupación ya no es solo por un edificio, sino por algo más profundo: la forma en que estamos tomando decisiones sobre nuestra ciudad.
Porque conviene decirlo con claridad: no estamos ante un debate estético. Estamos ante una cuestión de modelo urbano.
Durante meses —y especialmente en las últimas semanas— se ha generado en Zaragoza algo poco habitual: un consenso amplio, cualificado y diverso en defensa de este edificio. No hablamos solo de asociaciones o vecinos. Hablamos de universidad, de investigadores, de historiadores del arte, de arquitectos, de instituciones dedicadas al estudio y conservación del patrimonio.
El Instituto de Patrimonio y Humanidades de la Universidad de Zaragoza ha sido claro y contundente: el edificio forma parte de la historia reciente de la ciudad y constituye un ejemplo significativo de la arquitectura moderna que merece ser conservado. Y no es una opinión aislada. Es la expresión de un conocimiento acumulado, interdisciplinar, construido con rigor.
Sin embargo, ese conocimiento no siempre se traduce en decisión pública. Y ahí está el verdadero problema.
Porque una ciudad no se construye solo con proyectos, ni con planos, ni con inversiones. Se construye también —y sobre todo— con criterio.
Y el criterio exige escuchar. Exige entender que la arquitectura del siglo XX no es un estorbo, sino parte de nuestra identidad. Que el valor de un edificio no depende de si gusta más o menos, sino de lo que representa, de lo que cuenta, de lo que permite.
Durante demasiado tiempo, Zaragoza ha visto desaparecer piezas fundamentales de su historia reciente. Siempre con argumentos similares. Siempre con urgencias. Siempre con la sensación de que ya habría tiempo para pensar después.
Pero después nunca llega.
Por eso este momento es diferente. Porque no solo hay una defensa.
Hay también una propuesta.
Y esa propuesta conecta con uno de los grandes retos de nuestro tiempo: la digitalización.
Zaragoza quiere ser una ciudad avanzada, innovadora, preparada para el futuro. Se habla de tecnología, de datos, de inteligencia artificial, de transformación digital. Todo eso está bien. Es necesario.
Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Dónde ocurre esa transformación para la ciudadanía?
No tiene sentido apostar por la digitalización a gran escala si no se crean espacios donde las personas puedan acceder, aprender y participar en ella.
Es tan evidente como esto: no se pueden fabricar coches sin carreteras.
Durante un tiempo vimos algo parecido con los vehículos eléctricos: existían, pero no había dónde cargarlos.
La tecnología sin infraestructura social es, simplemente, una promesa vacía. Y ahí es donde aparece una oportunidad extraordinaria: El edificio de Correos.
Un espacio ya construido, público, accesible, con escala, con carácter, con capacidad para albergar algo que Zaragoza necesita: una gran mediateca urbana.
Un lugar donde convivan jóvenes y mayores.
Donde se enseñe, se aprenda y se comparta conocimiento digital.
Donde quien hoy dice “no puedo” pueda empezar a decir “sé hacerlo”.
Donde la tecnología deje de ser una barrera y se convierta en herramienta.
Una mediateca no es solo un equipamiento cultural.
Es infraestructura social.
Es cohesión.
Es barrio.
Es ciudad.
Y además, no compite con el entorno del Portillo. Lo complementa.
El futuro espacio del Portillo, junto con CaixaForum, puede configurarse como un sistema. Un ecosistema cultural y ciudadano donde cada pieza cumple una función distinta pero coherente.
Demoler Correos no solo elimina un edificio.
Elimina una posibilidad.
A estas alturas, la pregunta ya no es qué hacemos con ese volumen de hormigón. La pregunta es qué ciudad queremos construir.
Una ciudad que borra su pasado reciente porque no encaja en los planes del presente, o una ciudad que es capaz de reinterpretarlo y convertirlo en valor.
Una ciudad que acumula proyectos, o una ciudad que genera sentido.
Porque, en el fondo, todo se reduce a algo muy sencillo: ¿De qué sirve el conocimiento si no se utiliza?
Zaragoza tiene hoy ese conocimiento.
Lo han aportado arquitectos, historiadores, académicos, profesionales y ciudadanos que han dedicado tiempo, estudio y compromiso a entender este edificio y lo que significa.
A todos ellos —a quienes han investigado, a quienes han explicado, a quienes han defendido— les debemos algo más que atención.
Les debemos una respuesta a la altura.
Y quizá también algo más sencillo, pero no menos importante: gracias.
Juan Fustero Duarte. Presidente Asociación de Vecinos Joaquín Costa.