La otra realidad LGTBIAQ+: Cuando escudarse en la libertad de expresión supone perpetuar las violencias

Elena Plaza

Gijón/Xixón —

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“Mi primera experiencia audiovisual relativa al colectivo fue el personaje de Tom Hanks en Filadelfia (1993). Me pareció horrible ese primer referente con una persona que muere por VIH”, recuerda el periodista Marc Cebrián, quien vivió su adolescencia LGTBIAQ+ en los años 90 en un contexto que “no era fácil en todas las dimensiones”.

Nacido en Sant Adreu de Llavaneres, cerca de Mataró (Barcelona), estudió la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y en esta ciudad probó suerte laboral en principio por un mes en el cambio de década de 2009 a 2010, y allí sigue, dieciséis años después.

Cambió su desempeño laboral en las redacciones por la comunicación en el tercer sector, trabajando en contacto directo con personas refugiadas, LGTBIAQ+, sin hogar, migrantes… atravesadas muchas de ellas por la violencia de género y por ataques contra el colectivo.

“España es uno de los grandes receptores de personas refugiadas LGTBIAQ+”, señala Cebrián, “es un país atractivo en este sentido según informes de UNRWA por los avances en derechos humanos en los últimos años”. Esas cifras, de hecho, lo sitúan en el top 10. Como muestra, apunta, la Ley Trans que, “aunque se deja muchos aspectos fuera, trabajó con las personas trans”.

Además, en el caso de los países latinoamericanos la barrera idiomática no existe, mientras que para las personas provenientes de Marruecos, donde la homosexualidad está penada por el artículo 589, la cercanía física hace de España un país de referencia. También apunta a la regular dispensación de tratamientos con retrovirales, cuyo suministro se interrumpe en determinados países o zonas rurales, lo que impide el acceso a ellos todos los meses.

El pasado mes de enero impartió en Gijón, a través de la Agrupación de Periodistas de CC.OO., una formación dirigida a periodistas ‘Pautas para tratar la realidad LGTBIAQ+ en los medios de comunicación’, junto con otro módulo específico sobre la perspectiva de género que conforma el proyecto con financiación europea Rewriting the Story. “Dos bloques que se complementan y en los que la base es la misma: el machismo”.

Formación frente al discurso del odio

Cebrián habla también de interseccionalidades, de cómo estar atravesados como personas por realidades tales como pertenecer al colectivo LGTBIAQ+, ser mujer, migrante, estar racializada, tener alguna discapacidad… les coloca en el centro de las agresiones frente al privilegio de ser hombre cis, hetero, no racializado.

Señala el señalamiento, importante aquí la redundancia, proveniente de los grupos organizados de la ultraderecha con sus bulos y discursos del odio, de cómo los medios de comunicación, desde la intencionalidad o desde la desinformación, hacen de altavoces con un periodismo de declaraciones que parece que inhibe de responsabilidades pero que perpetúa el discurso y que no contextualiza sobre las realidades. De esta manera, critica, “se da pábulo a los grupos de presión y al odio”.

Este profesional de la comunicación reconoce que en los últimos años sí se han producido avances como periodistas con formación en perspectiva de género y diversidad LGTBIAQ+, sensibles a los delitos de odio, y aquí hace una pausa para hablar del asesinato homófobo al grito de “maricón” y omisión de socorro de Samuel Luiz en 2021 en A Coruña. “Hay avances, pero si no hay formación, la buena intención se escapa y se queda corta”, apunta.

Lo gay fagocita

“El foco de las noticias se pone en el gay blanco, lo que invisibiliza al resto de miembros del colectivo”, afirma en relación al porcentaje que coloca en primer lugar a la G (de gays) en las noticias. Una presentación que suele ubicar en secciones relacionados con la violencia en un porcentaje mayoritario o en sociedad a modo de “pan y circo”, banalizando la valía y la identidad sexual de estas personas, como es el caso de informaciones en las que nos muestran “los 70 homosexuales más influyentes”. “Hace falta hacer mucha pedagogía. No puedes, por ejemplo, hablar de las personas transexuales sin ellas ni caricariturizar su realidad cuando hay un problema de empleabilidad”, apunta.

En este sentido existe un estudio realizado por Vicent Tamet sobre los medios catalanes en 2018 que recoge que el 57 por ciento son informaciones relacionadas con violencias y el 52 por ciento están protagonizadas por gays blancos.

La importancia del lenguaje

Señala dos factores importantes a la hora de cubrir informaciones relativas al colectivo, y de ahí la importancia de que el lenguaje construye realidad e imaginario. Por un lado es la importancia de la formación en perspectiva y diversidad LGTBIAQ+ para “no hablar de grupúsculos (se refiere a estos grupos de presión de la ultraderecha)”, y advierte que “si se vulneran los derechos de un grupo, el resto de grupos puede ir detrás”, haciendo referencia a esa perversa interpretación de la libertad de expresión de los medios de comunicación intencionados. Por el otro, cómo se cubren determinadas informaciones, cómo se le da la vuelta al asesinato de Samuel Luiz cuando no se pone el foco en el asesinato como algo ideológico y cómo se protege la identidad de los asesinos mientras que la vida y fotos de la víctima se airean sin ningún pudor.

