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Javier Serena

Es periodista y escritor. Sus últimos libros editados son las novelas Atila. Un escritor indescifrable (Tropo Editores, 2014), y Últimas palabras en la Tierra (Gadir, 2017)

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“Los menonitas tienen miedo al progreso: puede contaminarlos y conducirlos a su final”

Carromatos del siglo diecinueve, faldas largas para las mujeres y petos de granjero y sombreros de paja para los hombres, escuelas en que no hay otro libro de lectura salvo los tomos de cuero negro de la Biblia, familias con decenas de hijos e hijas de pelo rubio y de ojos azules que delatan su origen centroeuropeo y una sangre limpia de mestizaje en pleno corazón de Paraguay: son los menonitas, una comunidad anabaptista que durante años fue la obsesión del fotógrafo Miguel Bergasa (Pamplona 1951), quien desde principios de los 80 realizó varios viajes al país atraído por su modo de vida.

En su exposición `Menonitas en Nueva Durango´, que acoge el Museo de la Universidad de Navarra hasta el 24 de marzo, recoge imágenes de una colonia ortodoxa de esta corriente surgida en la época de la reforma protestante, y que desde el siglo XVI inició su éxodo cruzando países y continentes para montar y desmontar una y otra vez su particular patria al margen del tiempo: migraciones sucesivas de Prusia a Rusia y Ucrania; de Canadá a Estados Unidos y México; o más tarde a Paraguay o Bolivia. Existen varias ramas, algunas más integradas y abiertas, pero perviven otras donde todavía rigen sus tradiciones originales, como falansterios que se protegieran de la civilización gracias a unas normas propias y una economía autosuficiente.

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Las noticias que no existen

A mí me sucede con frecuencia, e imagino que a casi todos: al abrir un periódico al azar o al echar un vistazo rápido a la televisión, nos queda una sensación amarga que nos hace pensar que todo va a peor. Cualquier asunto que se convierte en noticia, lo que merece un gran titular o un artículo extenso, lo es por algún factor negativo que lo distingue de la normalidad, y no al revés. Da igual que sean desastres urbanísticos o naturales o cambios políticos que hace poco nos parecerían tan disparatados que nadie los creería, como el del surgimiento de una derecha situada tan a la derecha que cuesta verla dentro del mapa de la legalidad, porque la sensación de apocalipsis que deja es inevitable.

Así que al escribir una columna como esta uno puede actuar por reflejo: añadir un gruñido más a los que acaba de leer, porque no faltan razones para preocuparse, y hay suficientes temas para la indignación como para llenar columnas en varios periódicos a la vez.

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A una sola carta

Hay un rasgo compartido por muchos personajes que provocan nuestra admiración, y no tiene que ver con ninguna forma de éxito, ni con la fama ni el dinero, ni tan siquiera con la excelencia en su trabajo, sino con una grieta común en su biografía: haber conocido el fracaso antes de tocar el cielo, y haberse mantenido firmes frente a la adversidad fieles a la apuesta de cada cual.

Los ejemplos se dan en todos los ámbitos. García Márquez, tras algunos libros iniciales de escasa repercusión, con 37 años y dos hijos pequeños, abandonó el trabajo en el periódico y se encerró a cal y canto a escribir Cien años de soledad. Tardó 18 meses, y en el transcurso de su proceso creador su mujer tuvo que vender el coche y pedir dinero prestado a amigos y familiares, sin saber si su marido había enloquecido o estaba tocado por un genio que no podía discutir. Algo parecido le ocurrió al chileno Roberto Bolaño, aunque no sólo durante dos años, sino durante su vida entera: hasta los 43 su obra apenas se distribuyó en editoriales muy marginales, mientras él vivía ejerciendo de vigilante nocturno, de lavaplatos, de vendedor ambulante, en oficios que dejarían de tener el prestigio de la bohemia con el paso de los años, relegado al papel de mantenido de su mujer en un pequeño pueblo de la costa gerundense, hasta convertirse en el autor en español más reconocido en décadas.

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Quién sería Alfredo Landa hoy

Si hubiera que inventar hoy un personaje popular para las películas de sobremesa, ya no sería el que representó tantas veces Alfredo Landa: el aldeano calado con la boina y aferrado a su equipaje temeroso del tráfico de la Gran Vía, desconcertado por la belleza de las mujeres madrileñas y los hábitos sofisticados de la capital tras un largo viaje en autobús. Hoy tal vez habría que hacer la construcción inversa: llevar el ridículo y el pasmo del campesino sobrepasado por la gran ciudad al urbanita que nunca ha vivido fuera de la capital, porque le extrañaría descubrir esa otra vida que existe sin la asfixia de las horas perdidas en el metro y los pisos tan mínimos que recuerdan a los hoteles cápsula japoneses que hace poco parecían una profecía apocalíptica.

