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Isa Serra

Diputada en la Asamblea de Madrid y portavoz del Consejo Ciudadano de Podemos Comunidad de Madrid. Participa en Anticapitalistas. Feminista. 

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¿Subir o bajar los impuestos?

Este dilema estará, ya lo está, en el centro del debate político y de la confrontación electoral. Parece una pregunta clara a la que los partidos políticos en liza tendrían obligación de contestar.

El recetario de la derecha es "bajemos los impuestos" y los argumentos puestos sobre la mesa son de sobra conocidos: la carga fiscal que soportan las familias y las empresas es muy elevada y ello desincentiva tanto el consumo como la inversión; el Estado es intrínsecamente ineficiente, en oposición al sector privado, y por lo tanto conviene reducir su peso en la economía.

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Si ellos caben, cabemos todas. La alianza con la infancia

En menos de una semana se han sucedido tres ataques a centros de menores de jóvenes que han migrado solos a España. Uno en Casteldefells, otro en Canet de Mar y el último en la Zona Franca de Barcelona. La violencia hacia estos chicos no es nueva. Dos murieron en Melilla cuando estaban bajo la tutela de centros de menores el año pasado. Soufiane había perdido un pie haciendo "risky", intentando cruzar a la Península. Mamadou sufrió varias paradas cardiorespiratorias aparentemente después de que le redujera la seguridad privada del centro. Ninguna institución pública informó a su familia y la cruel respuesta del consejero del PP cuando se le reprochó esto fue "que los padres hubieran venido antes y no a por su cadáver".

Todo esto está pasando mientras nuestro país sigue rozando un 30% de pobreza infantil, mantenemos una ley educativa que expulsa a los alumnos y alumnas fuera del sistema educativo, ya sea a centros de educación especial o a FPs básicas, y no conseguimos que ningún Gobierno se comprometa de verdad con el Buen Trato hacia la infancia y articule una ley estatal que proteja a los niños y las niñas de todas las formas de violencia. Ahí está el quid de la cuestión. El trato que reciben los niños y niñas que migran solos, con pruebas que incluyen desnudos integrales para decidir cuál es su edad nada más llegar, incluso aunque tengan documentación, es el espejo en el que se mira España cuando hablamos de derechos de la infancia. Un sistema de protección que abandona institucionalmente a la infancia que se encuentra en la situación más límite, la de afrontar un proyecto migratorio en solitario, es un sistema fallido.  

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Educar en feminismo

No nos ha costado nada decidir que nuestra primera medida en caso de gobernar la Comunidad de Madrid sería introducir de una vez y de manera real el feminismo en la escuela. La candidatura que voy a encabezar, si así lo deciden las personas inscritas en Podemos, va a ser una candidatura feminista. No de manera impostada, sino que es algo congruente con toda mi trayectoria personal y política y con lo que siempre he defendido: la educación en feminismo me parece imprescindible para construir la sociedad que queremos.

Reivindico el feminismo en la convicción de que es, hoy por hoy, el movimiento social y político con mayor capacidad para proponer una transformación radical de la sociedad; una transformación que nos ayude a construir vidas vivibles y valiosas para todas y todos. En definitiva, pienso que el feminismo es fundamental en la construcción de una  sociedad del buen vivir, de la justicia social, de la igualdad. Y por esta capacidad que tiene el feminismo para plantear nuevos mundos es por lo que la derecha lo ha señalado como enemigo principal y por lo que en Podemos queremos hacer del feminismo uno de los ejes de nuestro discurso y de nuestra práctica política.  Y en un momento en el que partidos con propuestas claramente contrarias a los derechos y los intereses de las mujeres quieren subirse al carro del oportunismo y añadir confusión al término, nos parece importante que niños y niñas sepan exactamente lo que supone el feminismo; que sepan que sin feminismo no hay democracia; que sepan que en todas las constituciones democráticas del mundo se menciona la igualdad entre mujeres y hombres como uno de sus principios básicos y que todas ellas se obligan a remover los obstáculos que la impiden o dificultan. Y que sepan también que la igualdad entre mujeres y hombres no se consigue sólo obligando por ley que haya mujeres sentadas en los Consejos de Administración, y ni siquiera consiguiendo que se igualen los salarios (con lo importante que es esto). Es necesario que los jóvenes sepan que el feminismo explica la sociedad en su conjunto y que lo sepan igual que saben qué son los derechos humanos y por qué hay que defenderlos. Y tienen que conocerlo para que no sea tan fácil confundirles. Para que no sea fácil  cubrir de mentiras y falsas interpretaciones una teoría crítica, una ética, un movimiento social, una práctica política y personal tan fundamental para la democracia y para los derechos humanos como es el feminismo. Que conozcan su historia, que sepan por qué no hay mujeres en los libros de texto, qué conozcan la lucha de las mujeres por sus derechos básicos, por el voto, por la educación, por sus libertades, contra la violencia que hemos padecido a lo largo de la historia y aun ahora, por convertirse en sujetos, por ser iguales, por construir un mundo a la medida de todos los seres humanos; que sepan lo que significa el trabajo que se hace gratuitamente para que la vida continúe y la sociedad funcione, y que sepan lo que hace falta para que no seamos las mujeres las que tengamos que cargar sobre nuestras espaldas y nuestras vidas el peso de ese trabajo gratuito e invisible. Todo eso es el feminismo y mucho más. Y los jóvenes tienen que saberlo.

