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Francisco Moreno

Periodista. Director de Comunicación de Lopesan.

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¿Ganar una guerra o perder un Oasis?

El 5 de junio de 1989, coincidiendo con el Día Mundial del Medio Ambiente, fue demolida la estructura del Hotel Dunas, un proyecto levantado junto a la Charca de Maspalomas que nunca pudo ser terminado porque los ciudadanos de Gran Canaria dijeron que no podíamos seguir dañando esa joya que la naturaleza quiso darle a la isla. En aquella ocasión, y tal vez porque el esqueleto de lo que se avecinaba ya estaba allí para escandalizar conciencias, nadie se enredó entonces en buscar razones ocultas al deseo colectivo de hacerlo desaparecer. 25 años después, ahora sin esqueleto visible, nos enfrentamos a una situación similar, pero muchos quieren revestir este nuevo embate contra el Oasis como una batalla miserable entre dos competidores hoteleros. ¿De verdad necesitamos otro nuevo esqueleto para llegar a las mismas conclusiones que entonces?.

La compañía que promueve ese disparate, y el coro de voces interesadas que secundan ese atentado, prefiere que hablemos de otras cosas. Decía Thomas Fuller que “la astucia puede tener vestidos, pero a la verdad le gusta ir desnuda”. De acuerdo a ello, y ante la ausencia de vestidos y razones decentes, es mejor ocultar la verdad y lanzar mucho humo para así poder ocultar después el propio palmeral. Para que no hablemos de la agresión medioambiental que permitía la licencia ahora anulada, dirigen todos sus esfuerzos a inculcar la idea de que son ellos los agredidos. Y si hay alguna víctima en todo esto, mejor señalarse a sí mismos para ver si así nadie señala al Palmeral. Sólo falta cambiar de sitio a los culpables: a los que reclamamos calidad y excelencia se nos convierte en acomplejados competidores que de forma ruin sólo quiere cortarles el paso. Piensan que si cuela, nadie se acordará de nada de esto cuando lo que se corten de verdad sean las palmeras.

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Si no es por Colón, hágalo por César, señor presidente

Hace ya 22 años que César Manrique nos dejó. Pero su voz ha retumbando estos días como si el pasado hubiese venido al presente. Se nos ha presentado nuevamente, como esos espectros que se aparecen cada vez que se producen las mismas circunstancias que les hicieron sufrir en vida. Es una voz del pasado, pero sus palabras suenan como si acabaran de ser pronunciadas. Aunque fuera por procurarle un verdadero descanso eterno, o aunque sólo sea por nuestro propio porvenir, Canarias sería un lugar más placentero si él no tuviera que hablarnos de vez en cuando porque ya todos hablamos por él.

Pero obviamente, y 22 años después de la desaparición de aquel hombre único, visionario y precursor de eso que en la economía digital y del cambio climático del Siglo XXI, se llama Desarrollo Sostenible, por aquí andamos emulando a los cangrejos ciegos que él mismo hiciera famosos. Tan para atrás, que, de repente, algunos siguen comportándose en el presente como si aún estuviéramos en su pasado, cuando César decía lo que ahora vuelve a decir en ese video que ya han visto en internet muchos miles de canarios.

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Los leones del Congreso

Así empecé la lectura de ese libro, y si confían algo en mi criterio, olviden todo lo que acabo de decir, porque nuevamente Federico Utrera viene a cuadrar su peculiar círculo para desnudar esa supuesta intención banal y vestirla con el barniz del relato erudito e histórico. Se trata pues de una crónica minuciosa y singular, adornada con los encajes de la curiosidad, no la insana, sino la otra, la que sirve para enriquecer posiciones y mejorar el juicio que podamos hacer, en este caso, de quienes desarrollan su trabajo en ese limbo físico que son las Cortes Generales. Así, cuando nos habla de vicios humanos, cuando aborda asuntos tan escabrosos o morbosos como la relación de sus señorías con el alcohol o las drogas, lo que termina aflorando son historias muy instructivas y reveladoras sobre el carácter autodestructivo de la propia política. El caso del senador Carlos Piquer constituye en el libro un buen ejemplo de cómo esa presión desenfrenada que rodea al juego político, y el foco que la sociedad pone sobre ellos, tiene un componente destructivo no apto para personalidades poliédricas, sobre todo para aquellos que llegaron a la política empujados más por inquietudes que por ambiciones.

El libro está plagado de jugosas anécdotas, también de ilustradas referencias a grandes parlamentarios cuyo eco discursivo aún parece retumbar por pasillos y hemiciclo. Impagable resulta igualmente ese primer diccionario de la jerga parlamentaria, que supone una eficaz recopilación de esa terminología críptica con que los políticos retuercen el lenguaje de la sencillez.

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