Sin medios pero con “mucho arrojo”: así se enfrentan al fuego en Cinco Villas los voluntarios de la ‘Tropa de Pancho Villa’

El teléfono nunca avisa con tiempo, puede sonar mientras Carlos Lobera está subido al tractor, revisando una finca o terminando cualquier labor en el campo. Apenas hacen falta unas pocas palabras: “Hay un incendio”. No pregunta cuánto durará ni dónde acabará la jornada. El ritual comienza para este agricultor de 49 años vecino de la comarca de las Cinco Villas. Se cambia de ropa, carga las botas, coge el coche y pone rumbo al parque de bomberos voluntarios de Sos del Rey Católico. Allí, casi al mismo tiempo, empiezan a aparecer otros vecinos. Uno llega del taller. Otro deja una obra a medias. Otro llega con olor a pan de su obrador. Otro sale de la carpintería. Ninguno sabe cuándo volverá a casa una vez que pongan rumbo al incendio.

“Somos agricultores, carpinteros, panaderos... Cada uno tiene su trabajo. Cuando nos llaman dejamos lo que estamos haciendo y nos vamos. Luego igual vuelves a las dos o las tres de la mañana y al día siguiente otra vez a trabajar”, explica Carlos. Así funciona desde hace más de tres décadas la Agrupación de Bomberos Voluntarios de Sos del Rey Católico. Un grupo de vecinos que decidió organizarse para proteger el monte cuando todavía los recursos eran escasos y las distancias hacían que la ayuda tardara demasiado en llegar.

La agrupación comenzó su andadura hace aproximadamente treinta años con una misión muy concreta: intervenir en los incendios forestales que amenazaban Sos del Rey Católico y las Altas Cinco Villas. Con el paso del tiempo, su ámbito de actuación se ha consolidado y ampliado y hoy sus integrantes participan en grandes dispositivos de extinción por toda la comarca e incluso fuera de ella, siempre coordinados por los Bomberos de la Diputación Provincial de Zaragoza con base en Ejea de los Caballeros.

A lo largo de sus tres décadas de historia, este grupo ha participado en centenares de intervenciones, desde pequeños conatos hasta algunos de los incendios forestales más importantes registrados en Aragón en los últimos años. Hoy la integran entre veinte y veinticinco personas. Entre ellos conviven veteranos como Benito o Solanas, con más de sesenta años, y jóvenes que representan el relevo generacional. “No somos bomberos de profesión”, recuerda Carlos. “Somos gente normal que intenta echar una mano cuando hace falta.”

La labor de la agrupación ha sido reconocida incluso por sus propios vecinos. En 2022, el Ayuntamiento de Sos del Rey Católico les invitó a lanzar el chupinazo de las fiestas patronales como homenaje a un trabajo que rara vez ocupa titulares, pero que todos conocen cuando el monte empieza a arder.

Mucha voluntad y pocos medios

“No tenemos apenas medios, pero lo que sí tenemos es mucha voluntad”. Una frase que define el día a día de un equipo acostumbrado a trabajar con recursos limitados, pero con un elevado compromiso con el territorio. Carlos sonríe cuando habla del camión del que disponen. No porque sea nuevo. Todo lo contrario. “El camión nos lo cedieron desde el parque de Ejea cuando ya tenía muchos años, pero ahí sigue, haciendo su trabajo”, apunta el voluntario mirando la fotografía en la que aparece su vehículo al lado de una “flamante” Nodriza.

“Tenemos un camión viejo y la ropa... pues cada uno va un poco de una manera. Alguna vez nos han dicho de broma que parecemos la tropa de Pancho Villa”, cuenta entre risas. Lo dice sin amargura. Más bien con esa ironía de quien lleva demasiado tiempo acostumbrado a arreglárselas con lo que tiene. “Nos gustaría tener mejores medios, claro que sí. Pero lo que nunca nos falta es voluntad.”

Esa voluntad es la que hace que muchos utilicen incluso sus propios vehículos para acudir hasta los puntos donde deben realizar los relevos. Es la que hace que una intervención pueda empezar después de comer y terminar entrada la madrugada. Y es la que explica por qué nadie habla de dinero. “No cobramos absolutamente nada. Ponemos nuestro tiempo, nuestro coche, no nos llevan en autobús como a la UME... Lo hacemos porque creemos que alguien tiene que hacerlo”, defiende Carlos. Y es que, nadie como otro agricultor u otra vecina de un pueblo, puede saber lo que significa ver como el fuego devora tu monte, tu hogar.

En un incendio forestal hay muchas imágenes que impresionan. Los helicópteros descargando agua. Los hidroaviones haciendo amerizajes casi artísticos en embalses. Las columnas de humo visibles desde kilómetros. El cielo púrpura y la luna reflejando el fuego. Pero cuando todo eso desaparece, quienes siguen caminando entre el monte son los equipos que trabajan sobre el terreno. Los voluntarios de Sos conocen bien esa realidad. Estuvieron presentes en el incendio declarado entre Sos del Rey Católico y Castiliscar en mayo de 2023, donde colaboraron junto a los Bomberos de la Diputación de Zaragoza, las cuadrillas forestales y medios aéreos en un operativo que consiguió estabilizar un fuego que afectó a unas 40 hectáreas. Semanas, meses y años antes ya habían estado en muchos otros. Porque el teléfono nunca deja de sonar.

