Sin confianza no hay democracia

CP

Suele decirse que no hay mejor defensa que un buen ataque. Se dice para la vida y también en política. En este ámbito otros prefieren utilizar metáforas deportivas, como que lo importante es meter gol, una forma pedestre de defender la perniciosa máxima del fin justifica los medios. Son, en todo caso, malos consejos, estrategias políticas o formas de relacionarnos con los demás que nos llevan a la destrucción; a la nuestra y a la del otro. El modelo de sociedad que representan es poco amable, poco amistoso, una suerte de darwinismo social al que solo le importa el resultado, que desconfía del ser humano, un pesimismo antropológico que arranca con Hobbes y que culmina con este capitalismo financiero despiadado y egoísta en el que vivimos. La peor veta de la Modernidad.

En política, un signo de esta lógica es el recurso a la falacia en cualquiera de sus formas, de acuerdo con la clasificación que nos hizo Bentham. Se utiliza un argumento “con el propósito de inducir a engaño”, bien por parte de quien acusa, bien por quien se defiende de la acusación (a veces, por ambos). Se parte de la idea de que decir la verdad es cosa de ingenuos, que la política es sólo poder y que por tanto requiere ficción, simulación u ocultación, un permanente baile de máscaras en el que lo importantes es no dejar de bailar.

Es la Realpolitik, la política de “la realidad”, que conduce a la lógica de la fuerza, del secreto, del cinismo y de la mentira. En democracia normalmente no se da la violencia física y, cuando la hay, suele estar sometida al control jurisdiccional, pero sí la manipulación y el envilecimiento, el engaño. La falacia juega en este contexto un papel fundamental. También la ausencia de altruismo y de solidaridad, una suerte de “sálvese quien pueda” que se acentúa con crisis económicas como la que estamos padeciendo (unos más que otros).

Sin embargo, creo que esta “visión del mundo”, de la política y estas estrategias maniqueas, de larga tradición a partir de la filosofía de la “razón de Estado” (tantas veces “pasión de Estado”) de la que se han ocupado entre otros Rafael del Águila, Javier de Lucas o Eusebio Fernández, que llegan hasta Carl Schmitt en su versión más extrema, si se quedan entre nosotros y se generalizan son un cáncer para la democracia. Soy consciente de que la política no es para ingenuos, ni para mentes simples o inocentes, ni mucho menos para incompetentes, ni que decir siempre la verdad a todo el mundo sea lo más aconsejable como supo ver Constant frente a Rousseau. Hay un punto de hipocresía que sin duda nos civiliza, nos ayuda a soportarnos los unos a los otros.

Pero esto es una cosa y otra que aceptemos que el hombre público, el político, pueda ser un sinvergüenza, un corrupto, o un canalla. O peor aún, que lleguemos a pensar que “político” es sinónimo de todo esto. Debemos recuperar una mirada sobre la política que sólo incluya a personas honestas, honradas, a poder ser austeras, con vocación de servicio a los ciudadanos, con grandeza y generosidad, y no con ansia de poder o de riqueza; personas con principios y convicciones, depositarias de “virtudes públicas” que diría Victoria Camps aunque no sean perfectas (imposible por otra parte) y, eso sí, con todos los escrúpulos y reparos del mundo hacia el dinero público.

Me temo que el deterioro en nuestro país de nuestra joven democracia, la desconfianza que señalan todas las encuestas, trae causa de una pérdida progresiva de estos valores intrínsecos que la conforman y que van más allá de la administración del poder por la mayoría.

La democracia es, debe ser (debería ser) también un modus vivendi, una forma de relacionarse con los demás, incluso de reconciliarse, de no sentir como ajeno nada que le afecte al otro de una forma relevante, de entender el poder y la vida social como un espacio para la convivencia, la libertad, el desarrollo personal y colectivo, con igualdad de oportunidades y con cohesión; sí, nada nuevo que no esté escrito, que no pueda encontrarse en las mejores propuestas republicanas sobre la democracia, desde la Grecia Clásica hasta sus versiones más contemporáneas, con Skinner, Pettit o incluso Habermas, por ejemplo; versiones republicanas de la democracia que han incorporado también lo mejor del liberalismo y del socialismo democrático y que hoy hemos terminando denominándolas “democracias constitucionales”.

Es verdad que se trata de propuestas exigentes, nada fáciles de convertir en realidad. Son un ideal que debemos perseguir aunque nunca lo alcancemos. Pero nuestro problema hoy no es de exceso de pretensiones, por habernos exigido mucho, sino por habernos conformado con muy poco, incluso por haber tragado con ruedas de molino intragables; hemos caído muy bajo.

La corrupción o el enriquecimiento ilícito de una parte significativa de la clase política y el abuso de poder, entre otras prácticas perniciosas, han contribuido a esta crisis institucional que vivimos. También lo ha hecho la ruptura de las reglas del juego limpio que las acompaña inexorablemente, el abandono de esos principios y valores que definen hoy una genuina democracia constitucional: el de solidaridad, el de igualdad de oportunidades, el de respeto hacia el otro, a su privacidad, al adversario político, demasiadas veces enemigo, al valor de la palabra dada, de las promesas, etcétera, etcétera. La política del todo vale con tal de conseguir los fines que se persiguen y los escasos frenos morales de algunos de sus protagonistas explican todos estos fenómenos de corrupción y deterioro de la vida pública.

