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Emilio Gutiérrez-Beltrán

Soy licenciado y doctor por la Universidad de Sevilla con la tesis titulada ‘’SIRd, una proteína con dominio uspa y sustrato de siCipk6, regula la respuesta inmune en Solanaceas’’. Realicé una estancia postdoctoral de 5 años en Uppsala (Suecia), lo que me permitió iniciar mi propia línea de investigación basada en el estudio de la formación de gránulos de estrés (stress granules, SGs) en plantas. Los SGs son complejos ribo-proteicos que desempeñan un papel fundamental tanto en la regulación de la expresión génica como en el metabolismo en condiciones de estrés. En abril de 2017 me incorporé al IBVF-CSIC con una prestigiosa beca Marie Curie IEF (acrónimo: reSGulating) con el fin de caracterizar del link entre la dinámica de los gránulos de estrés y el proceso catabólico denominado autofagia. En septiembre del 2018, empezaré un contrato Juan de la Cierva - Incorporación (MINECO) a través de la Universidad de Sevilla, que me permitió continuar la línea de investigación iniciada en Suecia.

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¿Es un buen momento para hablar de transgénicos?

Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) en el año 2050 la población mundial habrá crecido del orden de un 34%, por lo que se estima que la demanda global de alimentos crecerá hasta un 70% en las próximas décadas. Por lo tanto, aumentar la producción agrícola para atender a esta creciente demanda global será sin lugar a dudas una prioridad mundial. Sin embargo, el camino a seguir para alcanzar este gran reto de la sociedad moderna se prevé arduo y con múltiples obstáculos. ¿Cómo podemos atender a esta creciente demanda global sin producir un impacto ambiental importante?

Aumentar la producción de las tierras ya dedicadas al cultivo no es una opción viable. Para ello es necesario incrementar el uso de fertilizantes o abonos nitrogenados que, de forma indirecta, producen gases tales como el óxido nitroso que favorecen el efecto invernadero, contribuyendo de esta forma al cambio climático. Transformar zonas forestales en áreas de cultivo sería otra opción. Sin embargo, esto tiene grandes consecuencias sobre el planeta. Por una parte, favorece el efecto invernadero y por otro lado tiene un impacto negativo sobre la biodiversidad. Además, hay que tener en cuenta que el tamaño de la tierra útil dedicada al cultivo viene disminuyendo constantemente desde hace décadas. Esta tendencia va a continuar, se prevé que para el año 2050 van a ser más o menos 0,15 hectáreas, frente a las 0,38 hectáreas en 1970 (FAO). Este hecho viene provocado por dos motivos principales: la sobre-explotación de zonas cultivadas que terminan empobreciendo el terreno y la transformación de terreno agrícola en zonas industriales. Entonces, ¿cómo conseguimos producir más en un terreno cada vez más pequeño y sin que tenga una repercusión considerable en el planeta?

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