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Mario Rodríguez

Licenciado en Filosofía.

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Eligiendo papel

Para Albert Camus, el actuar de cualquiera desvela sus sentimientos y emociones inconscientes y por tanto más sinceras. No hay una frontera clara entre la pantomima del actor y la sinceridad impetuosa de sus pasiones. Pero precisamente el enfrentamiento entre esos opuestos, el debate ante esa paradoja sin solución que califica como lo absurdo, desvela de alguna manera el posicionamiento de cada cual ante el dilema. Lo absurdo se constata siempre por la comparación entre el deseo y la realidad. Cuanto más se aleja el deseo de la realidad más absurda parece la existencia; la acción asociada al deseo que previsiblemente fracasará.

Esa tensión, la relación siempre ilógica entre la necesidad de sentido, unidad y claridad —yo añadiría con Nietzsche, de poder (hacer)— y la pluralidad irreductible y todopoderosa del caos en el que se inscriben nuestras vidas, es la tercera pata de la paradoja. La filosofía ha pretendido, según Camus, solucionar esta tensión paradójica, de lo absurdo, optando por negar una de las partes. La huella de Parménides en la filosofía occidental no permite más que un sistema. Mayoritariamente, por herencia del pensamiento religioso, la negación ha recaído sobre la vida, y por tanto, se tiende a afirmar lo trascendente (lo más allá de la vida) como una forma de evadirse de la impotencia. Es lo que llama la actitud del renuciamiento o el suicidio.

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La nube hongo. Filosofía y crisis socio-política

La nube hongo, la onda expansiva y los efectos arrasadores de las explosiones de bombas atómicas han sido un icono del poder del occidente capitalista desde la II Guerra Mundial. Estos bombazos pueden verse desde perspectivas como la ecológica, la militar geoestratégica, la artística, la científica, la pedagógica, publicitaria, etc. Desde una perspectiva estética, es decir aquella que estudia las diversas causas y efectos psicológicos, sociales, políticos y culturales de las manifestaciones artísticas, la bomba atómica, como icono, podría interpretarse como la manifestación de una pretensión de poder absoluto usando los recursos de lo sublime. Lo sublime provoca sobrecogimiento, a la vez horror y admiración ante algo infinitamente poderoso, de la misma manera que el Dios de las culturas monoteístas. Un poder absoluto que reúne a la vez la fuerza, la bondad y la sabiduría —padre, hijo y espíritu santo. Desde una perspectiva eurocéntrica, esa trinidad secularizada son el poder militar, moral y científico de la civilización occidental frente al resto del planeta bárbaro.

El icono que indica radioactividad es un aviso a navegantes, una amenazadora danza de guerra para enemigos incautos. Pero la misma lógica con la que se somete a los extraños se somete a los propios, aunque los iconos ya no recurren tanto a lo sublime como a lo bello, es decir, lo armónico, regular, eficaz, placentero, obediente, predecible, feliz, etc. Muchos hermosos ejemplos de cómo la iracundia del poder se calma con la obediencia del harem, el santoral de los buenos ejemplos y la milicia fiel. En este caso la demostración de la fuerza ya no es tan evidente como la de la onda expansiva y la columna estratosférica de humo. En este caso la técnica ya no procede de los laboratorios de ciencia natural, sino de los de ciencias sociales.

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