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Jaron Rowan

Jaron Rowan es investigador y profesor. Ha sido cofundador de YProductions, integrante del Free Culture Forum y actualmente es jefe del departamento de arte en BAU, el Centro Universitario de Diseño de Barcelona. Es autor, entre otros libros, de Emprendizajes en cultura (Traficantes de Sueños, 2010) y La tragedia del Copyright (Virus editorial, 2013).

El Plan de Cultura del Gobierno no tiene un plan

En 1830 sirviendo de ministro del Interior del Reino Unido, Lord Melbourne profirió una frase por la que se le sigue recordando: "¡Qué Dios ayude a los ministros que se inmiscuyan en las artes!". Con esto evidenciaba que no es una tarea fácil diseñar políticas culturales o fijar objetivos para un campo difícil de gobernar como es el de la cultura. Algo así podría haber pasado por la cabeza del secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, que ha presentado el Plan 2020, un proyecto impreciso, sin calendario ni presupuestos asignados, en el que se enuncian 150 medidas de forma genérica y sin concreción. En ese sentido, más que un plan, es un compendio de intenciones. Sin duda, no es el proyecto que esperaba un sector cultural maltratado por la crisis y que ha padecido un abandono y maltrato institucional evidente durante estos últimos años. 

El documento presentado llama más la atención por los debates sociales que están ausentes que por las medidas que en él se presentan. De esta forma la precariedad laboral de trabajadoras y trabajadores de la cultura ni se enuncia, los problemas de desigualdad de género tan presentes en el sector no se contemplan, no se aborda el estado lamentable en el que se encuentran muchas de las infraestructuras culturales que nacieron al calor de la burbuja financiera, no hay medidas concretas para fomentar la transparencia y acabar con la corrupción en instituciones culturales y la rebaja del IVA cultural tan demandada por los sectores tan sólo aparece de refilón (literalmente sólo se anuncia la "disminución progresiva de la imposición indirecta que afecte al ámbito cultural en colaboración con el Ministerio de Hacienda y Función Pública").

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De la propiedad Intelectual al estatuto de artista: la cultura que prometen los partidos en cinco grandes hits

PARTIDO POPULAR

El PP aboga por endurecer las leyes de propiedad intelectual. En sus propias palabras: “Hemos reforzado el marco legal para la protección de la propiedad intelectual con una nueva Ley que refuerza la lucha contra la vulneración de los derechos de autor y mejora la transparencia, el control y la vigilancia de las entidades de gestión”. Coinciden con C’s en su interés de introducir el respeto por la propiedad intelectual en el temario de la educación primaria, forzando los límites entre la educación y la propaganda. Así para este partido el problema no reside en el modelo productivo, obsoleto y poco dado a cambiar, sino en que la ciudadanía ha de ser reeducada o obligada mediante la ley a respetar un modelo que parece no comprender los retos y cambios que trae consigo el paradigma digital.

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Sobre el primer y último debate de Cultura en la campaña electoral

Los debates se ganan y se pierden, y el primer debate electoral sobre cultura que ha tenido lugar el lunes en la SER, en el programa Hoy x Hoy, lo ha ganado el secretario de Estado de Cultura Jose María Lasalle. El representante del PP ha establecido la agenda y definido el tono de un debate en el que han habido pocas novedades o propuestas interesantes. En ese sentido no sorprende que la la iniciativa haya sido suya, como le ha recordado Pepa Bueno al finalizar un torneo para el que no ha tenido rival.

El resto de las personas participantes del debate, con Iban García del Blanco como representante del PSOE, Marta Rivera de la Cruz de Ciudadanos, y Eduardo Maura de Podemos, no han podido o no han sabido cambiar el paso que él mismo marcaba, dejando a todo el mundo fuera de juego comenzando su intervención calificando de “razonable” la gestión y el estado de la cultura durante el gobierno de su propio partido.

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Operación: Politizar la Cultura popular

Lo sabemos, durante casi cuatro décadas la cultura española estuvo secuestrada, controlada y censurada por la maquinaria del régimen franquista que se empeñó en producir un imaginario cultural nacional-católico adecuado a la idea de españolidad que querían normalizar y difundir. Como en todo contexto de opresión existieron figuras críticas, exilios y producciones culturales que desafiaban al régimen, pero estas, por motivos obvios eran minoritarias y no llegaban al grueso de la población que recordemos, hasta bien entrada la década de los sesenta, era inminentemente rural y presentaba niveles de analfabetismo alarmantes comparado con sus vecinos europeos. Uno de los elementos más importantes del programa de políticas culturales públicas que se diseñó se centró en promover una ‘cultura popular’ acorde con el ideario franquista y capaz de permear el grueso de la sociedad, en ese sentido una de las áreas de trabajo del Ministerio de Información y Turismo se centró en la producción de esta nueva cultura popular que como bien señala Giulia Quaggio en su libro La cultura en transición, con esta noción no se entendía la cultura que “salía del pueblo, sino la cultura para el pueblo”. La cultura popular diseñada desde despachos, no generada en las calles.

