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Josep Lobera

Profesor de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid y en Tufts University & Skidmore College. Es director científico del informe bienal sobre la Percepción social de la Ciencia y la Tecnología en España, coordinador de la Encuesta de Convivencia Social e Intercultural en territorios de alta diversidad y coeditor de la Revista Española de Sociología

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El 15M sigue despertando simpatías, ocho años después

El 15M va camino de convertirse en lo que la literatura denomina un evento transformador (eventful event) de trascendencia histórica. Más allá del surgimiento de un partido político como Podemos, es posible que su influencia a medio plazo se extienda a la cultura política de la ciudadanía en España. Sin duda, su huella está presente en el campo de los movimientos sociales progresistas, incorporándose a la memoria que alimenta la identidad colectiva y las prácticas de las movilizaciones en el presente (Gongaware, 2011). Sin embargo, su relevancia puede trascender los círculos del activismo más vivo para configurarse como un factor de (re)politización de un grupo más amplio de la ciudadanía, especialmente, los jóvenes (Benedicto y Ramos, 2018) y los sectores progresistas, donde su legado parece configurarse como un posible componente de la cultura política.

¿Perdura el 15M en la memoria de la ciudadanía? ¿Conserva los niveles de simpatía que despertó en su día? ¿Se está transmitiendo ese conocimiento y adhesión a la juventud que no lo experimentó directamente? ¿Qué huella electoral ha dejado?

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Tripartidismo: el nuevo escenario de (in)gobernabilidad

Es la primera vez. La encuesta publicada ayer por El País estima que Podemos sería la fuerza más votada en unas elecciones generales. Según Metroscopia, la formación de Pablo Iglesias obtendría hoy el 27,7% de los votos, mientras que PSOE y PP obtendrían 26,2% y 20,7%, respectivamente. Desde 1982 ningún tercer partido político se había colado en el bipartidismo mantenido por PP y PSOE. Es un hecho que rompe, en tan solo ocho meses, la dinámica electoral de los últimos treinta años en España. ¿Quiere decir que Pablo Iglesias será el próximo presidente del Gobierno? No. Quiere decir que la mesa tiene tres patas. Y eso es una novedad de dimensiones enormes. A estas alturas, es imposible predecir cómo va a evolucionar la dinámica electoral hasta las próximas elecciones. Pero si Podemos llegase a ser la lista más votada en las próximas elecciones generales (o el PSOE o el PP), cualquier posibilidad de formar gobierno pasaría hoy por el pacto. ¿Coalición PSOE-PP? ¿Pacto Podemos-PSOE? ¿Podemos-PSOE-IU? ¿Coalición arcoíris? ¿Escenario “a la italiana”? Estas especulaciones son las que van a llenar más minutos de tertulia política hasta las elecciones. El nuevo debate se llama problema de gobernabilidad. Falta todavía mucho para el 13 de diciembre de 2015 (la fecha más probable para las próximas elecciones generales). Son precisamente los meses después de las elecciones municipales, donde se sitúa el principal reto para Podemos, cuando las baterías políticas y mediáticas van a estar dirigidas a analizar con lupa las decisiones electorales de aquellos consistorios gobernados por personas militantes o simpatizantes con este partido. Acierto mayúsculo, el de no presentarse a las elecciones en ocho mil municipios. Pero, aun así, el flanco está abierto y habrá militantes de Podemos que formarán parte de varios gobiernos municipales a los que se les va a escrutar cada decisión. Inevitablemente, más de una noticia y más de dos van a aparecer. Y será en ese espacio temporal entre las municipales y las generales donde se cristalizarán las nuevas estrategias electorales. A tres bandas (para variar). El PP, salvo sorpresa mayúscula, tejerá una comunicación dirigida a evitar la hemorragia de votantes esgrimiendo el miedo al “neo-chavismo”, esgrimiendo ejemplos de decisiones de gobiernos locales con vinculaciones con Podemos que puedan ser utilizables con este fin. Y recordará lo malo que era Zapatero y los ERES de Andalucía. En ese nuevo escenario interelectoral, Podemos