“Un espacio público no se puede diseñar sin escuchar a los vecinos”: 50 años de evolución de la ciudad en democracia
¿Cómo conseguir que las calles, plazas y parques sean espacios en los que todo el mundo pueda sentirse a gusto? Esta ha sido una de las preguntas que han centrado el coloquio 'Por otros 50 años de espacio público en libertad', organizado este jueves por elDiario.es Aragón en el Ateneo Laico Stanbrook de Zaragoza, cuenta con el patrocinio de la Fundación Bernardo Aladrén y la colaboración de la Delegación del Gobierno en Aragón. Urbanistas, representantes de colectivos ciudadanos y especialistas en derechos digitales han debatido sobre la importancia de escuchar a quienes utilizan estos espacios, facilitar la convivencia y garantizar que las nuevas tecnologías respeten la privacidad.
El geógrafo Francisco Pellicer, de la Universidad de Zaragoza y moderador del encuentro, ha defendido la importancia de prestar atención a los espacios cotidianos y a las relaciones que se construyen en ellos. “No son las grandes obras, las transformaciones importantes, es cuidar ese tejido”, ha señalado. Pellicer ha reivindicado así una forma de entender la ciudad que tenga en cuenta los lugares de encuentro y su capacidad para favorecer la convivencia.
La arquitecta Patrizia Di Monte, impulsora del programa Estonoesunsolar, ha defendido que diseñar la ciudad implica mucho más que construir o reformar plazas. “Un espacio público no se puede diseñar sin generar empatía con los vecinos”, ha señalado. Desde su experiencia en Zaragoza, ha explicado cómo la recuperación de solares abandonados permitió convertir espacios infrautilizados en lugares de encuentro y mejorar la conexión entre distintas zonas de la ciudad.
“Entendimos que no eran errores de la planificación, estos puntos ciegos que interrumpían los ciclos urbanos”, ha explicado al recordar el trabajo desarrollado con solares vacíos. Su planteamiento pasa por reconocer las oportunidades que ofrecen estos espacios para reforzar la cohesión urbana y favorecer las relaciones entre vecinos.
Di Monte ha insistido en que las intervenciones deben partir de la observación y la escucha de quienes habitan los barrios. La flexibilidad, el confort térmico, los árboles que proporcionan sombra y los bancos son algunos de los elementos que, a su juicio, contribuyen a “crear lugares más acogedores y accesibles”. La arquitecta ha defendido así que el diseño físico debe ir acompañado de un proceso que permita reconocer las necesidades y los usos de la ciudadanía.
Una ciudad que tenga en cuenta a sus usuarios
La participación ciudadana ha atravesado buena parte del coloquio, especialmente al abordar las decisiones sobre el futuro de los espacios urbanos. Durante el turno de palabra, asistentes al encuentro han cuestionado la falta de apoyo institucional para mantener determinadas instalaciones y han planteado que algunos colectivos encuentran dificultades para desarrollar sus actividades en la ciudad.
En este contexto, Nacho Romanos, representante del Zaragoza Skateboarding Club, ha denunciado las dificultades que encuentran los jóvenes para practicar skate en distintos puntos de Zaragoza y disponer de espacios propios en la ciudad. “Nos han ido echando de todos sitios, buscamos nuestros espacios para estar tranquilamente”, ha resumido. A su juicio, el problema va más allá de contar con instalaciones deportivas: también tiene que ver con poder utilizar las calles y plazas para desarrollar una actividad que forma parte de su manera de vivir la ciudad.
“El skateboard no es una actividad física solo, es una expresión artística”, ha defendido Romanos, “siempre quieres ir a la ciudad a eso que has aprendido representarlo en un espacio urbano”, ha señalado. Romanos ha expuesto la controversia sobre el futuro del skatepark de Vía Hispanidad como ejemplo de las tensiones que surgen cuando se modifica el destino de un espacio que ya tiene un uso social consolidado. También ha criticado las multas a quienes patinan en la calle y ha asegurado que su cuantía ha aumentado notablemente con la nueva ordenanza cívica.
La tecnología también ocupa el espacio público
La protección de la privacidad y los datos personales ha sido otro de los asuntos abordados durante el encuentro. Cámaras, sensores, aplicaciones y sistemas de identificación forman parte cada vez más de la gestión urbana y de servicios cotidianos, una presencia que plantea interrogantes sobre los derechos ciudadanos.
Daniela González, de la Fundación Hermes, ha defendido que la tecnología puede contribuir a mejorar la vida en las ciudades, pero ha advertido de que su implantación debe acompañarse de garantías. “Nuestros derechos no se quedan en casa cuando entramos en una plaza, ni en la calle al coger el bus”, ha afirmado.
González ha distinguido entre las herramientas que pueden contribuir a mejorar la seguridad y los riesgos de la vigilancia masiva. “La vigilancia masiva funciona todo lo contrario, no sabemos qué datos recopila o quién está al otro lado”, ha señalado. A su juicio, es necesario garantizar la transparencia sobre la información que se recoge, quién puede acceder a ella y qué uso se hace de los datos personales.
La representante de la Fundación Hermes ha defendido que una mayor presencia de sistemas de control no garantiza por sí misma una mejor convivencia. La confianza, la protección de la privacidad y la existencia de garantías deben formar parte, ha señalado, de cualquier estrategia de digitalización del espacio público. También ha planteado la necesidad de evitar que la tecnología se convierta en una barrera para determinados colectivos y de aprovechar sus posibilidades para favorecer la participación ciudadana y las relaciones entre generaciones.
Espacios para convivir entre generaciones
El encuentro ha abordado asimismo la importancia de diseñar espacios en los que personas de distintas edades puedan compartir actividades y encontrarse de forma espontánea. Di Monte ha defendido la necesidad de crear lugares flexibles que faciliten esa convivencia, con elementos como árboles que den sombra y bancos. Por su parte, González ha advertido de que las diferencias en el acceso a la tecnología no son únicamente generacionales y ha señalado que existen organizaciones que trabajan para que “la digitalización ponga a las personas en el centro”.
Las intervenciones también han puesto sobre la mesa la importancia de reconocer los distintos usos del espacio público y de evitar que determinados colectivos queden excluidos. Para Di Monte, el trabajo de quienes diseñan la ciudad debe partir de la escucha y la observación: “No es tanto el diseño del espacio sino el proceso que como técnicos tenemos que facilitar y garantizar”, ha señalado.
La participación ciudadana ha sido también uno de los asuntos planteados por el público, con críticas a la falta de apoyo institucional para mantener algunas instalaciones y a las dificultades para que determinados usos y colectivos tengan cabida en la ciudad. El coloquio ha cerrado así una reflexión sobre cómo construir espacios públicos que favorezcan la convivencia y permitan a la ciudadanía participar en las decisiones que afectan a su entorno.