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Alfredo Copeiro

(Toledo, 1983) Pintor, ilustrador, realizador audiovisual, editor y músico. Cofundador del blog de música Mi Chambergo de Entretiempo. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid.

Jero Romero: "La grieta es un símil que me gusta para describir una manera de ser"

... Y es que cuando un puñado de genios, de músicos irrepetibles una vez más en nuestra historia y por suerte, se juntan a construir ideas la elegancia, la calidad, la pegada en el pecho del que escucha están garantizadas. «Voy a entrevistar a Jero, mi compadre», me dije tras la primera escucha, porque esto, «esto es importante». Ahí va el resultado:

Jero, podría empezar la entrevista quizá por lo más mediático que hay detrás de La Grieta, y es que fue increíble la campaña de crowdfunding que hiciste, pero el músico «perdido» que llevo dentro me insiste una y otra vez en que primero aborde la maravillosa elección de texturas que recorren cada uno de los temas, incluso de rincones, que has presentado en este segundo álbum. Cuéntame algunos de sus secretos.

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Respeto

Una mañana uno se levanta y descubre al plantar los pies sobre el suelo que se ha convertido en lo que llevaba años buscando. Sentado en la cama, uno mira al agujero infinito del eterno Borges y regresa a las sábanas más descansado. Lo que ocurre, piensa uno, es que la vida está llena de dudas, de pasos indecisos que, sin embargo, con el tiempo van adquiriendo su forma. Y es que esa misma mañana uno se da cuenta de que ha superado los treinta y entonces el cuerpo y el alma adquieren sentido. Después de abandonar la cama, uno enchufa la televisión café en mano, ¡o mejor tazón!, y empieza a escuchar ruido. “Este chico habla bien, la verdad. ¡Con lo joven que es!”.

¿Joven? Y ahora hablo de política, de sociedad, de asombro. ¿Joven? Pero, coño, ¿con cuántos años gobernaron Felipe González o Adolfo Suárez? Es más, resulta que González se convirtió en Secretario General del PSOE ¡con 32 años!

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El libro, un material noble

El pasado domingo terminó la IX Edición de la Feria del Libro de Toledo, que tuvo lugar en la plaza de Zocodover del 10 al 18 de mayo. Este año la feria, según comentamos los participantes, ha sido «más floja» en cuanto a ventas y participación ciudadana que el año anterior. Comienzo mi reflexión transmitiendo al lector esta sensación, porque nueve días conviviendo con el resto de profesionales de la ciudad en lo que una vez fue su zoco dan para charlar sobre muchos asuntos y para repetir una y otra vez las mismas preocupaciones. Y ésa fue la principal. Seguramente una de las razones fundamentales del descenso en las ventas es que, tanto libreros como editores, no conseguimos transmitir el espíritu de acercamiento a nuestros conciudadanos que la fiesta de los libros se merece. No somos capaces de atraer al grueso de los toledanos al espacio público que ocupamos durante más de una semana cada año, con la ilusión necesaria para convertir la Feria del Libro de Toledo en un acontecimiento humilde y reducido, poco ambicioso, pero que nos encantaría que fuese coqueto y elegante, riguroso y divertido, concreto y accesible, culturalmente interesante e imprescindible.

En esta edición hemos intentado atraer a gente joven, o, por lo menos, de la quinta de un servidor, un treintañero toledano, con música en directo, con una caseta llena de vinilos, con un concurso de carteles convocado junto a la Escuela de Arte «Toledo» para alumnos de la misma y su correspondiente exposición, con presentaciones al aire libre y con un esfuerzo por que los lectores de la ciudad encontraran nuevos títulos o redescubrieran otros fundamentales.

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Gracias a Orfeo, Dios de la música

La música es la materia inabarcable del arte que deja la huella del silencio en la memoria sonora del ser humano. Tiene que ver, más que con la vista, con el olor, con el gusto que se cuela en las papilas de los nietos alimentados por abuelos inmortales. La música ilusiona a cualquier edad y emociona incluso a aquellos que perdieron el oído y sólo pueden sentir la vibración del pulso, o ver el baile de “el otro” en la distancia. A veces parece que la música llegó al mundo antes de que éste, por sí mismo, ordenara las estrellas, fuera acariciado por los ríos, sucumbiera a los rituales tribales, encontrara en sus campos líneas de tiempo que, como pentagramas de trigo, escriben todavía la historia del cereal dorado al sol.

Cada vez que un músico abandona la vida carnal, la única en la que se puede llorar, reír o amar a golpe de compás, es como si su cuerpo se convirtiera en sonido, siempre presente, pero, al mismo tiempo, siempre huidizo. Es como si el intérprete o compositor se transformara en su propia creación sonora. Como contrapunto, cuando un niño ve la luz por vez primera y de su garganta emerge el sollozo ante la vida, una nueva posibilidad de llenar el silencio de belleza rodea a sus progenitores.

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¡Viva la casete!

Uno de los ejercicios más simpáticos que se pueden realizar en estos tiempos de inmaterialidad es el de abrir el cajón de la habitación en la que retozaste los domingos por la mañana de tu adolescencia, es decir, el cajón de «tu habitación», que, sin embargo, pertenece a la casa de tus padres. Una vez abierto, tu interior se revuelve para bien y para mal. Pero, entre todos los objetos absurdos que guardaste, pensando que sin duda te servirían para sobrevivir a una catástrofe nuclear, sin duda uno de los que te pueden levantar una profunda sonrisa es el walkman o guolman, que era su verdadero nombre. Al sacarlo piensas «¿cómo narices me podía yo introducir este… ladrillo o tetrabrik en el bolsillo de mi pantalón vaquero?» ¿Cómo podíamos, además, colocarle los cascos orejeros con la espuma de color naranja y salir a la calle a cara de perro? En serio, es una experiencia que no tiene precio.

En fin, en esos años de adolescencia desmedida, yo caminaba cada mañana de mi casa al instituto. El trayecto duraba unos 25 minutos y en mi walkman dieron vueltas y vueltas sin parar, primero «sin» y luego «con» autoreverse, dos cintas que aún conservo: Vitalogy, de Pearl Jam, y Vitaminas A, de Maniática. En aquel momento no le daba mucha importancia a la mezcla. Pero, hoy, me he dicho «¿qué grande, no?». ¿Os imagináis que pudiéramos juntar al señor Eddie Vedder, voz de Pearl Jam, con míster Javier Chispes, voz y guitarra de Maniática, aunque sólo fuera una vez? Me arriesgo a asegurar que del encuentro saldría un auténtico temazo, o como desde ahora en adelante tendremos todos que decir, y me refiero también a vosotros, lectores, un CHAMBERGAZO.

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