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José Manuel Rodríguez Uribes

Doctor en Derecho desde febrero de 1998 y Profesor Titular de Filosofía del Derecho desde septiembre de 2001, primero en la Universitat de València (2001-2004) y en la actualidad en  la Universidad Carlos III de Madrid. Es autor de Opinión pública. Concepto y modelos históricos (Madrid, 1999), Sobre la democracia de Jean-Jacques Rousseau (Madrid, 1999) y Formalismo ético y constitucionalismo (Valencia, 2002), ha participado en capítulos de libros colectivos sobre teoría del Derecho, historia de los derechos humanos o derechos sociales y ha escrito numerosos artículos en revistas científicas y en prensa periódica. Ha impartido clases en Universidades y centros de investigación europeos y americanos. Dirige la Cátedra Berinstain sobre el Terrorismo y sus Víctimas del Instituto de Derechos Humanos Bartolomé de las Casas, del que fue Secretario Académico, Subdirector y Director de su programa de Doctorado. Entre 2005 y 31 de diciembre de 2011 fue Director General de Apoyo a Víctimas del Terrorismo en el Gobierno de España.

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Contra la corriente, o en defensa del sistema

Un mundo con normas, eso es precisamente la democracia constitucional que nos hemos dado, en España desde 1978, y que debemos preservar para no volver a las andadas o para que no la destruyan unos u otros, desde dentro o desde fuera del sistema. Reglas, por tanto, para todos (gobernantes y gobernados) y para todo (organización territorial del Estado, prevención y combate de la corrupción, etcétera) menos para la ética privada, donde la única norma debería ser la conciencia individual. Por eso cuando en el espacio público, político o económico, aquéllas se olvidan o no existen la consecuencia no es otra que el abuso, el exceso, el daño al más débil, la corrupción o el enriquecimiento ilícito o desmesurado. Crisis y más crisis, económica, social, medioambiental, política y moral; desconfianza y más desconfianza, que es lo único que no resiste la democracia constitucional como recordé en esta misma Agenda Pública.

No hay que ser particularmente hobbesiano para saber que necesitamos reglas, la historia nos lo enseña, que el anarquismo político es infantil y que el económico es egoísta y cruel. Somos inevitablemente seres sociables, desde Aristóteles, por tanto, animales políticos. La sublimación de la individualidad y de la soledad, una estética del fatalismo y del retiro que encontramos, por ejemplo, en el gran Pessoa influido por el Ciudadano de Ginebra, o en Shopenhauer, es materialmente imposible en su universalización además de un signo de trágico pesimismo y de desesperación sobre la condición humana, incompatible con la vida social. “Por lejos que se busquen ejemplos en el tiempo y en el espacio –escribió en este sentido Lévi-Strauss- la vida del ser humano se inscribe en marcos que ofrecen rasgos comunes. Siempre y en todas partes el hombre vive en sociedad”. Sólo cabe, por tanto, esta vida compartida, la intersubjetividad y la alteridad permanente, incluso en el mejor de los casos, la amistad que compensa nuestro egoísmo y nuestra falibilidad. “Ansiamos la amistad porque somos seres sociables –escribirá también Paul Auster-, nacidos de otros seres y destinados a vivir entre otros seres hasta el día de nuestra muerte”. Esta sociabilidad amistosa, la antítesis de la guerra, requiere el respeto mutuo, la tolerancia positiva y nos sugiere la simpatía y la solidaridad, para ser mejores o para no perder, según los casos. Las desigualdades originales, naturales, económicas o sociales (pobres y ricos, vulnerables y fuertes, sabios o ignorantes) sólo pueden ser corregidas y equilibradas con reglas compartidas y con un reparto democrático del poder. Sin aquéllas o sin éste sólo hay violencia, miseria, oscuridad, destrucción...

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Sin confianza no hay democracia

Suele decirse que no hay mejor defensa que un buen ataque. Se dice para la vida y también en política. En este ámbito otros prefieren utilizar metáforas deportivas, como que lo importante es meter gol, una forma pedestre de defender la perniciosa máxima del fin justifica los medios. Son, en todo caso, malos consejos, estrategias políticas o formas de relacionarnos con los demás que nos llevan a la destrucción; a la nuestra y a la del otro. El modelo de sociedad que representan es poco amable, poco amistoso, una suerte de darwinismo social al que solo le importa el resultado, que desconfía del ser humano, un pesimismo antropológico que arranca con Hobbes y que culmina con este capitalismo financiero despiadado y egoísta en el que vivimos. La peor veta de la Modernidad.

