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Cleia Montesdeoca

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La alternativa para educar en igualdad se llama coeducación

La coeducación nace para educar en igualdad. Lejos de roles y estereotipos que fomentan la desigualdad entre mujeres y hombres, se busca una alternativa en la educación que contribuya a erradicar tan pesada losa. El colegio es una de las áreas de socialización más importantes a la que niñas y niños se enfrentan, y sin duda, el profesorado es una pieza clave para contribuir al cambio.

Normalmente, antes de que nazca un bebé, condicionamos su existencia. Si es niño está claro que llevaremos al hospital una sopladera de color azul, y si por el contrario es niña, la sopladera será de color rosa. Reproduciremos la elección cromática al elegir la ropa. Qué duda cabe, el rosa y el azul volverán a estar presentes en sus roperos. Es más, a la hora de elegir los juguetes pasará exactamente lo mismo. Condicionados por la socialización de género se elegirá un balón para el niño y una muñeca para la niña. Eso sin obviar los carritos de bebés y las cocinitas para ellas, y los coches y los muñecos de acción para ellos. Y probablemente, cuando haya que elegir actividades extraescolares, la niña estará apuntada en ballet y el niño en fútbol. Así mismo, las expectativas que tengamos con respecto a su futuro varían también dependiendo de su género. Podríamos seguir enumerando situaciones que revelen el proceso de crianza de una princesita o de un machote. Porque desde antes de nacer los etiquetamos y contribuimos a acrecentar la brecha entre ambos sexos, sustentando los estereotipos y roles que el patriarcado establece. Ana de Miguel Álvarez, filósofa y feminista, estuvo invitada al Congreso de feminismo: Agenda Global que organizó el Instituto Canario de Igualdad el pasado mes de marzo. En su intervención, se propuso descifrar el enigma del porqué de la socialización de género en nuestros días, si “aparentemente ninguna madre o ningún padre reconocen educar a sus hijos e hijas en desigualdad”. Tenemos que ponernos en situación y diferenciar dos tipos de patriarcados, como plantea De Miguel. Ella nos habla de un patriarcado de coacción y otro de consentimiento. El primero legitima una desigualdad manifiesta coartando la libertad de la mujer sin ningún tipo de cuestionamiento. Es reconocer abiertamente la inferioridad femenina. Por ejemplo, que las mujeres necesiten de una autorización de su padre o de su marido para gestionar una cuenta bancaria, firmar un contrato de trabajo o simplemente llevar a cabo cualquier operación, es fruto de este tipo de patriarcado. El segundo al que hace referencia Ana de Miguel es el de consentimiento. En él nos enmarcamos, puesto que a pesar de ser una sociedad que trabaja para la igualdad, contando con leyes, planes programas o políticas igualitarias, se sigue asumiendo por parte de las mujeres esa irrelevancia y sigue existiendo una jerarquía “inexplicable” entre ambos sexos.

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Un noviembre histórico en la lucha feminista

El mes de noviembre ha estado plagado de actos que visibilizan la lucha para erradicar la violencia contra las mujeres. Desde la I Marcha Estatal contra las violencias machistas hasta la Caravana Violeta en Gran Canaria. Desde Madrid hasta La Aldea de San Nicolás. Todo es poco para llenar las calles de consignas feministas y visibilizar la lucha de las mujeres. Sin embargo, tras la multitudinaria marcha del 7N, el terrorismo machista volvió a asestar un duro golpe. Esta vez para dejar a siete mujeres asesinadas en tan solo una semana.

El 7 de noviembre Madrid acogió la I Marcha Estatal contra las violencias machistas. Un gentío violeta se agolpaba en los alrededores de Atocha momentos antes del comienzo de la marcha, mientras iban llegando guaguas venidas de todas partes de España, trenes y vuelos desde Canarias y Baleares. Del archipiélago se esperaban cerca del centenar de personas. Este 7N histórico comenzó a gestarse en Valencia hace algunos meses. Poco a poco se fueron sumando voces de todo el territorio, y se fue coordinando lo que sería el grito unánime que recorrió las calles de Madrid aquella calurosa mañana de otoño. Meses de trabajo, de difusión por las redes sociales, y de actos como el de Zapatos rojos, han servido para poner la guinda con esta jornada sin precedentes en las calles de Madrid.