Quizá todos seamos víctimas de nuestra época, pero no deja de ser una realidad. Todos los focos están puestos hoy en el centro, en las grandes capitales. No sólo en Madrid y Barcelona, sino también en Nueva York, en Londres, en Tokio, en Berlín y en tantas otras que conforman nuestro imaginario cosmopolita, de tal forma que cualquier hecho de relieve ocurre en lugares en los que no hemos estado ni estaremos nunca.

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Si aún no tienes Instagram

“Si aún no tienes Instagram, ya estás atrasado”. Me lo dijo una amiga, con esas palabras u otras parecidas, para reírse de mi habitual torpeza en las redes sociales. Es algo por lo que muchas veces me he sentido miembro de una generación fronteriza, una impresión que tal vez compartan muchos otros, sin saber si zambullirse en los estímulos de las fotografías y los comentarios en las pantallas o quedarse en el sofá con los libros de papel y la chimenea imaginaria y fruncir el ceño ante el exceso de tecnología.

Me ha pasado ya y creo que pasará en más ocasiones en el futuro. En cuanto me incorporo a una red social y creo manejarme sin las confusiones iniciales, que al principio me hacen parecer un padre de familia que diera vergüenza a sus hijos al esperarles a la puerta del colegio, enseguida irrumpe otro nuevo invento que desplaza a mis contactos a otro formato y provoca que todo el mundo se haya ido de donde yo acabo de llegar. Así que todavía tardo un tiempo en decidirme a la mudanza al nuevo sitio, donde de pronto parecen estar puestos todos los altavoces, como si al dar de alta a sus usuarios y colocar su icono en sus teléfonos estas comunidades se apropiaran de otra parcela de esta plaza pública en que nos ha tocado despachar.

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Trabajo o enfermedad: la gran pandemia del siglo XXI

Es una de las percepciones en que me reafirmo cada día más. Si un extraterrestre aterrizara desde el pasado o el futuro, o desde una realidad ajena que le permitiera explorar nuestras costumbres con ojos nuevos, a la manera del Gurb de Eduardo Mendoza en la Barcelona de las Olimpiadas, una cosa le espantaría por encima de todas: hasta qué punto el trabajo se ha convertido en la gran pandemia del siglo XXI, como una religión a la que todos nos hubiéramos sometido con la credulidad con que una tribu antigua hiciera sacrificios a sus dioses paganos.

Quizá sea uno de los aspectos que mejor defina el espíritu de nuestro tiempo. Porque no se trata de que se trabaje más que nunca, pues los progresos tecnológicos y los derechos laborales nos han liberado de muchas servidumbres, sino del lugar central que ha ocupado en la lógica perversa de la estratificación social. Trabajar hasta la noche, llegar a una cena con la corbata desabrochada, atender el mail o el teléfono un sábado o un domingo, comer frente al ordenador, lejos de representar formas modernas de esclavitud, se han convertido en señales de prestigio frente a los demás.

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'Ana de día' o cómo hacer una primera película en España

Contra todas las sospechas que rodean la cultura, que parece una actividad alimentada de subvenciones desmedidas, con artistas instalados bajo la placidez de unos focos hollywodienses en que la fama y la buena vida coinciden por igual, el ejemplo de la película Ana de día sirve para desmentir estos mitos.

En todos los ámbitos sucede: muchos editores se lanzan a la aventura de producir libros con el colchón de una herencia, y ese dinero y el romanticismo del olor del papel de los primeros ejemplares pronto se esfuma entre pagos a imprenta y cajas de novedades acumuladas en el almacén. Escritores, músicos o actores racanean horas al sueño y a sus familias para dedicar las fuerzas que les quedan a su otra vida clandestina, y hasta ha habido prestigiosos directores de cine que han hipotecado su vivienda para sufragar sus películas y en cambio son recibidos con un recelo de jauría.

