El aula de musicoterapia de la sede de Aspanoa no se parece a una consulta médica. No hay camillas ni aparatos clínicos. En una de las paredes, un póster gigante simula un ventanal abierto a un lago rodeado de verde. El color entra antes que el sonido. Luego llegan los instrumentos: un piano con teclas marcadas por colores, guitarras apoyadas en un rincón, una batería Aeroband, clótalos, sonajeros, panderos, maracas... Nada exige saber música, pero todo invita a tocar y a que los niños que han pasado por el hospital puedan volver a ser niños.
“La música es un lugar donde el niño es protagonista”, explica Mónica Romero Terrel, musicoterapeuta de Aspanoa desde hace más de diez años. “No viene nadie a pincharle, a medirle, a intervenirle. Aquí puede decidir qué instrumento coger, a quién se lo da, qué historia quiere contar. Y eso, después de un diagnóstico oncológico, es muy importante”, sostiene.
Del diagnóstico al sonido
Mónica llegó a la musicoterapia desde la pedagogía musical. Estudió piano, solfeo, pedagogía… y después musicoterapia, atraída por los niños con dificultades de aprendizaje. Pero fue su trabajo con Aspanoa el que le hizo comprender que su formación no era suficiente.
“Había una niña que había sido intervenida de un tumor cerebral. Tenía secuelas cognitivas, motoras y del habla. Y me di cuenta de que lo que yo sabía no me alcanzaba”, recuerda Romero. Como afirma, aquella certeza la llevó a Argentina, donde se formó en musicoterapia neurológica, especializada en rehabilitación motora, cognitiva y del lenguaje.
Ese aprendizaje transformó su manera de trabajar. Hoy, en coordinación con fisioterapeutas, logopedas y neuropsicólogos, la música se convierte en una herramienta terapéutica integral. “Si un niño tiene que levantar los brazos diez veces, hacerlo sin más es durísimo. Pero si arriba hay un pandero, una secuencia rítmica y una guitarra acompañando, se levanta muchas más veces sin darse cuenta”, apunta.
Un alivio en medio de un entorno medicalizado
En el hospital, la música cumple la función de ser un espacio de alivio emocional. Al principio, explica Mónica, hay miedo, desconcierto e incluso mutismo. “No entienden por qué no están en su casa, por qué no van al colegio, por qué todo ha cambiado. Ahí lo primero es la contención emocional”, comparte.
Sin embargo, a través de cuentos musicales, sonidos e improvisaciones, según explica, el niño puede expresar lo que no sabe decir con palabras. “Cuando llega el músico, el rechazo desaparece. No soy una más con bata. Soy alguien que trae otra cosa”, reconoce.
En ocasiones, la música acompaña incluso procedimientos médicos para sumar al trabajo de los sanitarios y facilitar el proceso a los más pequeños y sus familias. Al respecto, Mónica detalla que ella entra antes de una intervención, crea un clima de seguridad, se va en el punto más alto de la sesión y vuelve después. “El niño colabora mejor, llora menos. A veces el personal sanitario me dice: ‘Gracias, hoy ha sido mucho más fácil’”, añade.
En la sede de Aspanoa, el trabajo cambia. Aquí llegan niños que ya han salido del hospital, pero arrastran secuelas físicas, cognitivas o emocionales, como puede ser depresión, problemas de lenguaje, dificultades motoras, miedos o aislamiento social.
“La musicoterapia neurológica me sirve para la rehabilitación. Pero otras veces el objetivo es motivar, sacar de una desmotivación, volver a confiar en uno mismo”, indica, por lo que ahí tiene gran importante el hecho de inventar canciones, improvisar, componer con partituras de colores, repetir, mejorar y decidir. Y, tal y como remarca, se hace sin exámenes ni juicios.
En este sentido, destaca que, cuando un niño consigue tocar algo sin saber música, guiado, y suena bien, dice ‘Yo puedo’ y “eso es terapéutico”.
