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Javier Serena

Es periodista y escritor. Sus últimos libros editados son las novelas Atila. Un escritor indescifrable (Tropo Editores, 2014), y Últimas palabras en la Tierra (Gadir, 2017)

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Si eres de Pamplona y los Sanfermines son las fiestas de tu ciudad

A muchos nos puede asaltar la duda en estas fechas, aun cuando se trate de un asunto tan elemental como las fiestas de nuestra propia ciudad. Por qué participar en las celebraciones de San Fermín a las que tantas veces has ido, y que hasta han sido el orgullo de Pamplona y han contribuido a darle un cierto aire cosmopolita, un pequeño mito que permite reconocer la bandera del antiguo campamento romano en el mundo entero, ahora que se ha señalado con razón su lado menos amable. Sobre todo, por los sucesos de hace dos Sanfermines, cuando la indeseable marabunta venida de Sevilla- como podía haber venido de cualquier otra parte, también de la misma Pamplona-, en la transmutación que experimenta la ciudad, aprovechó la discreción de un portal del Segundo Ensanche para proceder con la cobardía de una venganza perpetrada en superioridad y sin peligro de encontrar oposición, como en un carnaval veneciano en que alguien se amparara en la sonrisa de su máscara de plástico para un ajuste de cuentas a navajazos.

Los testimonios de los visitantes ocasionales a los Sanfermines tampoco aportan argumentos demasiado consistentes. Si alguien recuerda haberse vestido en su juventud con el popular uniforme rojo y blanco para conocer la  ciudad regada por botellas de champán en vez de por sus lluvias habituales, el comentario suele ser el mismo: “Yo dormía en los bancos de una plaza”, o “nuestras duchas eran las de la piscina municipal”, puede oírse, en un alegato de la vida al aire libre en la ciudad ajena que recuerda más bien a la barbarie de la aldea conquistada, un desembarco que provoca que algunas familias huyan a la playa como si no quisieran enfrentarse al espectáculo de los cuerpos empapados de vino tirados en los parques o en los bancos, ni leer la noticia del visitante neozelandés de turno con la ceja rota al saltar desde una fuente.

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