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Javier Serena

Es periodista y escritor. Sus últimos libros editados son las novelas Atila. Un escritor indescifrable (Tropo Editores, 2014), y Últimas palabras en la Tierra (Gadir, 2017)

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Si aún no tienes Instagram

“Si aún no tienes Instagram, ya estás atrasado”. Me lo dijo una amiga, con esas palabras u otras parecidas, para reírse de mi habitual torpeza en las redes sociales. Es algo por lo que muchas veces me he sentido miembro de una generación fronteriza, una impresión que tal vez compartan muchos otros, sin saber si zambullirse en los estímulos de las fotografías y los comentarios en las pantallas o quedarse en el sofá con los libros de papel y la chimenea imaginaria y fruncir el ceño ante el exceso de tecnología.

Me ha pasado ya y creo que pasará en más ocasiones en el futuro. En cuanto me incorporo a una red social y creo manejarme sin las confusiones iniciales, que al principio me hacen parecer un padre de familia que diera vergüenza a sus hijos al esperarles a la puerta del colegio, enseguida irrumpe otro nuevo invento que desplaza a mis contactos a otro formato y provoca que todo el mundo se haya ido de donde yo acabo de llegar. Así que todavía tardo un tiempo en decidirme a la mudanza al nuevo sitio, donde de pronto parecen estar puestos todos los altavoces, como si al dar de alta a sus usuarios y colocar su icono en sus teléfonos estas comunidades se apropiaran de otra parcela de esta plaza pública en que nos ha tocado despachar.

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Trabajo o enfermedad: la gran pandemia del siglo XXI

Es una de las percepciones en que me reafirmo cada día más. Si un extraterrestre aterrizara desde el pasado o el futuro, o desde una realidad ajena que le permitiera explorar nuestras costumbres con ojos nuevos, a la manera del Gurb de Eduardo Mendoza en la Barcelona de las Olimpiadas, una cosa le espantaría por encima de todas: hasta qué punto el trabajo se ha convertido en la gran pandemia del siglo XXI, como una religión a la que todos nos hubiéramos sometido con la credulidad con que una tribu antigua hiciera sacrificios a sus dioses paganos.

Quizá sea uno de los aspectos que mejor defina el espíritu de nuestro tiempo. Porque no se trata de que se trabaje más que nunca, pues los progresos tecnológicos y los derechos laborales nos han liberado de muchas servidumbres, sino del lugar central que ha ocupado en la lógica perversa de la estratificación social. Trabajar hasta la noche, llegar a una cena con la corbata desabrochada, atender el mail o el teléfono un sábado o un domingo, comer frente al ordenador, lejos de representar formas modernas de esclavitud, se han convertido en señales de prestigio frente a los demás.

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'Ana de día' o cómo hacer una primera película en España

Contra todas las sospechas que rodean la cultura, que parece una actividad alimentada de subvenciones desmedidas, con artistas instalados bajo la placidez de unos focos hollywodienses en que la fama y la buena vida coinciden por igual, el ejemplo de la película Ana de día sirve para desmentir estos mitos.

En todos los ámbitos sucede: muchos editores se lanzan a la aventura de producir libros con el colchón de una herencia, y ese dinero y el romanticismo del olor del papel de los primeros ejemplares pronto se esfuma entre pagos a imprenta y cajas de novedades acumuladas en el almacén. Escritores, músicos o actores racanean horas al sueño y a sus familias para dedicar las fuerzas que les quedan a su otra vida clandestina, y hasta ha habido prestigiosos directores de cine que han hipotecado su vivienda para sufragar sus películas y en cambio son recibidos con un recelo de jauría.

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'Los niños perdidos': un libro tan molesto para Trump como para Obama

Recorriendo la frontera sur de los EE.UU, en un viaje familiar por Nuevo México y Arizona en que las horas de conducción se pasaban escuchando emisoras locales de radio y hojeando periódicos comprados en las gasolineras, Valeria Luiselli oyó una noticia recurrente a la que los periodistas volvían una y otra vez con la gravedad de una emergencia nacional: era la historia de decenas de miles de niños que cruzaban solos la frontera entre México y EE.UU y resultaban detenidos, en una atmósfera de nerviosismo por parte de la población que muchos medios parecían recoger y alentar al mismo tiempo.

A la autora mexicana le espantó tanto el hecho de pensar en  aquellos huérfanos empujados a luchar por su porvenir a una edad tan temprana entre las patrullas que custodiaban el desierto, como algunos artículos de prensa en los que abundaba el tono apocalíptico. “¡Las langostas! (…) Traerán consigo su caos, sus enfermedades contagiosas, su mugre bajo las uñas, su oscuridad”, escribe Valeria Luiselli en Los niños perdidos (Sexto Piso), al ridiculizar algunas de aquellas piezas informativas que parecían más apropiadas para realizar el anuncio de una plaga bíblica que para cubrir una emergencia humanitaria.