Ahora que muchos denuncian los déficits de nuestra Transición, en algunos casos con toda razón (la mitificamos en exceso) deberíamos reconocer también algunos de sus logros y éxitos, y de sus enseñanzas olvidadas, quizá la más importante el espíritu de consenso que la impulsó o la idea de compromiso altruista. No era sólo la voluntad de llegar a acuerdos, sino la forma en que se llegó a ellos, con amistad cívica, con limpieza, evitando la agresión cainita, la imposición, la mentira o la deslealtad (sobre la que se ocupó, por ejemplo, Albert Calsamiglia). Éste, al menos, fue el espíritu de la mayoría (quizá también porque la España negra que surge de la guerra civil estaba muy cerca, muy reciente) y, lamentablemente, lo hemos perdido…

Hoy, en nuestro país, vivimos malos tiempos para los principios y los valores, para una visión ilusionante de la política y de la democracia, para la ética pública que diría mi querido maestro Gregorio Peces-Barba. La crisis, y su gestión insolidaria, la corrupción, y su gestión irresponsable, nos han llevado al desencanto generalizado, a la huida en unos casos, al oportunismo en otros y al cinismo en casi todos, incluso a una cierta guerra de todos contra todos. Así no saldremos de ésta aunque los datos económicos digan algún día que sí.

Tampoco dependerá de un mirlo blanco fruto de una primarias, por mucho valor que tenga este procedimiento democrático, que sin duda lo tiene y debería generalizarse en todos los partidos. Hay que asegurar antes y entre todos algunas certezas (básicamente jugar limpio) y evitar esta deriva maquiavélica, en el peor sentido, en la que estamos.

Desgraciadamente, los ejemplos de falacias y de juego sucio son numerosos y los encontramos todos los días y por todas partes. En los políticos, en los medios de comunicación y en la llamada sociedad civil. Me centraré en uno por la relevancia del caso y por su protagonista, el presidente del Gobierno, que es quien debería dar más y mejor ejemplo. Sí, como ha podido comprobarse estos meses y también en su comparecencia forzada en el Parlamento el pasado 1 de agosto, Rajoy no pudo evitar esta tentación de defenderse de su responsabilidad evidente por el caso Bárcenas, hoy ya caso PP (especialmente después del episodio de los ordenadores borrados) mediante el recurso a falacias de todo tipo, incluso al ataque personal, por ejemplo contra el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, “vituperative personalities”.

Utilizó falacias de peligro (“quien nos ataca, impide la recuperación económica”) falacias de dilación (postergando la discusión todo lo posible) falacias de confusión (meter todo –y a todos- en un mismo saco) etcétera, etcétera. También lo ha hecho una persona normalmente sensata y preparada (más allá de sus “sermones” de los viernes) como la vicepresidenta Sáenz de Santamaría o un hombre dialogante y abierto como Alfonso Alonso. Bárcenas les ha sacado a todos de quicio y les ha llevado a vivir permanentemente en la mentira, en el despropósito…

Sin embargo, creo que aún están a tiempo de cambiar esta deriva perversa que ha acentuado particularmente la desconfianza en las instituciones, en la democracia parlamentaria o representativa, en la nobleza de la Política. Si queremos empezar a recuperar alguna dosis de crédito ciudadano, de confianza en el sistema, el presidente debería empezar por asumir él sus responsabilidades, palmarias, por este caso gravísimo de corrupción y de engaño. Ya lo debería haber hecho pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Debería hacer, al menos, lo que ha hecho el presidente Griñán en Andalucía a propósito del caso de los ERES fraudulentos: dimitir. Sin más. Eso sí, Rajoy debería impulsar, antes de irse, una reforma del reglamento de la Cámara que facilite la transparencia y el dinamismo del Parlamento, para que, entre otras cosas, el Gobierno y su presidente comparezcan siempre que lo pida la oposición, automáticamente, sin ir arrastras y tarde. Los grupos parlamentarios deben poder controlar al ejecutivo sin que éste se esconda detrás de su mayoría absoluta. La regla de la mayoría tiene sentido en la función legislativa del Parlamento, aunque tampoco de una forma total (debe combinarse sabiamente con el diálogo –vg, para el problema con Catalunya-) pero no lo tiene en relación con las funciones de control, al menos para activarlas y posibilitarlas.

En suma, el recurso sistemático a la falacia o directamente a la mentira, con una falta de respeto elemental hacia los ciudadanos, tratándonos como menores de edad, junto al abandono de los principios más elementales de honradez y honestidad, de transparencia y visibilidad, de fair play o, también, de solidaridad con los más débiles, no augura nada bueno para nuestra democracia. Lo sabemos ya. Estamos en el momento más crítico.

Este Gobierno, principal responsable a mi juicio de este deterioro, no es sin embargo el único responsable. Sería pueril y sectario pensarlo. Lo somos todos, cada uno en su nivel, el resto de partidos políticos también (incluidos los minoritarios), los medios de comunicación y el conjunto de los ciudadanos que debemos exigir (e interiorizar) el debido respeto a las reglas y a los valores democráticos. La democracia es la única forma de gobierno que requiere para su existencia de la confianza de los ciudadanos (todas las demás se las arreglan directamente con la fuerza, con la violencia, incluso física) y si se pierde del todo, sencillamente, estamos perdidos... Sin confianza, no hay democracia. La historia nos lo enseñó en 1933 y, en nuestro país, en 1936. No volvamos a empezar…

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