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La igualdad y las cifras de la vergüenza, veinte años después de Beijing

En septiembre de este año se cumple el vigésimo aniversario de la IV Conferencia Mundial de la Mujer de la ONU, celebrada en Beijing, en 1995. Una Conferencia tan necesaria como esperada. Esperada porque se dieron cita unas 47.000 personas, entre representantes de distintas naciones y activistas involucradas en el avance de derechos de la mujer. Y necesaria porque de ella salió la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing. Ésta ha sido la hoja de ruta que ha guiado el lento y tortuoso camino hacia la Igualdad. Hoy por hoy se sigue recordando el hito que supuso aquellos 15 días de debates y reuniones, algunos de ellos acalorados por tratar temas conflictivos como el aborto, para finalmente alumbrar lo que probablemente siga siendo a día de hoy uno de los documentos más completos en materia de igualdad. Quienes tuvieron oportunidad de vivir ese momento histórico lo recuerdan como una explosión de sinergia, una ilusión conjunta que encumbró el compromiso adquirido de 189 países en luchar por los derechos de las mujeres.

Ana Hernández, presidenta de la Asociación para el Desarrollo Integral de las Mujeres Mercedes Machado, en su participación en el Congreso Feminismo: Agenda Global, organizado por el Instituto Canario de Igualdad (ICI) a finales del pasado mes de marzo, relató que hacia Beijing partió una representación canaria de las distintas organizaciones feministas y de mujeres de la isla así como la entonces presidenta del ICI, Sebi Nuez, y otras representantes del resto del Estado, como la ministra Cristina Alberdi. De Beijing salieron los nuevos retos del feminismo y de la Humanidad. Y es que se tornó especialmente necesario recalcar que "los derechos humanos son derechos de la mujer, y los derechos de la mujer son derechos humanos", como diría Hillary Clinton en el discurso que allí pronunció. Y aún hoy conviene destacarlo. Porque se siguen vulnerando los derechos de las mujeres y niñas alrededor del mundo de manera sistemática. Violaciones como táctica de guerra, esclavitud sexual, lapidaciones, violaciones correctivas, esterilización forzada… La violencia contra las mujeres es una de las violaciones de derechos más constantes, y se ejerce en cualquier parte del mundo en mayor o menor medida. La concienciación por parte de la sociedad y el trabajo conjunto con la Administración, incorporando la transversalidad de género en las políticas públicas e invirtiendo en materia de igualdad y asuntos sociales, sería un punto y aparte en la dinámica igualitaria de este país.

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Emma Goldman: la mujer sin miedo

Hablar de Emma Goldman es hablar de Libertad. Con mayúsculas. Es hablar de anticoncepción, de amor libre, de antimilitarismo, de maternidad consciente, de asociación y huelga… Para quién no la conozca, fue una mujer que vivió acorde a sus ideas, siempre. De origen judío, nació en junio de 1869 en Kaunas (Lituania), pero se marcharía junto con su familia a San Petersburgo en busca de un futuro mejor. La pequeña Emma tuvo que ponerse a trabajar poco antes de cumplir los 13 años para ayudar en la economía familiar. Siempre tuvo una relación hostil y seca con su padre, un hombre de moral rígida que pretendía casar a su hija a los 15 años, y hacerla vivir a expensas del marido de turno, para atenderlo y como no, ser una madre prolífica. Las expectativas de futuro que tenía su padre para ella la aterraban. Se opuso férreamente a que Emma estudiase pero no lo consiguió. Se enfrentó varias veces a su padre para que la dejara marchar a América junto a su hermana Helena, y de esta manera zafarse del futuro nada prometedor que le esperaba. Cuenta la propia Emma en su autobiografía que, tras amenazar con tirarse al río Neva, su padre cedió. Así fue como a finales de 1885, Helena y Emma dejaban atrás San Petersburgo para enrolarse hacia la tierra prometida.

