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Isa Serra

Diputada en la Asamblea de Madrid y portavoz del Consejo Ciudadano de Podemos Comunidad de Madrid. Participa en Anticapitalistas. Feminista. 

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La monarquía: una institución machista

Para quienes somos de las generaciones que no votamos la Constitución Española las informaciones que están saliendo estos días sobre la corrupción del rey emérito a través de Corinna son como un choque con la realidad. Es cierto que hemos vivido nuestra infancia y algunos toda su juventud entre altas dosis de desafección política, y sobre todo de normalización y aceptación del statu quo, dentro de la cual estaba la monarquía como pieza fundamental. 

Pero a pesar de su aparente normalización y de una imagen que la hacía parecer también como  consustancial al ordenamiento político, llegó la ola del 15 M, se abrió un nuevo ciclo y la monarquía se nos desveló, de repente, como el pasado. Cuando vimos cómo Juan Carlos I abdicaba para dejar paso a su hijo el Rey Felipe VI en un intento de la institución por surfear y adaptarse a los cambios venideros, nos sentimos orgullosos y orgullosas porque nos pensamos que esa victoria era nuestra, de la gente. La monarquía ya no ocupaba el antiguo espacio y en el nuevo imaginario político ya no cabía; de hecho, la idea misma de democracia se oponía, como no podía ser de otra manera, a algo tan radicalmente antidemocrático como tener un Jefe de Estado que no ha sido votado por la ciudadanía sino impuesto por herencia. Por herencia franquista. 

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8M: Ni pedimos ni esperamos

"Lo comprendo. Hay que defender sus derechos. Lo haría también, lo hace también, la Santísima Virgen María". Son las palabras del arzobispo de Madrid de hace tan sólo una semana. Ahora que la Iglesia Católica apoya la huelga convocada por el movimiento feminista para el próximo 8 de marzo, ahora que el PSOE ha anunciado públicamente que pararán ese día, y ahora que hasta Cifuentes o Arrimadas se han llamado a sí mismas feministas, podemos asegurar que la huelga ya es un éxito. Al menos desde el punto de vista simbólico, estamos ganando la batalla cultural y estamos haciendo que las demandas que hasta hace poco parecían condenadas a la estigmatización y la marginalidad estén pasando a ser de sentido común. En la actualidad el feminismo es seguramente el único movimiento social con fuerza e influencia suficientes para tener un impacto en el debate público y transformarlo: los “yo también”, “yo te creo, hermana” o “yo soy manada”se han erigido en tiempos recientes en mensajes contundentes contra el machismo social e institucional que denuncian el status quo y, a su vez, generan procesos de solidaridad y empatía con efectos multiplicadores.

Estos avances culturales y simbólicos son importantes y tienen la capacidad de calar en cambios reales de transformación de la sociedad. Sin embargo, nuestra lucha no es -únicamente- por lo simbólico. Necesitamos ir más allá. No deja de ser paradójico que algunos de estos relatos, provengan de ciertas organizaciones e instituciones, que llevan tiempo negándose a llevar a cabo políticas feministas. A todas ellas, que se han visto arrastrados los últimos meses, o semanas, o días, por la ola feminista e intentan surfearla y utilizarla para sus propios fines, les decimos: voten a favor de políticas que nos permitan avanzar hacia un modelo de cuidados radicalmente distinto, porque el que tenemos que está obsoleto, es ineficiente, insostenible y sobre todo injusto; pongan presupuesto para acabar con las violencias machistas, para que así las mujeres tengamos alternativa habitacional y podamos ser independientes cuando nuestras parejas se convierten en maltratadores; echen para atrás la reforma laboral del 2012 que precariza el empleo y genera cientos de miles de contratos a tiempo parcial, de horas, con salarios de miseria y que nos tocan sobre todo a las mujeres; dejen de degradar la educación pública para apostar por la concertada, en la que segregan a niños y niñas y reproducen el modelo heteropatriarcal de sociedad. En definitiva, dejen de llamarse feministas y pónganse de una vez a hacer políticas feministas.