Esta falta de formación, esta intencionalidad, lleva a que se abran debates televisivos sobre las personas trans sin su participación o con una representación testimonial a través de una videoconferencia donde las personas hetero invitadas no le dejan hablar.

Empoderamiento frente a frivolización

Se da, precisamente, esa circunstancia “donde unos señalan y el resto ponemos el foco ahí, en los migrantes, en el colectivo, en las mujeres… nadie queda a salvo; que si las paguitas, si la viruela del mono… y todo de una manera nada responsable. Por eso es tan importante sensibilizar desde cualquier tipo de plataforma sobre cómo tratar la información sobre el colectivo LGTBIAQ+ y los profesionales de la comunicación deberían empoderarles y no presentarles como víctimas o protagonistas de festivales en esa imagen frívola”.

Una consideración que recuerda al tratamiento de la violencia de género como una noticia más de la sección sucesos antes de su reconocimiento como tal, y cuyo punto de inflexión fue el asesinato de Ana Orantes, quemada viva por su marido en 1997 tras denunciarle en un programa de la televisión pública de Andalucía.

Ni sensacionalismo, ni reproducir mensajes de odio

Esta pedagogía de la que habla Marc Cebrián pasa por no usar titulares sensacionalistas, por no reproducir mensajes de odio sin contextualizar, por incluir las voces de las personas protagonistas. Por conceptualizar sexo, género, identidad y expresión de género, por ejemplo, “como ha pasado con todos los avances feministas: ahora se habla de luz de gas, de violencia vicaria… A medida que protagoniza el debate, se adquiere conocimiento. Y eso pasa con el colectivo: si no sé lo que es la T (Transexual), es que no está en el espacio público y de los derechos”.

Otro ejemplo, porque no será por ellos, la realidad vivida por Rocío Carrasco, contado en prime time en Telecinco: “La sociedad en general se enriqueció. Todas las personas que están en los medios de comunicación son responsables de hablar de lo que se sabe”. Frente a ello el tratamiento recibido por La Veneno en los años 90, “hoy sería impensable sin tener en cuenta una cuestión de derechos”.

Una cuestión de derechos

Cebrián habla de “seguir construyendo”, de mantener al colectivo unido frente al discurso de la extrema derecha, de un colectivo que suma todas las siglas “para acabar con la discriminación y conquistar los derechos. Dentro del colectivo quien se manifiesta en contra de los derechos de otras siglas es que no ha entendido nada de dónde venimos”.

Habla también del derecho a tener presencia, de conquistar espacios públicos y de presentar relatos de fuerza, como el caso del actor Eduardo Casanova, “un referente como persona seropositiva para otras que siempre escuchan estigmas; de ahí la importancia de presentar un relato no victimizado”.

“La masculinidad tóxica”

Cuando mantenemos esta conversación es noticia las agresiones homófobas al futbolista del Celta de Vigo Borja Iglesias por su expresión de género: llevar las uñas pintadas ya le convierten en un “maricón”, independientemente de su orientación sexual de la que no se habla, “y cómo sería entonces para las personas que sí pertenecen al colectivo. Esto es un ejemplo más de la masculinidad tóxica”, donde lo maricón hace referencia a ese “componente machista de la norma social, lo vinculado al género femenino o masculino y donde lo que no corresponde a un estereotipo masculino es afeminado, inferior y motivo de discriminación”. Una consecuencia de vivir en un sistema heteropatriarcal, “donde lo que se sale de la norma es una rareza”.

Y contrapone la realidad que “se vive en los espacios diversos, donde todas las personas están incluidas, mientras que en un sistema heteropatriarcal no lo están”.

Consejos desde una perspectiva inclusiva y diversa

“Entendamos que cuando hablamos de perspectiva hablamos de Derechos Humanos y es importante reconocer esa realidad porque es importante hablar de las violencias”, reivindica Marc Cebrián. Por eso de la importancia de dar contexto, del lenguaje inclusivo, que “no es solo el elles y los desdobles de pronombres”. Es la importancia de la contextualización frente a la mera reproducción de un periodismo de declaraciones donde los medios lo presentan como “un debate legítimo de la libertad de expresión de grupos de ultraderecha organizados tras el que se ampara un discurso del odio que es la antesala del delito de odio”.

Y por cierto, a quien se le pueda escapar, el colectivo acoge a Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales, Intersexuales, Asexuales, Queer, mientras que el + se refiere al resto de identidades que se puedan identificar dentro de él.