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Rafael Pérez Llano

Santander, 1959. Escritor y empleado público.

Sucios sentidos inéditos

La frase del título es de Juan Carlos Onetti. Les aconsejo que, como lectura playera, la busquen por toda la obra del uruguayo sin usar métodos electrónicos. Llenen la bolsa con sus libros como si fueran best-sellers. La cita es, por supuesto, prescindible, pero siempre queda bien referirse en agosto a un aguafiestas. Las tres palabras envuelven a una pareja fugada de una pista de baile con un acuerdo impuro, imprevisto y carnal (y sobre todo táctil, olfativo, sonoro: sudor, pócima ácido-alcalina, jadeos) que deja un rastro pornográfico muy difícil de borrar, reescribir, dulcificar o censurar incluso para los moralistas más desalmados. Vienen bien esas tríadas en un momento anacrónico de una ciudad en verano, durante un paseo sin vergüenza después de una tregua de calor no declarada por la multitud, cuando la masa provisional ha despejado las calles en sumisa sincronía antes de la siguiente oleada de hipótesis con sombrilla bajo la lluvia. Este recurso introductorio y sin embargo evasivo sólo puede ser invocado con comodidad en un escenario lleno de falsos diamantes calientes comprimidos por el ambiente de invernadero con parterres de bisutería cultural, que no lo es porque sea barata o pobre o de baja calidad, sino por esa abundancia que cumple a rajatabla las reglas del adocenamiento triunfal. Somos los mejores. Cuantos más turistas vienen, menos caja se hace: algo no cuadra; pero somos los mejores. Cuando baja el desempleo, aumenta la miseria. El paraíso es increíble, pero todos queremos blindarlo y venerarlo.

Ahí al lado hay unas cuantas botellas de después del botellón (es obligatorio hablar de la lacra oficial aunque este artículo no lo financien los esforzados hosteleros) tan ordenadas en la escalinata ceremonial de la segunda o tercera (si contamos la cripta, el vientre de la ballena) catedral que dan miedo porque parece que, además de juerga, ha habido misa negra. Todas iguales, de la misma marca, pero cada una con un nivel distinto de un líquido digno del ‘Piss Christ’ de Andrés Serrano, formando una escala de mapas y notas con sus somorrostros, senos y valles. Pero no: no quieran saber cuánto arranque hay disuelto ni porqué flotan colillas. Confórmense con conceder que el turbio paseo nos ha llevado a una metáfora privada: lo público está en decadencia. Pensábamos que eso era desorden, pero, si dicen que la máquina funciona, habrá que creérselo.

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Un mundo sin pobres

El alcalde de Torrelavega, supongo que por error, llamó pobres a los pobres, y el Partido Popular ha protestado. Según un concejal, se trata de un exceso inadmisible denominar así a las personas acogidas al Fondo de Suministros Básicos, cuya situación, señala, puede ser momentánea. Parece que entiende la pobreza como una suerte de profesión sin origen ni remedio y que no merece el nombre gente subvencionada que mañana puede ser rica en lugar de no-pobre.

Otra concejala del mismo partido (aprovecho para felicitar al señor Casado de la manera más hipócrita posible) ha dicho que "clasificar a los vecinos entre pobres y ricos es básicamente desconocer el tejido social de nuestra ciudad". Puede que tal tejido (¿quién maneja el telar?) tenga muchos matices, cada uno con su palabra que olvidar, pero, desde luego, la división entre ricos y pobres no parece una falacia.

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La abolición respondida

«Un poema que no respetase los principios de la termodinámica sería la mejor descripción de la soledad de una esponja exfoliante robada a un tritón en un momento obligado de reflexión para advertir que esta no es una crítica seria de un compendio poético, sino una llamada al orden y a la vez una señal de alarma. Postulan engendros como el que aquí juzgamos el desequilibrio, sin más, de una expresión que las contenga todas, como si los los lotófagos pudieran recordar que su nutrición es el olvido. Afirman que lo que no es trabajo es calor y viceversa, y que toda explotación de un cuerpo entraña un frío indefinible. Defienden que ese frío puede entregar luz al desierto de los géneros y obligar a la entropía a viajar hacia un estado inconstante alejado de cero tanto como de la vigilancia y el castigo. Tal actitud no debe ser consentida.» (Alegato fiscal durante el juicio a un rapero surrealista.)

Mientras escribo esto pasan en televisión un reportaje sobre un falso queso muy reputado, pero de pronto la voz en off gira en el cielo y canta cual viento de la noche y aparece un tipo diciendo, como si lo acabara de descubrir, que la grasa de camión es necesaria. Luego bailan asteroides emergentes y unas cuantas chicas parecen entusiasmadas con la obligación de ir a la moda y la mediana, la parábola y la hipérbole. Otro macho corrobora: el lubricante es un agente imprescindible a causa de los roces. Peter Grullo, diplomático en excedencia, se suicida en un burdel de Las Vegas. Un crítico saltimbanqui entrevista a una estrella literaria que de pronto estalla como una supernova en burbujas inmobiliarias. Nuevas bailarinas ocupan boca abajo el espacio de la duda.