“Hubo un momento en que pensamos que no salíamos”

Hay incendios que no se olvidan. Carlos lo dice sin dramatizar. Recuerda especialmente el operativo desarrollado en el entorno de la localidad de Asín, en el gran incendio forestal de este verano que ha calcinado más de 14.400 hectáreas superando los 80 kilómetros de perímetro en la comarca de Cinco Cillas (Zaragoza). La madrugada de aquel jueves el viento cambió de dirección y las llamas avanzaron con rapidez. En un camino forestal quedaron bloqueados varios vehículos de extinción. Entre ellos estaba el camión de la agrupación de voluntarios de Sos.

“Delante se quedó un vehículo parado y ya no podíamos salir. Allí estábamos la UME, bomberos de Zaragoza y varias motobombas.” Durante unos minutos el fuego rodeó el camino: “Veíamos las llamas a los dos lados. Fue bastante traumático. Hubo un momento en que pensamos que no salíamos.” Finalmente, consiguieron abandonar la zona.

Un episodio de enorme tensión que refleja el riesgo al que se enfrentan quienes trabajan en primera línea de un gran incendio. Sin embargo, cuando Carlos lo recuerda ya no habla del miedo. Habla del trabajo, porque, al día siguiente, el incendio seguía activo y su labor debía continuar. Pese a situaciones como esa, ninguno de ellos habla de heroísmo. Prefieren hacerlo de compañerismo. Intentan trabajar siempre juntos porque conocen la forma de actuar de cada miembro del equipo y esa confianza mutua resulta fundamental cuando las condiciones son extremas como ha sucedido en este incendio, en el que juntos, los voluntarios de Sos han defendido del ataque del fuego los cascos urbanos de las localidades de Uncastillo y Luesia en otros dos momentos fatídicos de ese gran incendio forestal.

En la agrupación todos conocen a Blanca. Dentro de poco esperan que sea una conductora más del camión. Ahora mismo apenas cuentan con cuatro o cinco chóferes y eso condiciona muchas salidas. “Muchas veces el problema no es que no haya gente. Es que no tenemos quien pueda llevar el camión.” Por eso celebran que Blanca esté sacándose el permiso necesario.

El vehículo continúa siendo la herramienta principal de una agrupación acostumbrada a sacar adelante las intervenciones con recursos limitados. Por eso, esta iniciativa de Blanca no es solo “sacarse el carnet”, significa mucho más. Es una garantía de futuro para este grupo al asegurar el relevo de quienes llevan media vida apagando incendios.

El sueldo que nunca llega y un reconocimiento sin fotos

La cuadrilla voluntaria guarda de manera especial un recuerdo del incendio de Carcastillo. Allí coincidieron con efectivos de distintos parques. En un momento del operativo un mando pidió varios bomberos para incorporarse al frente de llama. “La respuesta fue muy sencilla: 'Que suban los voluntarios'”. Carlos sonríe al recordarlo: “Nos dijo que los voluntarios teníamos mucho arrojo.” La palabra permanece unos segundos flotando en el aire con un tono de orgullo y satisfacción. Arrojo. Quizá sea un concepto antiguo, pero explica bien quiénes son estos hombres y mujeres, voluntarios, vecinos.

Cuando termina una intervención no hay medallas. Tampoco hay focos ni aplausos. A veces solo un bocadillo y una botella de agua compartidos junto al camión antes de regresar a casa. Carlos vuelve entonces al mismo lugar del que salió horas antes. A la finca. Al tractor. A su vida. Al día siguiente el monte parece tranquilo otra vez. Solo, hasta que vuelva a sonar el teléfono.

“Hay gente que nos pregunta por qué hacemos esto si no cobramos nada, es más, terminamos poniendo nosotros, y no solo nuestra vida”, dice, y hace una pequeña pausa. “La respuesta es muy sencilla: porque cuando el monte arde, alguien tiene que ir”. Y ellos, desde hace más de treinta años, siempre van. Su labor constituye un ejemplo de solidaridad en el medio rural. Mientras muchos vecinos descansan o continúan con su rutina diaria, ellos dejan atrás sus obligaciones para proteger un patrimonio que pertenece a todos. Sin sueldo, sin protagonismo y, en muchas ocasiones, con recursos claramente mejorables.

Tres décadas después de su puesta en marcha, la Agrupación de Bomberos Voluntarios de Sos del Rey Católico, “la orgullosa Tropa de Pancho Villa”, continúa demostrando que el compromiso con un territorio no siempre se mide por los medios disponibles, sino por la voluntad y el “arrojo” de quienes están dispuestos a acudir cuando y donde más se les necesita.