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Rafael Pérez Llano

Santander, 1959. Escritor y empleado público.

La trampa y la puerta

La trampa de moda (aunque el término fue acuñado por intelectuales católicos en los años 90) consiste en llamar "ideología de género" a la defensa de medidas contra las discriminaciones y agresiones específicas que sufren las mujeres. Supongo que el método también sirve para etiquetar como "ideología de raza" a la lucha contra el racismo o "ideología de clase" a la lucha contra las desigualdades sociales. Pero la violencia machista, la segregación racial o el bajo poder adquisitivo son hechos que afectan a grupos concretos y exigen soluciones concretas, así que el uso del término delata la intención de manipular el concepto de ideología ("conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.", dice el diccionario) para presentar las posibles modificaciones de las situaciones de injusticia -cómodamente instituidas para algunos- como caprichos destructivos y 'artificiales' opuestos al orden que se considera 'natural'. Esa idea de la naturaleza anclada en el diseño patriarcal declara inmutable un orden superior antifeminista, supremacista y asentado en privilegios económicos; un orden que -hay que citar a Hannah Arendt una vez más - impone a sus fieles la banalidad del mal que explica tanto la crueldad de las consignas como la pasividad o el temor a la libertad propia y ajena.

La mayoría de las veces, no hace falta un fanático doctrinario para confirmar la solidez de ese mundo tan acomodado. Por ejemplo, ese hombre que ahí veis, con cara de recurso literario, pasó el otro día bajo el arco de leds de la plaza del ayuntamiento, contempló los renos escarchados que pastaban electrones mientras niños de azul y niñas de rosa se dejaban fotografiar y dijo: qué bonito. Después admiró la pantalla gigante que emite anuncios sexistas en la parada del autobús y manifestó: qué maravilla. Luego entró en una cafetería, donde se le unió su señora, que venía de la compra, para mirar hipnotizada el telediario mudo del televisor panorámico alzado al fondo, a la derecha, como las letrinas de la información ('el ojo es ojo porque te ve, no porque tú lo ves', decía Machado) mientras él leía y comentaba el periódico.

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Mujer con teléfono móvil

He visto a una mujer negra que salía de un edificio oficial con una bolsa llena de documentos y me he acordado de  la mujer con alcuza de Dámaso Alonso (la burocracia es densa como el aceite, pero poco nutritiva), y he pensado que se llama Fatou Albertine Diakhoumpa y que, cuando salió de Tambacounda, llevaba consigo dos teléfonos móviles. Uno lo vendió en Boutilimit mientras se confiaba a las promesas de un camión en el desierto junto a una veintena de fugitivos. Un tercio de los viajeros se quedarían por el camino. Con eso ya cuentan los apalabradores de cayucos. Las mujeres se apiñaban a un lado de la caja para no ser violadas. Fatou (dicen que su nombre es el que los señores coloniales dieron a las criadas) tiene la ventaja de no ser muy atractiva, pero tampoco posee una vulgaridad desagradable, sino un aire a la vez apacible y diligente que la hace apreciada para el servicio doméstico de los hogares blancos.

El móvil que se quedó era un modelo que ya no se vende en Europa. Para cargarlo durante la travesía del desierto, llevaba un par de artilugios formados por pilas atadas con cinta aislante a un cable. Durante la noche, los viajeros alzaban las manos para coger cobertura. Los reporteros suelen fotografiar esos intentos desesperados de alcanzar las redes de la sociedad postindustrial, un espectáculo de figuras oscuras, estilizadas y dispersas entre las dunas, contra el crepúsculo, que viene muy bien para completar los telediarios.

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Aquel, ese, este tiempo

Douglas Adams -a quien no me canso de citar porque por él no pasan los años- estableció, sentado en el bar del fin del universo, la categoría estética del infinito (plano y sin interés) y la simultaneidad de la práctica de los viajes en el tiempo (cuando se construya la primera máquina que los permita, ocurrirá a la vez en todas las épocas y habrá existido siempre). Podría haber añadido que tal viaje, se produzca como se produzca y pese a la parafernalia en que lo envuelve la mayor parte de la ciencia ficción, será -es- circular, tedioso y sin consecuencias. Kurt Vonnegut también apuntaba por ahí: su 'alter ego' lo usaba en 'Matadero 5' como válvula de escape desde situaciones dolorosas (el bombardeo de Dresde, un tren cargado de prisioneros...) hacia lo ya sabido o por saber; nada diferenciaba las cosas sucedidas de las venideras y lo realmente dramático era su vida de marioneta de la historia, no los desplazamientos.

Pero ahora viene la ciencia en ayuda de la literatura. Los físicos dominan las leyes que les permiten perdonarme interpretar desde la ignorancia, y es más lírico agarrarse a lo cuántico que a la paramnesia, el vulgar 'déjà vu' o la manida magia. Un ruso, Igor Nóvikov, afirma que es muy difícil crear paradojas destacables yendo al pasado y pisando una flor incipiente, matando una mariposa improbable, poniéndole una zancadilla a un magnicida o mejorando la puntería de un tirador rifeño. El peligro de alterar la historia retrocediendo en su curso es mínimo porque algo parecido a un timón tenaz mantiene las rutas principales. Que haya taquiones que llegan a su destino antes de salir del origen no parece cambiar nada. Todo lo demás corresponde a la voluntad humana, que produce una amalgama involuntaria de probabilidades e incertidumbres y sólo se ejerce desde el presente, lo cual -no cantemos victoria- incluye cambiar el relato del pasado (creo que los científicos prefieren permanecer en silencio sobre esto, aunque los sociólogos y economistas usan disciplinas científicas no se sabe bien para qué).

