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Pablo L. Orosa

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Abiy Ahmed: un equilibrista para una paz que le ha valido el Nobel, pero que no significa el fin de los conflictos en Etiopía

A Abiy Ahmed se le da bien construir la paz. En menos de año y medio en el poder ha logrado poner fin a dos décadas de disputa con Eritrea, ha mediado en las crisis regionales de Sudán y Sudán del Sur y ha logrado que por primera vez desde 1970 no haya –al menos oficialmente– ningún grupo armado tratando de derrocar al Gobierno. Estos méritos, unidos a su agenda feminista y al apoyo de una comunidad internacional rendida a su política de privatizaciones, le han granjeado un premio Nobel de la Paz. Pero la ausencia de guerra no implica que haya paz. 

El pasado mes de junio, un intento de golpe de Estado liderado por un coronel liberado por el propio Ahmed en la amnistía decretada tras llegar al poder demostró que el equilibrio por el que camina la paz en Etiopía es frágil. Meses antes, el propio Ahmed sobrevivió a un atentado terrorista durante un mitin. La ‘Abiymania’ que ha conquistado las redes sociales y las portadas de la prensa internacional ha desatado, al mismo tiempo, los recelos en un Estado con más de 80 grupos étnicos que se debate entre dos formas de entender el país. 

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Eastleigh, la barriada de Nairobi donde terminan los refugiados del cuerno de África

Zahra lleva tanto tiempo aquí, entre las calles abigarradas, sucias, que ya no sabría decir cuál es su verdadero Mogadiscio. Si el que dejó atrás, en Somalia, siendo un niña o este sucedáneo levantado al este de Nairobi en el que han crecido sus tres hijos.

Aquí, en el 'Little Mogadisho' [pequeño Mogadiscio] al que desde los años 90 no han parado de llegar las víctimas de la violencia en Somalia, se habla alto, casi gritando, se come carne de cabra y estofado de camello en el Kilimajaro Food Court y se masca khat con la misma ansiedad que en cualquier puesto del mercado de Bakaara.

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La guerra y la sequía en Somalia obligan a más de un millón de personas a abandonar sus casas en 2017

No hay ojos más tristes en este campo de Somalia que los de Ebba. "Aquí los niños se mueren diariamente de hambre", dice la mujer cuando habla del campamento de Waliyow, a apenas unos cientos de metros del Palacio presidencial de Mogadiscio, donde hace ya más años de los que puede recordar fue a parar su familia huyendo de la violencia de Al Shabab. Ebba detalla el tiempo que, relata, transcurre hasta que a otro de los chiquillos que corretean por la barriada se le apaga la mirada.

Según Acnur, la mortalidad infantil en los campos de desplazados está "seis veces" por encima de una media que ya es una de las más altas del mundo: 137 niños por cada 1.000 nacimientos.

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No saber si tendrás agua al día siguiente: la vida de miles de refugiados en Uganda

Al cielo de las guerras no le gusta la lluvia. Al menos no la lluvia tranquila que riega los pastos y humedece las gargantas. La lluvia de las guerras es violenta: cuando cae, solo sabe arrasarlo todo. Cuando huye, se lleva consigo alientos. Antes de que la guerra volviese a Juba, porque la guerra en Sudán del Sur nunca ha terminado de irse, a Betty le encantaba la lluvia.

La lluvia que reverdecía las cosechas y las ganas de seguir bailando. Ahora que vive de prestado en la vecina Uganda, a Betty le cuesta mirar al cielo. De donde caían las bombas ahora caen los mosquitos cargados de malaria. Más todavía le cuesta mirar al suelo. A cada pisada, este se resquebraja y por hondo que perforen allí ya no queda agua. Ni para lavar. Ni para cocinar. Ni siquiera para beber.

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'La tregua de los zapatos' intenta que los jóvenes no caigan en manos de las maras guatemaltecas

En un barrio en guerra, cuando no mueres, matas. Por eso, Christian, el joven que inventó una tregua en La Limonada, una de las comunidades más peligrosas de Guatemala, lleva a la virgen en el pecho y una bala en su espalda. Síntesis vital: plomo y perdón.

Hace siete años, la lucha entre la maras lo ató para siempre a una silla de ruedas. "Aquella bala tenía nombre". Christian García entendió que entre el cielo y el infierno había una salida: evitar que más nombres como el suyo engordasen la lista negra de las pandillas.

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