Aspanoa como red de apoyo
Más allá de la intervención terapéutica, la musicoterapia forma parte de una red de apoyo más amplia que Aspanoa teje alrededor de las familias. La asociación no solo acompaña al niño durante la enfermedad, sino que genera espacios compartidos donde madres, padres y hermanos dejan de sentirse solos en un proceso largo, incierto y emocionalmente exigente.
En ese contexto, la música actúa también como punto de encuentro entre familias que comparten experiencias similares, tiempos de espera, miedos y pequeños avances cotidianos.
Entre estas familias que componen Aspanoa, se encuentra la de Ari, una niña de ocho años que ya encara la recta final de su tratamiento. En la musicoterapia ha encontrado un lugar donde dejarse ser, ya que, en cada sesión, ella se sienta frente al piano y sus dedos buscan las teclas de colores, que le sirven de mapa. Ha aprendido mucho, tal y como afirma, pero sobre todo ha inventado canciones y melodías que le divierten y acompañan en este proceso.
Su padre lo resume así: “Ella viene muy contenta y alegre. Es una manera de salir de la monotonía de hospital-casa, casa-hospital. Se desinhibe, se le nota en el día a día”.
Pero el valor de estas sesiones va más allá del bienestar inmediato. Como explica, la experiencia de Aspanoa también les ha permitido compartir el camino con otras familias: “Al final, como pasas tanto tiempo en el hospital, conoces otros casos. Son momentos complicados y muy emocionales, así que mejor pasarlo juntos”.
En Navidad, incluso hicieron un pequeño concierto: “Tocamos todos un poco, la batería, lo que sabíamos. Fue muy bonito”. Para él, la musicoterapia es algo que no se entiende del todo hasta que lo necesitas, momento en el que “los ves contento y con una sonrisa”. “Ahí ya todo vale”, asegura.
De los bebés a la memoria que permanece
La musicoterapia también llega a los más pequeños, como bebés de un año e incluso menos. Con ellos, la música es la voz de la madre, el balanceo, el nombre cantado y el contacto. “Lo que conocen es una nana. Desde ahí trabajamos la orientación espacial, el vínculo, el movimiento”, explica Mónica.
Esta profesional recuerda canciones improvisadas que meses después los niños le piden que vuelva a cantar o vídeos guardados durante años. “Que un niño te diga, tres meses después, ‘cántame mi canción’, significa que eso ha servido. Que el elástico emocional se ha estirado mucho”, subraya.
Sostener sin romperse
Trabajar con niños gravemente enfermos no es fácil. Pero Mónica lo tiene claro: “Yo soy profesional. Mi espacio es ese momento. Tengo que llevar vida, alegría y disfrute. Si me hundiera, no podría ayudar”.
Incluso en situaciones de cuidados paliativos, la música ha sido un espacio de despedida, de expresión y de memoria en muchas ocasiones. Como comparte, “si esa imagen de una sesión de musicoterapia les ayuda a recordar, ya está, eso queda”.
Ante la pregunta sobre qué perderíamos como sociedad sin estos acompañamientos, Mónica no duda en decir “mucho”. La música, recuerda, está en todos los momentos de la vida, tanto cuando celebramos como cuando lloramos, despedimos o recordamos.
“La neurociencia lo confirma: somos rítmicos, sincrónicos. El corazón late a pulso. Caminamos con ritmo. La música organiza, conecta, emociona”, explica y, desde ahí, por lo tanto, rehabilita.
Los números que sostienen las historias
En 2025, la musicoterapia de Aspanoa atendió a 45 niños y realizó 245 sesiones, tanto en el hospital como en la sede. Ese mismo año, la asociación atendió a 621 personas, siendo 206 niños y adolescentes afectados por cáncer y 415 familiares.
Detrás de cada cifra hay una habitación hospitalaria, pero también una canción improvisada y un menor que vuelve a sonreír frente a un piano de colores. Porque, sin duda, cuando la música entra en el hospital, el hospital, por un momento, suena distinto.