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Basurotopía

La acumulación de desechos dejados por los amantes del ocio natural (rásguense las vestiduras aunque no sean nudistas) en  la costa de Liencres me parece una siniestra réplica a los depósitos intermareales. Ya no hace falta que el océano nos devuelva lo que vertemos después de haberse envenenado con lo orgánico. Hasta hace pocas décadas, esos regresos se veían como fuentes de enigmas e incluso recordaban epístolas embotelladas y lacradas con mimo o desesperación. Luego empezaron a ser preocupantes y han llegado a asfixiar las playas en competencia con las medusas sobrealimentadas por los vertidos de nitratos.

Entre esas dos percepciones, de los pecios románticos al caos todavía calmo, está el  cortometraje filmado por Chris Marker (con John Chapman y Frank Simeone) en 1981 sobre los trabajos de varios artistas desconocidos con objetos traídos por las corrientes a las marismas de Emeryville (California, USA) y expuestos en el mismo paisaje. Junktopia, se titula la película: Basurotopía.

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Ánimas

Sin entrar a debatir la dualidad cartesiana, y con toda legitimidad, los vecinos de la llamada calle Alcázar de Toledo (al parecer, denominación vergonzante de la bautizada en 1937 como Héroes del Alcázar, que antes fue de ambiente izquierdista con el nombre de Primero de Mayo) no quieren vivir en un lugar llamado Cuesta de las Ánimas.

"Ellos se lo pierden", dice el espectro granguiñolesco del Obispo Regente de Cantabria, para algunos primer presidente autonómico, santiguándose mientras cabalga.

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Vértigo

En Santander hay más tejados que antes desde que instalaron ese mirador mediocre y escamado al lado de la bahía. Sin proponérselo, la especulación cultural ha desvelado otros aspectos de la fachada elevando la vista hasta casi desnudar el telar del teatro por encima de bambalinas y bastidores de lo que fue calle de la Ribera, que discurría demasiado cerca de la mar partiendo del lodazal de las atarazanas arruinadas después de talar miles de robles y llegaba hasta el lugar donde confluían todos los márgenes, así que se fue alejando de la orilla mediante proyectos inacabados (esta burguesía ha sido siempre más bien perezosa) para hacerse paseo sin peligro de chapuzón, telón pintado a la moda, bancada de consignatarios, joyerías, cafeterías y un gran poco más con arco y todo.

Ese casi descubrimiento de la trastienda desde un lugar alzado propiciado por poderes duchos en mirar para otro lado debería ser, cuando menos, motivo de orgullo pintoresco -porque reflexión es mucho pedir-, pero el foco se opone a la doctrina del angra sagrada tan multiplicada en la telebasura de los autobuses como anegada y reducida año tras año mientras deliran esquivando las reglas de las mareas con escolleras. Bahía que se llama como un banco y se apellida como una fundación, pero ya estaba ahí antes de ser nombrada con una vaga mención a unos cuerpos santos ocultos en unas termas romanas. Ahora, el mirador pierde platillos cerámicos sobrevalorados, el suelo vibra, envejece mucho más deprisa que él relicario de la catedral y bosteza de autobombo. En un armario, miles de tarjetas de cántabros con derecho a entrada gratuita esperan a ser recogidas por sus entusiasmados solicitantes.

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Plagas

Pasado de sobra el punto vernal, avanza en nuestro hemisferio la temporada en que hasta la belleza es una plaga.

Los grandes monocultivos están protegidos por blindajes transgénicos de obsolescencia programada para el mercado de futuros, como las lavadoras, los teléfonos y -desde la reunión de cierto cártel en 1925, no en Medellín, sino en Ginebra- las bombillas. Pero las pequeñas huertas sin ánimo de lucro, apenas entretenimientos con el aliciente de degustar lechugas, calabacines o tomates de origen conocido, reciben ataques masivos de especies saqueadoras. La pulsión de lo diverso no perdona los órdenes menores.

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Bocartes

El 11 de mayo de 1884, La Voz Montañesa publicaba esta noticia:

"Anoche se personó en nuestra redacción un pacífico ciudadano a quien molesta la añeja costumbre de las pescaderas que pregonan 'hombres' a voz en cuello cuando venden bocartes.

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Ambiente

Leo en la solapa de una novela que se trata de una obra donde la atmósfera domina sobre la intriga. "Vaya -pienso-, esa es buena excusa para un artículo". Pero enseguida me digo que la atmósfera está en la intriga como la forma en el contenido y viceversa, y que todos esos no-lugares no sirven para nada por mucho que suenen a topografía muy útil, y añado otras reflexiones (estoy viendo amontonarse tres autobuses de la misma línea, en paralelo, en la parada de autobús de Miranda, uno de ellos obstruyendo sin escrúpulos un paso de peatones...) que resuelven el conflicto por las bravas, cosa que cualquier día van a hacer los usuarios en un arrebato como cuando pasó lo del piano del alcalde, es decir, sin resolverlo... Está decidido: omitamos la trama y postulemos que la atmósfera es muy importante; casi tanto como el concepto, como discutiremos en cuanto nos den lo que es nuestro, que diría el mejor narcotraficante de la ficción ibérica.

Onetti, a su vez, decía que, si un charcutero no ofrece a sus clientes experimentos, sino productos bien cuidados y probados, un escritor no debe hacer lo contrario. Sin embargo, su amigo Cortázar siempre andaba armando modelos y amalando noemas, y la cosa le funcionaba tan bien como al uruguayo.

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In taberna quando sumus

"Apenas alcanzan seiscientas monedas / si se bebe sin moderación ni medida./

Pero, aunque todos beben alegremente, / es a nosotros a quienes regañan / y somos desposeídos.

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