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Un Podemos en el que quepan muchos Podemos

El anuncio de que Íñigo Errejón, candidato de Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid, concurrirá a las elecciones integrado en la plataforma Más Madrid, impulsada por Manuela Carmena, ha provocado una ola de estupefacción, desconcierto y desánimo en miles de personas que han confiado en Podemos desde que, hace cinco años, se presentara en el Teatro del Barrio de Lavapiés. Se trataba entonces de una nueva herramienta, que no iba a ser un partido al uso, donde la burocracia, los pasilleos, las peleas de poder, iban a ser sustituidos por una participación directa, amplia y transparente de toda la gente, viniera de donde viniera, que quisiera arrimar el hombro para propiciar el cambio político, intentando tomar impulso de toda la potencia de un movimiento como el 15M en el que miles de personas gritaron que los partidos no les representaban.

Desde el momento en que Errejón comunica su decisión, quienes la apoyan insisten en que es una jugada necesaria para recuperar la ilusión y que, a pesar de las formas, es la única posibilidad de ganar a la derecha. Los defensores de este movimiento visibilizan ahora los males de Podemos, su degeneración democrática, su falta de espacios de discusión, su falta de pluralidad y su cada vez mayor dificultad para ilusionar a nadie y, desde ahí, defienden que la candidatura de Errejón es la única que puede, si acaso, encarnar el espíritu con el que Podemos rompió el tablero. Y es absolutamente cierto que cuando no hay pluralidad y decisiones realmente colectivas (y no de parte, monolítica, aunque sea la mayoritaria) hay un límite objetivo que estrecha Podemos. Pero lo que no se menciona es que este Podemos que tenemos debe mucho de su cultura política al primer diseño como "máquina de guerra electoral" y que casi desde entonces los arrastramos.

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La monarquía: una institución machista

Para quienes somos de las generaciones que no votamos la Constitución Española las informaciones que están saliendo estos días sobre la corrupción del rey emérito a través de Corinna son como un choque con la realidad. Es cierto que hemos vivido nuestra infancia y algunos toda su juventud entre altas dosis de desafección política, y sobre todo de normalización y aceptación del statu quo, dentro de la cual estaba la monarquía como pieza fundamental. 

Pero a pesar de su aparente normalización y de una imagen que la hacía parecer también como  consustancial al ordenamiento político, llegó la ola del 15 M, se abrió un nuevo ciclo y la monarquía se nos desveló, de repente, como el pasado. Cuando vimos cómo Juan Carlos I abdicaba para dejar paso a su hijo el Rey Felipe VI en un intento de la institución por surfear y adaptarse a los cambios venideros, nos sentimos orgullosos y orgullosas porque nos pensamos que esa victoria era nuestra, de la gente. La monarquía ya no ocupaba el antiguo espacio y en el nuevo imaginario político ya no cabía; de hecho, la idea misma de democracia se oponía, como no podía ser de otra manera, a algo tan radicalmente antidemocrático como tener un Jefe de Estado que no ha sido votado por la ciudadanía sino impuesto por herencia. Por herencia franquista. 

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8M: Ni pedimos ni esperamos

"Lo comprendo. Hay que defender sus derechos. Lo haría también, lo hace también, la Santísima Virgen María". Son las palabras del arzobispo de Madrid de hace tan sólo una semana. Ahora que la Iglesia Católica apoya la huelga convocada por el movimiento feminista para el próximo 8 de marzo, ahora que el PSOE ha anunciado públicamente que pararán ese día, y ahora que hasta Cifuentes o Arrimadas se han llamado a sí mismas feministas, podemos asegurar que la huelga ya es un éxito. Al menos desde el punto de vista simbólico, estamos ganando la batalla cultural y estamos haciendo que las demandas que hasta hace poco parecían condenadas a la estigmatización y la marginalidad estén pasando a ser de sentido común. En la actualidad el feminismo es seguramente el único movimiento social con fuerza e influencia suficientes para tener un impacto en el debate público y transformarlo: los “yo también”, “yo te creo, hermana” o “yo soy manada”se han erigido en tiempos recientes en mensajes contundentes contra el machismo social e institucional que denuncian el status quo y, a su vez, generan procesos de solidaridad y empatía con efectos multiplicadores.