seguirá con el discurso de crítica al bipartidismo (que tan buen resultado le está dando y que todavía no se ha agotado). Pero, además, tendrá que defenderse de algunas polémicas en los próximos gobiernos locales. Muy probablemente, subrayando la línea que separa el equipo de Pablo Iglesias de todos aquellos militantes que gobiernan en los municipios y de los que no se puede responsabilizar. Es quizás la estrategia que minimice los daños, pero incluso con la amputación de responsabilidades perderá algunos votos. Ya sabemos que el que se defiende está, solo por defenderse, en posición de pérdida electoral. El PSOE tiene tres opciones estratégicas. Dirigirse hacia un escenario postelectoral en el que pueda pactar con el PP o con Podemos, acercando la línea discursiva a la coherencia con uno de los dos posicionamientos. O mantenerse en la ambigüedad. Esta última opción tiene muchas desventajas, el ciudadano de a pie percibe rápidamente el juego ambiguo y lo sanciona. Y a medida que nos vayamos acercando a diciembre de 2015 será cada vez más difícil de sostener. Sin embargo, esta es la opción que parece que va a adoptar el PSOE. Y cuando llegue el momento de elegir (momento que llegará): ¿pactarán con el PP o con Podemos? Obviamente no lo van a decir antes de las elecciones, pero se diría que Sánchez-Díaz parecen más cerca de lo primero que de lo segundo. La encuesta de ayer (y la del CIS, que aparecerá en breve) confirma el fin de una época y el inicio de otra. Podemos es, ya, un actor de primera fila en el escenario electoral, a pesar de no disponer de ningún parlamentario ni de representación alguna en las instituciones en España. Ha roto la baraja, ha desplazado a Izquierda Unida y UPyD, que ahora esperan poder ser necesarios para pactar en un Parlamento fragmentado y que alguna eventualidad haga que Podemos se desplome tan rápidamente como ha subido. Podemos, hoy, podría ser la lista más votada; pero, en el nuevo escenario de tripartidismo que se perfila, esa no es condición suficiente para poder gobernar. Pero el tripartidismo virtual que hoy se constata es una situación dinámica y los elementos que han aupado a Podemos todavía no se han detenido. Las encuestas muestran que la insatisfacción política busca sus cauces. Y Podemos tiene un aspecto y ocupa un lugar que lo convierte en la vaguada natural por el que baja buena parte del agua de la insatisfacción política, por los motivos que comenté en este blog hace quince días. La capitalización del descontento por este nuevo partido tiene mucho que ver con sus decisiones pero también con el contexto. La miríada de casos de corrupción política, como una percusión incesante, agrieta, caso a caso, la ya muy mermada confianza que los españoles en el funcionamiento político (no solo erosiona el apoyo específico sino, también, a niveles más difusos del sistema). Sectores empresariales y políticos parecen haberse emparejado obscenamente a costa de los impuestos y los recortes en el bienestar de (casi) todos. Tarjetas black, paraísos fiscales, dinero b, regalos, favores. Lo peor (o lo mejor, según se mire) son los detalles; el morbo de ver en qué se gastan el dinero es un motor poderoso para el descreimiento y el resentimiento. La corrupción no parece ya una borrasca sino como algo generalizado desde hace tiempo, como “la verdad de la vida” que nadie nos había contado. Hay quienes creen que PP y PSOE pueden ser los instrumentos que permitan una regeneración de la política. Pero cada vez son menos. Podemos tiene el campo abonado para seguir creciendo. Pero, ahora que está en primera fila, va a recibir un fuego más intenso por parte del resto de actores políticos. Especialmente cuando haya elementos concretos a los que agarrarse, cuando en algún lugar alguien que dice que estuvo una vez en un círculo tome decisiones y gobierne. A partir de mayo, Podemos recibirá una confrontación directa más intensa, aunque no quiera. Por otro lado, la estrategia que adopte el PSOE frente al tripartidismo será clave y marcará la dinámica política de los próximos años. Cuando deje de poder ser equidistante, cuando tenga que elegir, ¿se acercará más a Podemos o al PP? Esa decisión generará nuevos discursos y marcará la dinámica política en el futuro.

