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Jacobo Muñoz Comet

Doctor en Sociología (UCM), licenciado en Sociología (UNED) y licenciado en Ciencias de la Información (UCM). Desde 2012 es Profesor Ayudante en el Departamento de Estructura Social de la UNED.

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Abandono educativo, origen social y crisis económica

¿Seguir estudiando o empezar a trabajar? Esta pregunta se la puede plantear por primera vez cualquier joven de 16 años, edad a partir de la cual la educación deja de ser obligatoria en España. Aunque la mayoría de los que se encuentran en esta situación opta por seguir en el sistema educativo, en torno a uno de cada diez decide dejar de estudiar para, en teoría, probar suerte en la búsqueda de empleo. Esta cifra, sin embargo, varía dependiendo del periodo. La oportunidad de ganar dinero en los años de la burbuja inmobiliaria fue un aliciente para acceder al mercado de trabajo en el momento en que uno cumplía la edad mínima para hacerlo. Sin embargo desde 2008, y sobre todo con la paralización del sector de la construcción, la tasa de abandono se ha atenuado.

Una de las ventajas que proporciona la educación es el grado de protección contra el desempleo. La actual crisis económica ha afectado al conjunto de la población, pero el impacto ha sido muy distinto entre los distintos grupos educativos. La pérdida de empleo entre aquellos que poseen estudios universitarios ha sido notablemente más baja. Este patrón, lejos de ser excepcional, se ha venido repitiendo en anteriores fases recesivas, en las que el nivel de ocupación ha caído de forma escalonada entre colectivos de trabajadores en función de su cualificación.

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El acceso por la puerta trasera del mercado laboral

El modo en el que se accede por primera vez al mercado de trabajo influye en la trayectoria laboral posterior de las personas. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en lo sucedido entre la población inmigrante en España. Durante los años previos a la crisis económica, el boom inmobiliario permitió la creación de muchos puestos de trabajo de baja cualificación. La intensa entrada de inmigrantes sirvió para cubrir buena parte de esos empleos que con sólo la fuerza de trabajo autóctona no era posible abastecer.

De esta manera, la mayoría de recién llegados logró rápidamente el acceso a recursos económicos, aunque esto lo consiguiera a través de puestos de trabajo precarios y para algunos inmigrantes incluso poco cualificados para la formación que traían consigo. De acuerdo con datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), en 2006 alrededor de la mitad de los inmigrantes de fuera de la UE15 con estudios universitarios trabajaba en los grupos de ocupaciones menos cualificadas.

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La suerte en el fútbol, ¿más determinante que en otros deportes?

Hace cuatro años España se proclamó campeona de fútbol en el Mundial de Sudáfrica. Venía como favorita tras ganar la Eurocopa de 2008 y repitió en 2012 el éxito tras revalidar el título europeo. Esta serie de triunfos consecutivos no deja de ser una anomalía en el mundo del fútbol, o al menos es la percepción que siempre he tenido con este deporte. Mientras que en el campeonato de liga las sorpresas escasean y casi todos los años sale victorioso uno de los grandes, o en su defecto, algún otro equipo que desde el inicio de la temporada muestra una gran capacidad competitiva, en los torneos de eliminatoria tengo la sensación de que es difícil acertar con cualquier pronóstico. Al menos si lo comparamos con otros muchos deportes en los que también cuentan con una competición de formato similar.

Me refiero a que en cada momento, el equipo que teóricamente es más fuerte —por nivel de presupuesto, gasto en fichajes, éxito deportivo reciente…— se lleve finalmente el título. En los últimos años ha sido fácil prever qué jugador se haría con alguno de los grand slams de tenis, deporte cuyo juego está organizado únicamente por eliminatorias. Entre 2009 y 2013 Rafael Nadal, Roger Federer y Novak Djokovic, periodo en el que ocuparon alternativamente el primer puesto de la ATP (y por tanto, eran los favoritos), lograron 17 de los 20 grandes títulos jugados en ese lustro. Los tenistas que rompieron con esas previsiones fueron Andy Murray y Juan Martín del Potro, el primero ganando el Abierto de Estados Unidos en 2012 y Wimbledon en 2013, y el segundo logrando también el Abierto de Estados Unidos en 2009. Pese a todo, estos dos jugadores consiguieron romper las quinielas ocupando en esos momentos el segundo y el tercer puesto de la lista ATP en el caso del escocés, y la sexta posición en el del argentino.

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