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Turistas que odian el turismo

Si a lo largo de buena parte del siglo veinte le acompañó la aureola de archipiélago protegido del exceso de civilización, con una atmósfera apátrida y contracultural que parecía plantear un modo de vida alternativo a la rutina de las grandes ciudades europeas, esa condición de territorio virgen ha actuado como el veneno que parece haberla transformado hasta destruirla. Explotada por la afluencia creciente de turistas año tras año, su mito entero ha quedado tan arruinado que ya no queda ni la más mínima columna del antiguo templo de proporciones perfectas que en algún momento debió de ser: lo que hace mucho tiempo tal vez se tratara de un retiro tranquilo para pintores y escritores de cualquier nacionalidad, ahora se asemeja más bien al epicentro del lujo y el consumismo más encarnizado.

Ese riesgo a que se perdiera su encanto original, el temor al aluvión de yates y discotecas que han terminado por conquistar la isla, ya lo pareció detectar de manera muy anticipada Walter Benjamin en la década de los años treinta del pasado siglo XX. Lo recuerda así Vicente Valero en su libro Extranjería y pobreza, un excelente repaso por el periplo balear del autor alemán en el periodo de entreguerras, donde cuenta cómo en su segunda estancia en la isla, en 1933, Benjamín descubrió desencantado algunos cambios que le atemorizaron: subidas exponenciales en los precios de alquiler y una presencia cada vez más numerosa de extranjeros, hasta el punto que la isla había quedado ya invalidada para alejarlo de los nazis, como sí pensaba que ocurriría en su primer viaje de apenas un año antes.

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El gran sueño de la startup  

Uno sabe que las ilusiones a las que ha dedicado gran parte de su vida no son las más comunes, y aunque es bien consciente de que supone una singularidad fantasear con ocupar un buen espacio en el escaparate de una librería o aguardar una reseña de cierto crítico en el suplemento cultural de cada sábado, hay ocasiones que sirven para recordar lo alejadas que pueden estar estas aspiraciones de las más habituales.

Esa sensación me asaltó hace poco tras la charla que mantuve con el hermano de un amigo al que llevaba años sin ver, una tarde en que le visitamos en su casa y en que la deriva de la conversación provocó que él revelara unas ambiciones empresariales que yo nunca le hubiera atribuido, y que explicó en todo momento sin quitar el ojo de la televisión, como si esa caja parpadeante fuera la bola prodigiosa que hiciera las veces de un oráculo. Tenía dos grandes ideas en mente, tal como esbozó con los pies puestos en la mesa y echando la ceniza del cigarro en un vaso vacío. Una, que se le había ocurrido por la reciente paternidad de unos viejos compañeros del colegio, consistía en localizar jóvenes que buscaran obtener un sobresueldo con el cuidado de bebés y ofrecer su perfil con la garantía de otros usuarios anteriores a las parejas que planearan cenar el viernes o el sábado fuera de casa; y la otra, que me pareció más original y hasta cubierta de alguna clase de intención humanitaria, trataría de enlazar a los dueños de alguna camada amplia de gatos o perros u otro tipo de mascotas con un segundo grupo de personas que quisieran recibir los cachorros sobrantes en adopción. “Es perfecto”, decía aquel tipo cuya indolencia natural le impediría llevar a la práctica ninguno de sus propósitos, que aspiraba además a vender sus negocios a algún inversor por una cantidad suficiente para no tener que hacer ni un solo esfuerzo más en adelante.

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Si eres de Pamplona y los Sanfermines son las fiestas de tu ciudad

A muchos nos puede asaltar la duda en estas fechas, aun cuando se trate de un asunto tan elemental como las fiestas de nuestra propia ciudad. Por qué participar en las celebraciones de San Fermín a las que tantas veces has ido, y que hasta han sido el orgullo de Pamplona y han contribuido a darle un cierto aire cosmopolita, un pequeño mito que permite reconocer la bandera del antiguo campamento romano en el mundo entero, ahora que se ha señalado con razón su lado menos amable. Sobre todo, por los sucesos de hace dos Sanfermines, cuando la indeseable marabunta venida de Sevilla- como podía haber venido de cualquier otra parte, también de la misma Pamplona-, en la transmutación que experimenta la ciudad, aprovechó la discreción de un portal del Segundo Ensanche para proceder con la cobardía de una venganza perpetrada en superioridad y sin peligro de encontrar oposición, como en un carnaval veneciano en que alguien se amparara en la sonrisa de su máscara de plástico para un ajuste de cuentas a navajazos.

Los testimonios de los visitantes ocasionales a los Sanfermines tampoco aportan argumentos demasiado consistentes. Si alguien recuerda haberse vestido en su juventud con el popular uniforme rojo y blanco para conocer la  ciudad regada por botellas de champán en vez de por sus lluvias habituales, el comentario suele ser el mismo: “Yo dormía en los bancos de una plaza”, o “nuestras duchas eran las de la piscina municipal”, puede oírse, en un alegato de la vida al aire libre en la ciudad ajena que recuerda más bien a la barbarie de la aldea conquistada, un desembarco que provoca que algunas familias huyan a la playa como si no quisieran enfrentarse al espectáculo de los cuerpos empapados de vino tirados en los parques o en los bancos, ni leer la noticia del visitante neozelandés de turno con la ceja rota al saltar desde una fuente.

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