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Podemos: un sustrato político transversal

El sustrato estaba. Hacía falta una chispa adecuada para que el malestar social ocupara las calles en 2011; sucedió antes de unas elecciones municipales y autonómicas. Hubo un antes y un después: visibilización y movilización se retroalimentaron mutuamente en el 15-M y sus propuestas de no votar a los partidos mayoritarios (PP, PSOE y CIU) acabaron calando en la opinión pública y en su comportamiento electoral. Tres años más tarde, el sustrato electoral estaba. Hacía falta una chispa adecuada para aglutinarlo. Distintas propuestas políticas lo intentaron, pero no lo lograron. En cuatro meses de vida, Podemos obtuvo cinco eurodiputados, aportados directamente por ese sustrato. Hoy sería segunda o tercera fuerza política en unas elecciones generales, gracias a un fenómeno de retroalimentación entre visibilizacion y fuerza similar al que alimentó al 15-M en su momento. Partido X, Equo, incluso Izquierda Unida e UPyD, habían intentado nutrirse de ese caladero de insatisfacción política pero no lo lograron. ¿Qué elementos estaban presentes en la primavera de 2014 en Podemos que no estuvieron presentes en intentos anteriores? Han sido varios. En primer lugar, la figura de un líder, como supuso la aparición en la escena político-mediática de Pablo Iglesias. La efectividad una estrategia basada en un/a líder político para aglutinar la indignación política es algo que, a pesar de a algunos les pueda parecer contradictorio, no lo es en absoluto. El liderazgo político (el ejercicio de una figura carismática dentro de una formación) no ha sido aprovechado por otros partidos, a pesar de los recurrentes avisos de la teoría política sobre las funciones específicas y poderosas que posee. Alguien que personalice el discurso, una voz que exprese el descontento y que ejerza liderazgo es valorado positivamente, también entre el sustrato indignado. La figura de un/a líder logrará más adhesión electoral, especialmente en tiempos de crisis, que otras estrategias de futuro (pero todavía no con capacidad aglutinadora en el presente) que recortan el peso estratégico del o la líder. A esa (efectiva) estrategia centrada en la figura se le suman una especial habilidad para el debate cuerpo a cuerpo, la novedad y (fundamental) una gran visibilidad en los medios de comunicación de masas. El poder de los medios masivos en la transmisión del discurso político es, ha sido y seguirá teniendo un efecto inmenso. Pero todo ello era insuficiente sin un discurso transversal. Y, en mi opinión, esa ha sido una de las decisiones más efectivas que ha tomado Podemos hasta la fecha. Me baso en la investigación que realicé junto a Víctor Sampedro para el encuentro 15Mp2p y en la que destacamos la fuerte transversalidad del 15M y de sus críticas al modelo político heredado de la Transición. En ella se observa claramente cómo los simpatizantes del 15M y, por lo tanto, los más críticos con el funcionamiento político actual y los proclives a nuevas propuestas políticas, eran mayoría en todos los sectores de la población (ya se haga la criba por grupos de edad, sexo, estado laboral, hábitat e, incluso, ideología política). El hecho de que fuesen mayoría no quiere decir que la simpatía con las propuestas del 15M se manifestase con igual intensidad en todos los grupos de población, pero sí que el caladero electoral es transversal. Esta es la misma transversalidad que el Partido Popular, con una estrategia igualmente efectiva, intenta romper. Con ella, trata de activar el voto útil ante “la amenaza chavista” entre su (muy) desgastado electorado. Podemos ha roto (o al menos lo intenta de manera insistente) la lógica izquierda-derechas que ha funcionado en España desde la Transición (y en la mayor parte de los países de nuestro entorno). Dice representar la voz de todos, del 99%, frente a las élites políticas y económicas, de la “casta”. Un término mediático y viral que sintoniza con el sentir profundo de muchos. Son aquí comprensibles las críticas políticas y prevenciones académicas sobre su uso, pero he oído a poca gente de a pie criticando que se emplee. Al contrario, en quienes terminan una frase con “la casta” se percibe una cierta sonrisa desahogada. Es innegable que el término resulta efectivo, que conecta con un sentir popular y que cambia el eje izquierda-derecha por el de arriba-abajo. Y, en un tiempo de malestar y cansancio, parece evidente su efectividad electoral. Desde mayo de 2010, la erosión del apoyo político ha ido en aumento, en todos sus niveles. El descontento económico se ha fundido con el descontento político y, este, se ha extendido, con muy pocos matices, alcanzando a líderes políticos, partidos políticos e instituciones públicas. El descontento es transversal y Podemos ha establecido un discurso que conecta con esa transversalidad. Así, son varios los elementos contribuyen a que Podemos se nutra de ese sustrato indignado: la figura de un líder, su visibilidad mediática, la habilidad en el debate público, la novedad (no hay facturas pendientes) y el marco transversal del discurso político. Elementos que no se habían dado antes, todos ellos, en una misma formación política desde los años ochenta. Hay un cambio profundo en el sentir de la política de los españoles. Estamos ante un cambio de paradigma. La Cultura de la Transición está en transición. ¿Hacia dónde? Eso dependerá de cómo evolucione la interacción de los protagonistas del juego político (ciudadanía, partidos y medios de comunicación incluidos) y de cómo jueguen sus cartas.

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¿Dónde están los votantes de izquierda?

Elección tras elección, durante los últimos dos años, se incluye esta pregunta en los debates postelectorales. ¿Acaso los recortes no tendrían que impulsar un auge de los partidos de izquierda en las distintas elecciones? Aunque cada elección (autonómicas, generales, municipales) responde a su propio contexto, resulta evidente el retroceso del voto de izquierdas respecto a elecciones anteriores a 2010.

¿Dónde están los votantes de izquierda? Más que responder la pregunta, como veremos, hay que desenredarla. Para ello, en primer lugar, conviene recordar cómo se ubican ideológicamente los votantes en España: en torno al 25% se sitúa entre el centroizquierda y la izquierda; el 45% se ubica en el centro; y cerca del 25% lo hace entre el centroderecha y la derecha. Estas proporciones no han cambiado de manera considerable en los últimos años, los votantes siguen estando —más o menos— donde estaban, pero su voto ha cambiado sensiblemente desde 2010. Principalmente, ha cambiado el voto de aquellos que se sitúan ideológicamente en el centro y en el centroizquierda. Esta variación ha marcado las últimas elecciones y lo seguiría haciendo si hoy hubiese elecciones generales. 

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