Al llegar a EE.UU, se instalaron en casa de una hermana que vivía allí hacía pocos años, en Rochester, en el Estado de Nueva York. La vida allí no iba a ser tan fácil como podrían intuir. Pronto, Helena y Emma, tuvieron que buscar un trabajo para poder costearse de alguna forma el alojamiento en casa de su hermana Lena, que estaba embarazada y la cual no podía hacer frente, junto con su marido, a los gastos de sus dos hermanas más pequeñas. Así, Emma entraría a trabajar en una fábrica de ropa, en donde estaría trabajando de sol a sol, con apenas media hora de descanso, en unas condiciones durísimas, hasta tal punto que no podían levantarse para ir al baño sin permiso. Esto la agotaba profundamente, le consumía la energía y la agónica rutina le ahogaba cada vez más. Decidió dejar el trabajo tras presentarse en las elegantísimas oficinas de la tienda de ropa para la que trabajaba cosiendo a deshora, para pedir un aumento de sueldo al dueño, el cual no tomó en consideración las palabras de la trabajadora. Esto llevó a Emma a buscar otro trabajo, y lo encontró relativamente rápido. Éste era mucho mejor que el anterior, no existía un régimen marcial en el taller y le permitía más tiempo de descanso. Ahí conoció a Jacob Kershner, un muchacho ruso que vivía en Rochester hacía algunos años. Emma se refugió en él y desde un primer momento se sintió atraída, no sabiendo muy bien si por soledad o por amor. Al cabo de unos meses, el resto de la familia Goldman abandonó San Petersburgo para ponerle fin a los sobornos y al ahogo económico que eso conllevaba, pues el padre de Emma estaba harto de pagar para que los dejaran estar ahí por el mero hecho de ser judíos. Con su familia allí, las dos hermanas se mudaron con sus padres y sus hermanos pequeños. Poco después, Jacob también iría a vivir a casa de los Goldman, y con el paso del tiempo, le pediría a Emma matrimonio. Tras muchos intentos, la joven Emma acepta casarse. Su vida de casada dura apenas 10 meses. La chispa se apagó pronto, pues lo que antes le interesaba de Jacob ya había perdido todo el sentido y se había visto envuelta en una vida que detestaba y que por supuesto, no quería vivir. Luchó durante un tiempo hasta que finalmente consiguió el divorcio. Emma se marchó de Rochester a New Haven, en Connecticut, para iniciar una nueva vida. Sin embargo, en algunos meses tuvo que volver a Rochester. Era evidente que viviendo en el mismo barrio que Jacob se encontraría con él. Y así fue. Él la perseguía día tras día, suplicándole que volviera con él, mostrándose arrepentido, jurando que nada sería como antes. Para sorpresa de muchos y para disgusto de su hermana Helena, Emma volvió con él y se volvieron a casar. Todo lo que él le había prometido fue una burda mentira, y esta vez, sin peticiones ni rodeos, Emma lo abandonó para siempre. Así, sin poder contar con nadie de su familia, salvo con Helena, decide marcharse a Nueva York en agosto de 1889.

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¿Legalizar “la calle”?

Albert Rivera, líder de Ciudadanos, anunciaba que incluirá en su programa de las elecciones generales la legalización de la prostitución. Esgrimió argumentos económicos, aunque los disfrazaba con aparente empatía, haciendo mención a la "doble moral" cuando se refería a la invisibilización social que sufren estas mujeres. Aseguró que "hay cálculos que dicen que la tercera actividad económica de Europa podría ser ésta" y sostiene que "regular la prostitución permitiría al Estado recaudar 6.000 millones de euros". Las  reacciones no se hicieron esperar y desde los distintos partidos políticos se iban posicionando. Pero, ¿por qué nadie se acuerda de las protagonistas? Las voces de los colectivos que apoyan los derechos a las trabajadoras del sexo volvieron a sonar, pidiendo un reconocimiento de derechos laborales y sociales. Cristina Garaizábal, portavoz del Colectivo Hetaira, sostenía hace algunos días en una entrevista que hacía para 3W Radio, que no están de acuerdo con la propuesta de Ciudadanos porque "se puede legalizar desde varios puntos de vista", y en este caso, el partido de Rivera lo hace "desde el punto de vista de los empresarios, en donde se legalizan los locales pero no se reconoce la relación laboral". Aboga por la reclama de estos derechos puesto que según ella, "ayudaría a aminorar el estigma, a normalizar el trabajo sexual y a luchar contra las discriminaciones a este sector". Ciudadanos propondría dar de alta como autónomas a quienes decidan ejercer la prostitución de manera voluntaria, pero relegándolas a llevarla a cabo en locales ya que se prohibiría su ejercicio en espacios públicos. Es otra de las cosas en las que Garaizábal se pronuncia en contra, porque considera que ejercer en el espacio público les da mayor "libertad y autonomía" teniendo en cuenta que la propuesta de C’s se antoja a favor de una perspectiva empresarial y no de una perspectiva de derechos sociales y laborales.

Rocío Nieto, coordinadora de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida (AMPRAMP), ha declarado a Efe que la legalización "sería un sello de garantía para todos los que explotan a estas mujeres". Nieto mantiene su postura de no legalizar, y desde su asociación trabajan en la recuperación y reinserción de muchas mujeres que provienen de situaciones de prostitución forzada. Ha dicho en varias ocasiones que no conoce a ninguna mujer que ejerza la prostitución voluntariamente y además no es la primera vez que escucha la frase de "mi vida no vale nada, y mi cuerpo es un objeto de venta". En cualquiera de los casos, tras las declaraciones de Albert Rivera, tanto colectivos feministas como los que apoyan a mujeres en situación de prostitución, coinciden en lo poco preciso que es el planteamiento de C’s y en que además favorecería a toda costa los intereses de los empresarios.

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