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César Fernández-Quintanilla

Doctor en Biología y en Agronomía, profesor de investigación del CSIC, trabaja en el Instituto de Ciencias Agrarias (Madrid). Desde el año 1975 realiza investigaciones sobre las malas hierbas que infestan los principales cultivos españoles, y es autor de multitud de artículos y varios libros científicos sobre el tema

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La agricultura en el siglo XXI: ¿verdugo, víctima o nodriza?

La sociedad actual, mayoritariamente urbana y cada vez más alejada del mundo rural, tiene serios problemas para entender lo que pasa en el campo. Y cuando hablamos de "el campo" no nos referimos a esas zonas en las que la naturaleza está más o menos bien conservada y puede ser objeto de atractivas excursiones y paseos. Nos referimos a ese enorme porcentaje de tierras dedicadas a la producción de cultivos o pastos, un 50% a nivel de España y un 37% a nivel mundial. En general, vivimos de espaldas a lo que ocurre en ese ámbito rural del que depende nuestra manutención. Mucha gente percibe la agricultura como una actividad explotadora que destruye recursos naturales y contamina el medio ambiente. Otros la ven  como una actividad bucólica, en contacto con la naturaleza, alejada del ajetreo de las ciudades. Ni lo uno ni lo otro. Como suele ser el caso. 

Ciertamente, la agricultura es un ávido consumidor de recursos renovables y no renovables y una fuente de numerosos impactos ambientales: agua, suelo, combustibles fósiles, fertilizantes, plaguicidas. A comienzos de este siglo la agricultura empleaba el 70% de toda el agua utilizada en el mundo. En muchos de los países más pobres, el agua empleada en agricultura ya llega al 90%. Se estima que el agua destinada al riego aumentará un 14% para 2030 por lo que  la escasez de agua resultante de una mayor demanda y de una menor disponibilidad por el cambio climático será cada vez mayor y en algunas regiones llegará a limitar totalmente la producción de alimentos. En un reciente informe global sobre la salud del planeta, las Naciones Unidas indican que la calidad del agua ha empeorado significativamente desde 1990 debido a la contaminación orgánica y química ocasionada por, entre otros, los fertilizantes, los plaguicidas y los metales pesados. Por otro lado, la fertilidad de los suelos se va perdiendo como consecuencia de la realización de prácticas agrarias inapropiadas y de la consiguiente erosión hídrica y eólica. Sólo en Andalucía se ha estimado que casi un millón de hectáreas están sometidas a unas pérdidas de suelo altas o muy altas. En lo referente al cambio climático, la agricultura es un importante emisor de CO2, N2O y metano, tres de los principales gases de efecto invernadero. Por otro lado hay que considerar la preocupante situación de los humedales, un elemento clave en la lucha contra el cambio climático. El desarrollo de la agricultura, y en concreto la agricultura de regadío, se considera la causa principal de la reducción de estos valiosos ecosistemas. Todos estos hechos nos ofrecen, a primera vista, la imagen de la agricultura como un peligroso verdugo del medio ambiente. 

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