Estos avances culturales y simbólicos son importantes y tienen la capacidad de calar en cambios reales de transformación de la sociedad. Sin embargo, nuestra lucha no es -únicamente- por lo simbólico. Necesitamos ir más allá. No deja de ser paradójico que algunos de estos relatos, provengan de ciertas organizaciones e instituciones, que llevan tiempo negándose a llevar a cabo políticas feministas. A todas ellas, que se han visto arrastrados los últimos meses, o semanas, o días, por la ola feminista e intentan surfearla y utilizarla para sus propios fines, les decimos: voten a favor de políticas que nos permitan avanzar hacia un modelo de cuidados radicalmente distinto, porque el que tenemos que está obsoleto, es ineficiente, insostenible y sobre todo injusto; pongan presupuesto para acabar con las violencias machistas, para que así las mujeres tengamos alternativa habitacional y podamos ser independientes cuando nuestras parejas se convierten en maltratadores; echen para atrás la reforma laboral del 2012 que precariza el empleo y genera cientos de miles de contratos a tiempo parcial, de horas, con salarios de miseria y que nos tocan sobre todo a las mujeres; dejen de degradar la educación pública para apostar por la concertada, en la que segregan a niños y niñas y reproducen el modelo heteropatriarcal de sociedad. En definitiva, dejen de llamarse feministas y pónganse de una vez a hacer políticas feministas.

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De qué hablamos cuando hablamos de unidad

Hace apenas unos días que comenzó la campaña para renovar el Consejo Ciudadano de Podemos Madrid y, desde el primer minuto, una de las candidaturas en liza no ha cesado de repetir “unidad, unidad, unidad” como consigna auto-afirmativa, pero también con evidente tono acusatorio contra quienes supuestamente nos hemos desmarcado del que presentan como único consenso de Vistalegre 2.

Sinceramente, me llama la atención tanto esa memoria selectiva como la interpretación sesgada de esa consigna. En primer lugar, porque también recuerdo a Pablo Iglesias cerrando aquella Asamblea Ciudadana haciendo suyas las palabras de Teresa Rodríguez de “unidad y humildad, compañeras”. Humildad para no creerse dueño de la verdad absoluta ni de la única fórmula ganadora. Humildad para comprender que uno no siempre tiene la razón, que la diversidad nos hace fuertes y que la pluralidad no es solo un principio político, sino también una garantía de que nuestra organización se parezca a la sociedad plural que queremos representar y transformar. Humildad para que no se nos olvide que, ante todo y por encima de cualquier proceso interno, somos compañeras y que, como suele decir Tere, “en esta marea de cambio no sobra ningún barco”.

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Juana y el derecho de las mujeres a la desobediencia

“En Estados Unidos y en otros países capitalistas, las leyes contra la violación fueron originariamente formuladas para proteger a los hombres de las clases altas frente a las agresiones que podían sufrir sus hijos e hijas. Habitualmente, los tribunales han prestado poca atención a lo que pudiera ocurrirles a las mujeres de clase trabajadora, y por consiguiente, el número de hombres blancos procesados por violencia sexual infligida a estas mujeres es extraordinariamente reducido”.

Ángela Davis. 'Mujeres, clase y raza', 1981.  

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Una moción de censura contra el modelo depredador del PP madrileño

No podemos decir que nos sorprenda que estén apareciendo tantos casos de corrupción en estos momentos. En la Comunidad de Madrid, hace tiempo que sabemos que la corrupción es una forma de gobierno instalada por el Partido Popular, y en tiempos de crisis política, sus propias facciones internas  se devoran entre ellas. Pero creemos que estamos viviendo un periodo de gravísima excepcionalidad democrática. Máxime cuando alcanza a la propia justicia sobre la que el PP también está intentando intervenir a través de la fiscalía.

Si el expolio como forma de gobierno se normaliza, si penetra todos los órdenes de la gestión pública y lo hace a la luz del día, si cuando encendemos la TV solo vemos "otro caso de corrupción más" se puede producir en la sociedad un desapego a lo que debería ser común, un repliegue hacia el interés individual, aislándonos más y recluyéndonos en nuestra particular desesperanza. Por eso no debemos permitir que esta situación excepcional se convierta en lo normal. Por eso el movimiento arriesgado, quizás, de una moción de censura.

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Recuperar lo público sin perder en lo social

"De norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue, cueste lo que cueste", gritaban desde el escenario de este segundo Vistalegre muchos de los que por allí pasaron, en un congreso que ha contado con un amplio protagonismo del mundo del trabajo. La apelación a las luchas laborales resonaba con fuerza dentro del palacio gracias a la voz de las trabajadoras de telemarketing, Coca Cola, Vodafone o Telemadrid, entre otras. Testigos y víctimas, todas ellas, de las reformas laborales del PPSOE y de la deslocalización, la subcontratación y las privatizaciones salvajes con las que el neoliberalismo ha ido convirtiendo los derechos laborales en papel mojado.

Sus reivindicaciones traspasaron los muros. En la calle, fuera del recinto, las trabajadoras del Centro Deportivo Municipal Moscardó apelaban a diputados, consejeros y concejales de Podemos para que transmitieran una demanda muy básica: si las privatizaciones fueron subastas al mejor postor que conllevaron sobrecostes para las cuentas públicas, precariedad para las trabajadoras y peor calidad de servicios para la ciudadanía, la remunicipalización de estos últimos no puede cargar sobre las espaldas de las trabajadoras.

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