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'Los niños perdidos': un libro tan molesto para Trump como para Obama

Recorriendo la frontera sur de los EE.UU, en un viaje familiar por Nuevo México y Arizona en que las horas de conducción se pasaban escuchando emisoras locales de radio y hojeando periódicos comprados en las gasolineras, Valeria Luiselli oyó una noticia recurrente a la que los periodistas volvían una y otra vez con la gravedad de una emergencia nacional: era la historia de decenas de miles de niños que cruzaban solos la frontera entre México y EE.UU y resultaban detenidos, en una atmósfera de nerviosismo por parte de la población que muchos medios parecían recoger y alentar al mismo tiempo.

A la autora mexicana le espantó tanto el hecho de pensar en  aquellos huérfanos empujados a luchar por su porvenir a una edad tan temprana entre las patrullas que custodiaban el desierto, como algunos artículos de prensa en los que abundaba el tono apocalíptico. “¡Las langostas! (…) Traerán consigo su caos, sus enfermedades contagiosas, su mugre bajo las uñas, su oscuridad”, escribe Valeria Luiselli en Los niños perdidos (Sexto Piso), al ridiculizar algunas de aquellas piezas informativas que parecían más apropiadas para realizar el anuncio de una plaga bíblica que para cubrir una emergencia humanitaria.

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Turistas que odian el turismo

Si a lo largo de buena parte del siglo veinte le acompañó la aureola de archipiélago protegido del exceso de civilización, con una atmósfera apátrida y contracultural que parecía plantear un modo de vida alternativo a la rutina de las grandes ciudades europeas, esa condición de territorio virgen ha actuado como el veneno que parece haberla transformado hasta destruirla. Explotada por la afluencia creciente de turistas año tras año, su mito entero ha quedado tan arruinado que ya no queda ni la más mínima columna del antiguo templo de proporciones perfectas que en algún momento debió de ser: lo que hace mucho tiempo tal vez se tratara de un retiro tranquilo para pintores y escritores de cualquier nacionalidad, ahora se asemeja más bien al epicentro del lujo y el consumismo más encarnizado.

Ese riesgo a que se perdiera su encanto original, el temor al aluvión de yates y discotecas que han terminado por conquistar la isla, ya lo pareció detectar de manera muy anticipada Walter Benjamin en la década de los años treinta del pasado siglo XX. Lo recuerda así Vicente Valero en su libro Extranjería y pobreza, un excelente repaso por el periplo balear del autor alemán en el periodo de entreguerras, donde cuenta cómo en su segunda estancia en la isla, en 1933, Benjamín descubrió desencantado algunos cambios que le atemorizaron: subidas exponenciales en los precios de alquiler y una presencia cada vez más numerosa de extranjeros, hasta el punto que la isla había quedado ya invalidada para alejarlo de los nazis, como sí pensaba que ocurriría en su primer viaje de apenas un año antes.

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El gran sueño de la startup  

Uno sabe que las ilusiones a las que ha dedicado gran parte de su vida no son las más comunes, y aunque es bien consciente de que supone una singularidad fantasear con ocupar un buen espacio en el escaparate de una librería o aguardar una reseña de cierto crítico en el suplemento cultural de cada sábado, hay ocasiones que sirven para recordar lo alejadas que pueden estar estas aspiraciones de las más habituales.

Esa sensación me asaltó hace poco tras la charla que mantuve con el hermano de un amigo al que llevaba años sin ver, una tarde en que le visitamos en su casa y en que la deriva de la conversación provocó que él revelara unas ambiciones empresariales que yo nunca le hubiera atribuido, y que explicó en todo momento sin quitar el ojo de la televisión, como si esa caja parpadeante fuera la bola prodigiosa que hiciera las veces de un oráculo. Tenía dos grandes ideas en mente, tal como esbozó con los pies puestos en la mesa y echando la ceniza del cigarro en un vaso vacío. Una, que se le había ocurrido por la reciente paternidad de unos viejos compañeros del colegio, consistía en localizar jóvenes que buscaran obtener un sobresueldo con el cuidado de bebés y ofrecer su perfil con la garantía de otros usuarios anteriores a las parejas que planearan cenar el viernes o el sábado fuera de casa; y la otra, que me pareció más original y hasta cubierta de alguna clase de intención humanitaria, trataría de enlazar a los dueños de alguna camada amplia de gatos o perros u otro tipo de mascotas con un segundo grupo de personas que quisieran recibir los cachorros sobrantes en adopción. “Es perfecto”, decía aquel tipo cuya indolencia natural le impediría llevar a la práctica ninguno de sus propósitos, que aspiraba además a vender sus negocios a algún inversor por una cantidad suficiente para no tener que hacer ni un solo esfuerzo más en adelante.

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