Las instituciones se pusieron en funcionamiento para confeccionar una cultura popular y tradicional española, que desafiaba y ocultaba la pluralidad cultural y lingüística del Estado. Cual patchwork, extrajo de contexto diferentes prácticas y tradiciones culturales y las enhebró con un nuevo discurso moral creando un imaginario aceptable para el régimen y suficientemente parecido a la cultura que ya circulaba, para facilitar así su difusión. En este sentido podríamos decir que la cultura popular española es sincrética, pues reelabora elementos ya existentes vaciándolos de significados políticos y extrayendolos de su contexto. Se premió lo folclórico, expoliando la cultura tradicional andaluza para posteriormente reelaborarla como cultura nacional, a la que se añadió tintes de casticismo madrileño, la banda sonora la puso la copla y lo que se vino a llamar la canción española. No faltaron niños prodigio que trinaban en los cines y en las radios. Así se generó una cultura popular conservadora y de fácil consumo, neutralizando todo su potencial político, experimental o crítico, se impuso una versión edulcorada y reaccionaria.

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"Madrid Destino es un sistema vertical en toda regla, que trabaja más cerca de los intereses del mercado"

La Concejalía de Cultura ha desvelado el nombre de la persona que va a dirigir Madrid Destino, Cultura, Turismo y Negocio S.A., la empresa pública creada por Ana Botella para agilizar la gestión de una gran parte de los centros culturales de la capital. Se trata de uno de los más controvertidos de la anterior legislatura en lo que a cultura se refiere, ya que aúna áreas distantes -en ella fundieron las tres sociedades que creara Gallardón; la gestora de teatros y espacios escénicos del Ayuntamiento Madrid Arte y Cultura (MACSA), Madrid Visitors & Conventions Bureau (MV&CB) y Madrid Espacios y Congresos (Madridec)- y desde su nacimiento ha sido ampliamente criticado por supeditar los intereses culturales a las motivaciones económicas. La dirección de esta polémica entidad ha sido asignada a Santiago Eraso (1953), un profesional de dilatada experiencia en la gestión pública de la cultura, pero también vinculado a espacios independientes, colaborando con colectivos y participando de la cultura de base de las diferentes ciudades en las que ha habitado.

El currículum de Eraso es extenso. En el año 1977 se incorporó como funcionario responsable de la Biblioteca Pública Municipal de Tolosa, donde también fue director del Departamento Municipal de Educación, Cultura y Juventud (1982-1986). Entre 1987 y 2006 fue director de Arteleku, Centro de Arte y Cultura Contemporánea de la Diputación Foral de Gipuzkoa. De 2001 a 2015 ha sido miembro del equipo de contenidos de "UNIA arteypensamiento" de la Universidad Internacional de Andalucía. También ha trabajado como director Cultural de DSS2016EU, la candidatura de Donostia/San Sebastián a Capital Europea de la Cultura 2016 (2009-2011).

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Por qué persiste el machismo en la izquierda

Con los tiempos las palabras aparecen y desaparecen, pero algunos problemas permanecen. Pese a que por lo general nadie se muestra a favor de la discriminación de otras personas (por lo menos de forma abierta), a veces a nuestro pesar seguimos repitiendo conductas discriminatorias. Para entender un poco mejor este fenómeno, es importante prestar atención a un concepto que ha cobrado renovada vigencia: la hegemonía cultural. Inspirado en las lecturas de Lenin, una de las primeras personas en pensar y definir este concepto fue el filósofo y político italiano Antonio Gramsci.

Ya a principios del siglo XX, Gramsci notaba que la dominación de una población puede llevarse a cabo de dos formas. Por un lado se puede imponer un sistema de gobierno, obligar a la ciudadanía a seguir ciertos parámetros de conducta, instaurar un sistema de intercambio económico, introducir un cuerpo de policía, etc. Es decir, establecer un sistema de dominación social por la fuerza. Aun así, Gramsci alertaba de que hay otra forma de control de lo social que es algo más sutil pero igualmente efectivo. Denominó como hegemonía cultural las formas con las que las elites establecen y regulan el gusto, definen criterios estéticos, validan ciertas tradiciones y no otras, normalizan ciertas formas de habla, etc. Es decir, regulan lo social a través de lo simbólico. Por eso el proceso revolucionario implicaría no tan sólo tomar las instituciones de gobierno (el parlamento, la policía, el ejército, etc.), sino también reemplazar la cultura de la clase dominante por la cultura de la clase dominada.

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No cerréis los centros de experimentación cultural

La articulación institucional de la cultura y su impacto está deviniendo un tema de debate y de creciente interés al calor de los nuevos partidos políticos surgidos tras el 15M y a raíz del descontento social generalizado que impera en el Estado español. El análisis de políticas culturales no es un ejercicio simple, puesto que nos encontramos con términos que cambian de sentido y decisiones cargadas de ambivalencia y contradicciones.

Por ejemplo, en 1997, el recién electo Primer Ministro de Reino Unido Tony Blair puso en manos de Chris Smith la cartera de cultura. Esta decisión levantó muchas suspicacias y Smith ha sido una de las personas más influyentes a la par que controvertidas en lo que a las políticas culturales se refiere. Su programa se centró en el impulso de las llamadas industrias creativas y en reforzar el papel económico de la cultura. Aun así, sabía que estas no podían funcionar si no volvía a poner a las grandes instituciones culturales en un lugar preponderante de la gestión pública de la cultura. Lo hizo recuperando un término arriesgado y contundente en torno al que redefinió el papel de las instituciones culturales: la excelencia.

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