Pozo Sotón: conviértase en minero por un día en Asturias

Alberto Arce

8 de octubre de 2025 11:30 h

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“No esperéis un museo de baldosas y alicatados. Os vamos a proporcionar un equipo de protección individual con respirador incluido. En cualquier momento se puede dar la vuelta sin compromiso alguno. Os durarán las agujetas varios días; si no, escribid para avisar, seríais los primeros que salen como entraron”. El baile entre la seriedad y el humor son constantes en el discurso que fluye seguro y asertivo de los tres mineros profesionales (no guías turísticos) que ofrecen la presentación de seguridad previa al descenso al Pozo Sotón, la mina de carbón visitable más profunda de Europa. “No es una mina modelo. Es el lugar donde trabajé hasta diciembre de 2014 y comencé a mostrar antes del verano de 2015”, explica el más locuaz a medida que avanza por una visita que se prolonga a lo largo de casi seis horas, recorre 5 kilómetros de galerías a más de 400 metros de profundidad y cuenta habitualmente con más de dos meses de lista de espera.

La entrada a la mina es real. Ubica con solemnidad en la historia. En la lampistería, donde el minero (hoy, el turista) recibe su luz a batería, cuelga la ficha que permitirá luego saber si todos aquellos que descendieron a las galerías regresan a la superficie. No hay escenografía ni teatralización alguna, sino recuerdos de hechos reales. Su propuesta es que el visitante se convierta en minero o minera por un día. Sin los riesgos de entonces, pero con la experiencia sensorial a flor de piel y la emocional situada en un espacio de gran seriedad, de memoria histórica.

Ante las posibles dudas de los visitantes, la lampistería es también donde las posibilidades se bifurcan y la oferta se diversifica. Como la bajada a las galerías reales no es apta para todos los públicos, existe una opción de visita exterior: En el Centro de Experimentación Memoria Minería, los mineros que muestran el interior han construido una réplica de galería en superficie y la empresa acaba de inaugurar un espacio museístico de recorrido tan didáctico como lúdico con piezas remarcables y entretenimiento tanto para los más pequeños como para los acompañantes que optan por no descender.

Con el lema “Se puede tocar”, el recorrido circula a través de espacios que exponen objetos, herramientas, mobiliario, ropa e incluso los mapas que muestran hasta qué punto los casi 5.000 kilómetros de galerías que horadan el subsuelo asturiano recorren más longitud de vía férrea en el interior de la tierra que en la superficie. No falta ni una sala de recorrido en oscuridad total que simula la sensación propia del interior.

Una jaula y una chimenea

Para quienes han optado por la visita completa, el camino avanza en dirección al castillete, esa inmensa estructura metálica tan característica de las minas asturianas que sirve para sostener la bajada de los mineros a las galerías (nueve pisos hacia abajo, 400 metros de profundidad) y el ascenso del carbón a superficie. El conjunto es una auténtica cápsula del tiempo. Los remaches metálicos, marcados por los descubrimientos de Gustave Eiffel, demuestran que el trabajo bien hecho perdura en el tiempo: lleva más de un siglo sin moverse de su lugar. Su nivel de protección como Bien de Interés Cultural implica que las hierbas crecen entre el hormigón, la pintura sobrevive desconchada y los cristales intactos alternan con la precariedad de los golpes de tormenta, las pintadas a tiza y la cartelería que desde las paredes congelaron el estado de la cuestión minera allá por los principios de este siglo.

Se llega, por fin, a la antesala del descenso: la jaula. Un inmenso montacargas sorprendentemente estrecho que, a una velocidad de 4 metros por segundo, nos transporta al interior de la tierra entre paredes verticales, empapadas por un agua que cae como una leve pero constante cascada. El lugar donde los mineros se concentraban en silencio para la jornada de trabajo, y donde a la salida, ya mucho más relajados, han nacido algunos de los mejores chistes de la región, patrimonio accesible solo a quienes se comprometan con la experiencia.

Una vez dentro, y para quienes conozcan los túneles del Metro de Madrid: estos son más estrechos y oscuros, mantienen la misma maquinaria con la que se trabajaba el día de su cierre y que el visitante tendrá la oportunidad de probar mientras camina en fila por un suelo de tierra apelmazada a la luz de la lámpara de casco. Todo visitante avanza con botas de agua de caña alta. La inundación tiene en algunos tramos varios centímetros de altura.

Con todos los sentidos activados y las corrientes de ventilación enfriando el ambiente, con la curiosidad y la empatía alertas para recibir información, rodeadas de humedad, sonidos, vocabulario y técnicas de barrenado (explosiones controladas), es cuestión de minutos interiorizar las reglas de circulación por entre espacios que llegaron a albergar a cientos de personas realizando diversos y complejos trabajos al mismo tiempo. Trabajos y lugares que contienen nombres, creencias y anécdotas (las vetas más productivas tenían nombre de mujer; las masculinas, más tozudas, nunca rindieron lo mismo en cuanto a carbón se refiere).

La joya de la visita se abre como una rotura en el suelo por la que apenas cabe un cuerpo: la chimenea J, de 115 metros de longitud, que desciende en vertical desde la galería novena hasta la décima. Apoyándose sobre listones de madera, y bajo estrictas medidas de seguridad, el visitante podrá experimentar por primera vez el espacio real de trabajo de un minero, descubrir y tocar las capas de la tierra, y cómo se construye (pica, apuntala, rellena, avanza) con madera y una gran pericia, el túnel en el cual los mineros hacían uso de los martillos hidráulicos con los que en largas jornadas de siete horas rompían en capas las vetas de carbón. Quien así lo desee podrá probar por sí mismo y extraer una piedra que llevarse como recuerdo a su casa de aquel trabajo que se encontró durante décadas, acaso siglos, en el origen de la revolución industrial; que la alimentó a base de fuerza humana, no exenta de valor y del invaluable desarrollo tecnológico.

En la última galería, la más reciente, la más comprometida por la humedad, una en la que parece que el fondo se aleja en lugar de acercarse a medida que se desciende, aparecen bellas estalactitas de acero que marcan el fin de un recorrido transformador por la considerada “catedral minera”. Un viaje de experiencias duras, conmovedoras y profundamente interesantes, que hoy está al alcance de unos ciudadanos que jamás tendrán que descender inquietos por su vida, sino fascinados por semejante demostración del ingenio humano y por la capacidad de transformar una explotación en una experiencia inolvidable.

Antes de la despedida, los mineros detienen al grupo. Haciendo gala de su orgullo recordarán que son bisnietos, nietos e hijos de mineros. Que, de volver a la adolescencia, regresarían a la mina. “Lo pasamos mal, pero también lo pasamos bien. Este es un modo de vida que surge de la tierra y se mantiene en la calle. Es la cultura, el modo de estar en el mundo de las cuencas mineras asturianas, y estamos muy orgullosos de mostrarlos. Gracias por compartirlo unas horas con nosotros”.