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Noemí López Trujillo

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Los emigrados españoles empiezan a volver (y no está siendo fácil)

Una maleta también es un trozo de tierra. Un objeto cotidiano donde guardar un jersey, un abrigo, unas botas, y que simboliza una patria en transición. El equipaje recuerda a quien se marcha que sus cosas no están en el mismo lugar en el que siempre estuvieron.

En 2010, decenas de miles de personas empaquetaron sus cosas y se fueron al extranjero. Ese año, la emigración española a otros países de la Unión Europea empezó a crecer a un ritmo más intenso que la de otros países del sur del continente que también vivían una crisis en auge, como apuntaba el informe elaborado por la socióloga Amparo González ( La nueva emigración española. Lo que sabemos y lo que no). Solo dos años después, en 2012, España pasaba de ocupar el puesto número 14 de emisor de emigrantes laborales al Reino Unido al segundo puesto (únicamente por detrás de Polonia).

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Cumplir 30 con ganas de ser madre y trabajo precario: aplazar los hijos hasta que quizá sea demasiado tarde

Tenía diez años cuando mi primo David nació. Mi tía nos dejó una noche al bebé en casa, le preparamos una cama en la salita, junto a la bicicleta estática. Recuerdo que me desperté a medianoche y fui a hurtadillas a la habitación para verlo. Me asomé a la cuna improvisada y le di besos en la cara. Pensaba: "Te quiero mucho". Pensaba: "Ojalá seas mío". Durante el día los adultos –mis padres y mis tíos– me hacían darme cuenta de mi propia realidad, que yo era muy pequeña para cuidar de un bebé. Pero durante aquellos cinco minutos a solas imaginé que era su madre.

A partir de entonces, a veces fantaseaba con tener una barriga de embarazada. Me ponía un cojín bajo el jersey y apoyaba mis manos en la cintura, a la altura de los riñones, como si llevase una gran carga en mi diminuto cuerpo. En unos meses cumpliré 30 años y cada vez más imagino mi vientre como una tumba a la que algún día llevaré flores. Un lugar en el que nunca habrá nada, que siempre estuvo muerto. Soy una madre sin hijo. Y eso me aterra.

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Mujeres juzgadas por dar biberón: "Hay algunos que te insinúan que si no das el pecho eres mala madre"

Mayo de 1985. Una mujer corre apurada hacia el hospital en el que está ingresado su bebé recién nacido, que habita en una incubadora. Le toca la siguiente toma y aunque intenta darle el pecho, el niño, furioso, se revuelve. Apenas come. Ella se ha pasado parte de la mañana extrayendo el alimento de su pecho con un sacaleches y lo ha introducido en un biberón que lleva en la mano. "Llego tarde", se dice, y acelera. Al entrar se tropieza, se cae y el biberón se rompe, derramando el líquido. En el suelo, el reguero parece una vía láctea que da origen al desastre. "A la mierda, no puedo más", piensa. La madre es la escritora Elvira Lindo, que recuerda aquella anécdota como el momento en el que decidió que no le daría de mamar a su hijo.

"En esa época me sentía un poco desamparada, el niño estaba en la incubadora y cuando me lo daban para mamar lloraba, no se agarraba al pecho. Yo había intentado dárselo de todas las maneras. En casa me veía con el sacaleches y me resultaba un poco humillante: yo sola y sin el niño en casa. Ahí pensé que dar el biberón sería más fácil para mí y así lo hice". Elvira Lindo reconoce que no se sintió juzgada por esta decisión: "Me sentí sola en todos los aspectos, y por eso me pareció más llevadero el biberón. Dicen que dar de mamar crea un vínculo pero no creo que ese vínculo se resuma en dar de mamar de la teta. Yo estoy muy unida a mi hijo y creo que eso viene del amor que le di, de ocuparme de él".

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Las niñas madre de las chabolas de El Gallinero: un bebé en los brazos a los 14 años

Larisa es la única niña de El Gallinero que lleva pantalones largos. Está a punto de cumplir 14 años y no quiere ser madre, sino peluquera. Sus progenitores, Livia y Elvis, quisieron ponerle falda larga cuando le bajó la regla, como es tradición en la cultura rumana gitana. Dijo que no, con convicción adulta. También se negó a casarse. Ellos saben que si no lo hacen pronto, perderán la dote. "Primero quiero estudiar y trabajar para que mi madre ya no tenga que salir a pedir dinero en la calle. No quiero ser como el resto de chicas que se casan tan pronto", explica Larisa.

Su hermana Alicia, de nueve años, ya lleva falda larga. "Es una manera de mostrar respeto frente a los chicos", dice Larisa, "pero a mí es que ahora no me interesan los chicos". 

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Anciano y gay: la fórmula de la sexualidad escondida

Jesús Herrero sorbe su café sentado en la terraza de un bar mientras aparta las moscas con la mano. Lo hace con el mismo gesto con el que se ha sacudido durante años la palabra "maricón" en boca ajena. A sus 75 años vive su sexualidad con menos pudor que cuando tenía 20. En voz baja, porque así es como se hacen las confidencias, dice: "A veces veo un chico en el metro y pienso: 'Ay, qué guapo'. Pero nunca les digo nada, eso les puede violentar". 

Es tan "religioso como marica", asegura. Estudió Filosofía y Teología en un seminario de Francia, su sueño era ser misionero en África pero le expulsaron por ser gay: "Me dijeron que era muy nervioso. Sutilezas". Su orientación sexual fue durante décadas como vestir de luto y guardar silencio. 

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