En política, un signo de esta lógica es el recurso a la falacia en cualquiera de sus formas, de acuerdo con la clasificación que nos hizo Bentham. Se utiliza un argumento “con el propósito de inducir a engaño”, bien por parte de quien acusa, bien por quien se defiende de la acusación (a veces, por ambos). Se parte de la idea de que decir la verdad es cosa de ingenuos, que la política es sólo poder y que por tanto requiere ficción, simulación u ocultación, un permanente baile de máscaras en el que lo importantes es no dejar de bailar.

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Las víctimas del terrorismo en España

Prefacio a Las víctimas del terrorismo en España, Ed. Dykinson

“En materia de apoyo a las víctimas –escribieron en junio de 2009 en el diario El país Gustavo Suárez Pertierra y Fernando Reinares-, España ha terminado por convertirse en una referencia mundial”. Las asociaciones de víctimas del terrorismo gozaron asimismo, en particular entre 2004 y 2011, de una visibilidad y de un poder de influencia, social y mediática, sin precedentes. Paradójicamente su mayor fuerza se dio en ese tiempo, cuando se estuvo más alerta frente al terrorismo islamista tras el 11-M y, sobretodo, cuando el terrorismo de ETA se debilitó operativamente como nunca antes. Son unos años en los que, además, la banda separatista sufre un desgaste social desconocido hasta entonces, que terminó siendo decisivo, muy especialmente tras el proceso de diálogo que rompe ETA con los asesinatos de Carlos Palate y Diego Armando Estacio, dos jóvenes inmigrantes ecuatorianos, el 30 de diciembre de 2006. La estrategia policial y de política antiterrorista del Ministerio del Interior, en especial con Alfredo Pérez Rubalcaba, socavó la estructura “militar” de la banda y, a la vez, su caldo de cultivo social. Y, claro está, sin el reconocimiento a las víctimas, esto segundo no hubiera sido posible. La deslegitimación social de ETA fue paralela a la visibilidad de sus víctimas, en una concepción integral de la seguridad que incluyó la humanización del daño causado, la dignificación de las personas que lo padecieron directamente, un daño que no fue ni colateral ni inevitable, dos prejuicios inaceptables de los terroristas. Con todo, diez crímenes más se sucederían entre 2007 y el 20 de octubre de 2011, cuando la banda declara el cese definitivo de su actividad armada. Fernando Trapero y Raúl Centeno, Juan Manuel Piñuel, Luis Conde de la Cruz, Isaías Carrasco, Inaxio Uría, Eduardo Puelles, Carlos Saénz de Tejada, Diego Salvá y en Francia Jean-Serge Nérin, perdieron la vida con los últimos coletazos de ETA. Una agonía que se nos hizo muy larga y dolorosa pese a que se trataba del periodo de nuestra historia contra la banda con más detenciones decisivas y en el que, consecuentemente, ésta cometió el menor número de crímenes. Todo lo que ha sucedido después, desde principios de 2012, y todo lo que está sucediendo, es un proceso de ajuste, a veces contradictorio o poco preciso, también en ocasiones difícil para las víctimas o para algunas de sus asociaciones, a esta realidad feliz del fin de ETA, la banda que pretendió la independencia política y jurídica de una Euskalerria imposible, que incluía además de al actual País vasco y a Navarra, a tres demarcaciones del sudoeste de Francia. No era sólo la segregación o la ruptura de la unidad de España y de Francia lo que estaba en juego con la presencia mortífera de ETA, sino, lo que es más importante sin duda: la aniquilación del pluralismo y de las libertades individuales a partir del nacionalismo étnico uniformador en el que se inspiró ideológicamente. Por eso es tan importante el éxito del fin de ETA, un éxito sin duda compartido. Por el conjunto de la sociedad española, incluida la vasca por supuesto, por los sucesivos gobiernos democráticos desde los tiempos de Adolfo Suárez y Felipe González y, claro, por las víctimas y sus familias.

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La Iglesia Católica o el miedo a la libertad

Los aires frescos del nuevo Papa, Francisco I, se transforman en aire viciado al cruzar los pirineos hacia el sur. Aquí sigue Rouco Varela con sus dogmas, el jefe integrista de la Conferencia Episcopal que alecciona y ordena a un gobierno, el de Mariano Rajoy Brey, que obedece rápido y sin rechistar. El otrora liberal Gallardón se olvida de la Constitución, de la misma norma exhibida y manoseada cuando interesa, y de que nuestro país es un Estado no confesional, laico en su lógica más avanzada, en el que un muro de piedra debe separar a la Iglesia del Estado. Pensábamos que el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, los Quicos, estarían en retirada con un Papa jesuita y latino americano que recuerda a Pablo VI y a Juan XXIII. Pero no. Hasta el final nos seguirán diciendo cómo debemos vivir, cómo debemos morir, con quién podemos acostarnos o casarnos, a quién debemos querer, etc.