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De qué hablamos cuando hablamos de unidad

Hace apenas unos días que comenzó la campaña para renovar el Consejo Ciudadano de Podemos Madrid y, desde el primer minuto, una de las candidaturas en liza no ha cesado de repetir “unidad, unidad, unidad” como consigna auto-afirmativa, pero también con evidente tono acusatorio contra quienes supuestamente nos hemos desmarcado del que presentan como único consenso de Vistalegre 2.

Sinceramente, me llama la atención tanto esa memoria selectiva como la interpretación sesgada de esa consigna. En primer lugar, porque también recuerdo a Pablo Iglesias cerrando aquella Asamblea Ciudadana haciendo suyas las palabras de Teresa Rodríguez de “unidad y humildad, compañeras”. Humildad para no creerse dueño de la verdad absoluta ni de la única fórmula ganadora. Humildad para comprender que uno no siempre tiene la razón, que la diversidad nos hace fuertes y que la pluralidad no es solo un principio político, sino también una garantía de que nuestra organización se parezca a la sociedad plural que queremos representar y transformar. Humildad para que no se nos olvide que, ante todo y por encima de cualquier proceso interno, somos compañeras y que, como suele decir Tere, “en esta marea de cambio no sobra ningún barco”.

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Juana y el derecho de las mujeres a la desobediencia

“En Estados Unidos y en otros países capitalistas, las leyes contra la violación fueron originariamente formuladas para proteger a los hombres de las clases altas frente a las agresiones que podían sufrir sus hijos e hijas. Habitualmente, los tribunales han prestado poca atención a lo que pudiera ocurrirles a las mujeres de clase trabajadora, y por consiguiente, el número de hombres blancos procesados por violencia sexual infligida a estas mujeres es extraordinariamente reducido”.

Ángela Davis. 'Mujeres, clase y raza', 1981.  

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Una moción de censura contra el modelo depredador del PP madrileño

No podemos decir que nos sorprenda que estén apareciendo tantos casos de corrupción en estos momentos. En la Comunidad de Madrid, hace tiempo que sabemos que la corrupción es una forma de gobierno instalada por el Partido Popular, y en tiempos de crisis política, sus propias facciones internas  se devoran entre ellas. Pero creemos que estamos viviendo un periodo de gravísima excepcionalidad democrática. Máxime cuando alcanza a la propia justicia sobre la que el PP también está intentando intervenir a través de la fiscalía.

Si el expolio como forma de gobierno se normaliza, si penetra todos los órdenes de la gestión pública y lo hace a la luz del día, si cuando encendemos la TV solo vemos "otro caso de corrupción más" se puede producir en la sociedad un desapego a lo que debería ser común, un repliegue hacia el interés individual, aislándonos más y recluyéndonos en nuestra particular desesperanza. Por eso no debemos permitir que esta situación excepcional se convierta en lo normal. Por eso el movimiento arriesgado, quizás, de una moción de censura.

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Recuperar lo público sin perder en lo social

"De norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue, cueste lo que cueste", gritaban desde el escenario de este segundo Vistalegre muchos de los que por allí pasaron, en un congreso que ha contado con un amplio protagonismo del mundo del trabajo. La apelación a las luchas laborales resonaba con fuerza dentro del palacio gracias a la voz de las trabajadoras de telemarketing, Coca Cola, Vodafone o Telemadrid, entre otras. Testigos y víctimas, todas ellas, de las reformas laborales del PPSOE y de la deslocalización, la subcontratación y las privatizaciones salvajes con las que el neoliberalismo ha ido convirtiendo los derechos laborales en papel mojado.

Sus reivindicaciones traspasaron los muros. En la calle, fuera del recinto, las trabajadoras del Centro Deportivo Municipal Moscardó apelaban a diputados, consejeros y concejales de Podemos para que transmitieran una demanda muy básica: si las privatizaciones fueron subastas al mejor postor que conllevaron sobrecostes para las cuentas públicas, precariedad para las trabajadoras y peor calidad de servicios para la ciudadanía, la remunicipalización de estos últimos no puede cargar sobre las espaldas de las trabajadoras.

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