No han entendido nada de la Modernidad, de la Ilustración y del proceso de secularización propio de sociedades abiertas y libres. No han aprendido que el pluralismo y el respeto a la dignidad humana son sagrados. Que sin ellos no es posible la vida civilizada y en paz. Que debemos preservar la conciencia individual de injerencias externas. Que es obligación del Estado no adoctrinar sino ensenar a pensar. “¡Sapere aude! Ten valor de pensar por ti mismo; atrévete a saber” era el lema ilustrado que inmortalizó Kant. En lugar de esto, la jerarquía católica de nuestro país combate los matrimonios entre personas del mismo sexo, la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo, el derecho a una muerte digna, la virtuosa asignatura de educación para la ciudadanía, el divorcio, sobre todo el llamado exprés que permitió Rodríguez Zapatero, es decir, sin culpables, cuando llega el desamor.

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Tomarse en serio la responsabilidad política

Vivimos malos tiempos para nuestra joven democracia, envejecida de pronto. No sólo sufre achaques propios de la edad, de la complejidad de nuestras sociedades; últimamente tiene espasmos, como los de un animal viejo y moribundo, que no tienen que ver con el paso del tiempo. La crisis financiera, americana o transatlántica, fue el origen pero no es hoy la causa principal. Provocó los primeros síntomas, básicamente por confundir la economía libre de mercado con un capitalismo sin alma, despiadado, que no defendería ni Adam Smith. Hoy, con todo, la cosa es mucho más seria. Esa crisis financiera mutó en muy poco tiempo, particularmente en nuestro país, y se transformó en una crisis total: económica, social e institucional. Los demonios del pasado despertaron de pronto.

Mientras tanto, el gobierno de Rajoy no ha dado con la medicina. 15 meses después de su aplastante victoria electoral, el paciente está más grave. Prometió unos tratamientos y ha aplicado los contrarios, guiado por un deber inescrutable, que sólo él conoce. Enredado en primas de riesgo y contenciones del déficit, recortes y promesas incumplidas, el gobierno de Rajoy ha terminado por desahuciar a una buena parte de la sociedad. Ha retirado casi todas las redes de protección que servían de vacuna, y muchos ciudadanos han caído al vacío y lo siguen haciendo. Solos, desamparados. La política y el Estado empiezan a no tener sentido para ellos. Los primeros espasmos de nuestra democracia hacen acto de presencia.

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El fin de la igualdad

Decía Oscar Wilde que la mejor manera de responder a la tentación era caer en ella. Esta vez y sin que sirva de precedente, no seguiré el consejo del ilustre dramaturgo irlandés, tan beneficioso en tantos ámbitos de la vida. No escribiré sobre el tentador tema de la situación del PSOE, ni sobre su Secretario General elegido hace 10 meses, por el que, dicho sea de paso, siento afecto y respeto, ni sobre el futuro de la socialdemocracia, ni sobre la situación de la izquierda en general, ni sobre la independencia de Cataluña, ni sobre el concepto de matrimonio, sobre todo después de contar con una sentencia histórica del Tribunal Constitucional. No les daré gusto a los conservadores, a la derecha española o catalana, encantadas con que los progresistas nos dividamos, nos miremos al ombligo, nos flagelemos aunque sea con una fusta laica o, sin más, sigamos obedientemente la agenda que nos marcan. Cómo entramos al trapo! Cuando lo hacemos (y lo hacemos tanto!) ellos sonríen mientras acarician un gato, leí hace tiempo en twitter. Evocadora imagen.

A mí, lo que de verdad me preocupa, lo que me preocupa más, mucho más, infinitamente más, es lo que realmente está sucediendo, sí, en estos 10 meses, pero en nuestro país (aunque no sólo aquí) con  la complicidad egoísta de Alemania y el silencio ensordecedor de una Unión Europea paralizada y sin liderazgo. Mientras nos distraemos con algunos de aquellos temas, auténticas cortinas de humo, los fanáticos de la economía como moral que no leyeron nunca a Adam Smith han acabado con la economía política y, a fortiori, con los derechos sociales y su soporte político-jurídico, el Estado del Bienestar, que no es otra cosa que el bienestar de los ciudadanos en general y la protección de los más débiles en particular. Como es sabido, aunque se está olvidando, la Europa unida se construye tras la II Guerra Mundial precisamente con esa utopía en el horizonte. Lamartine decía que las utopías no son sino verdades prematuras y Weber que había que pedir lo imposible para alcanzar lo posible.

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