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Porticada

Sobre la entrada de la que fue última banca pública, las estatuas del hombre y la mujer, desnudos y negros, representan el ahorro y la beneficencia. Pese al rancio simbolismo y el escaso erotismo, el franquismo estuvo a punto de prohibirlas. Pero no alcanzaron tanta relevancia.

Creo que la plaza de Pedro Velarde, más conocida como plaza Porticada, nunca ha sido muy querida por los lugareños. Incluso dicen que, cuando se quiso poner allí el Ayuntamiento, el rechazo fue unánime entre los que podían expresarlo. El cuadro herreriano, inaugurado en 1950, procede de un tiempo en que era mejor no andar cerca de la Brigada de Investigación Social, por si los sótanos hablaban, aunque uno tuviese la hipocresía muy tranquila.

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Podemónium

Me da cierta pena escribir sobre el provinciano pandemónium de Podemos Cantabria porque las miasmas de esa ciénaga mínima apenas son comparables a las de otros partidos dotados de mejores blindajes informativos y expertos contables. Pero creo que los que vinieron como mensajeros de lo nuevo merecen no ser ninguneados cuando se pelean junto al abismo mientras cada bando en lucha asegura que todo está muy claro: los malos son los otros y la única solución es la victoria, o sea, la derrota.

La versión regional del partido de las líricas tentaciones (aunque Miguel Ángel Revilla les da cien mil vueltas en regionalismo y neoperonismo, y seguro que su sucesora lo hará aún mejor) ha conseguido, desde 2014 y repitiendo las mismas artimañas, alcanzar la excelencia en la práctica de la desmesura interna. Me refiero, por supuesto, a la conducta observable y sus consecuencias evidentes, porque los del exterior apenas podemos valorarlo desde la estética, que es el espejo de la ética, o así lo soñamos. Así lo entendían aquellos griegos enfrentados a sabiendas de que la culpa la tenía la Discordia, que había tirado una manzana de oro sobre la mesa de las apuestas divinas provocando un choque de orgullos y, sobre todo, de números, y lanzando a los inscritos a las sombras de la némesis. Entre lamentos por las ilusiones perdidas y la locura fatal, lo que entonces cantaba el esquivo Homero luego lo pondría Shakespeare en boca de un idiota (literalmente, un apolítico) porque no hay narrador inocente. Afirmo de paso que debemos recuperar el mejor invento de los atenienses: las votaciones de ostracismo.

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Queremos saberlo todo

En el teatro, los de más abajo estamos siempre en el gallinero, que es el lugar más alejado del escenario, pero ahí, al menos, somos los de arriba por un rato.

El espectáculo suele ser ramplón, a nuestro gusto plebeyo y al de los villanos de la platea -clase media, dicen-, pero lo mejor es cuando se descoloca la tramoya, se desmantelan los bastidores y, quizá borracho el elenco desde la noche anterior, se disparan las morcillas. Entonces, algunos de los de abajo, formados en la cultura de la venganza y ahora subidos a nuestra percha, gozamos perversos sabiendo que andan por ahí cuatrocientos archivos grabados por una red de solucionadores y conseguidores desde la noche de los tiempos. Y queremos verlo y escucharlo todo, como los millones de documentos de WikiLeaks (en el ciberespacio siguen; no ha pasado nada, pero nos hemos reído un rato), aunque más gracia tenían los "te quiero, compa" y "estoy en la política para forrarme" de los peperos que se llamaban sobándose con palabras a lametones de contabilidades fractales, y no voy a hablar de los mensajucos de la realeza porque la ignorancia de la ley (mordaza) no exime de su cumplimiento.

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Cabildo de Arriba

Están derribando las últimas ruinas del Cabildo de Arriba. No voy a hacer un lamento por el impacto inexistente de la caída de lo viejo ni siquiera en su respetable acepción de antiguo y memorable. No voy a llorar por Sotileza, que nunca existió, porque prefiero a Casilda, de la cual pocos se acuerdan por su lastre de prisionera de su clase.

La historia de Santander es una descripción de derribos y abandonos. Eso no impide que la propaganda suela referirse a un pasado glorificado por la catástrofe. Quizá el aprecio al recuerdo del incendio vaya más allá de la conmemoración de un día trágico para mucha gente y parte de la querencia se deba a que produjo un espacio en blanco que enseguida se llenó con especulaciones y retranqueos y permitió clasificar aún más a la población en los barrios de la obra sindical vertical. No se recuerdan con el mismo énfasis los abundantes motines por la escasez e insalubridad del agua aunque el PGOU haya sido tumbado (de momento) por olvidarse de ese suministro en un futuro que se sueña masificado.

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Un día grande en la comunidad reimaginada

En la ceremonia oficial de celebración del Día de la Memoria ha habido este año varias novedades (añade esto -dicta el redactor jefe-:), sin que ello implique, por supuesto, perder un ápice del espíritu de esta conmemoración del asentamiento de la identidad autónoma. La más destacable quizá sea la nueva vestimenta típica, los blusones blancos con dibujos de líneas rojas basados en manos y signos parietales, adoptados en sustitución de los hasta ahora tradicionales, demasiado parecidos a las kufiyas, también rojiblancas, utilizadas por los saudíes que ahora proliferan (no pongas eso, sugiere que son demasiados, pon:) veranean en las playas amuralladas de las siete villas; de los cuales, por cierto hubo una nutrida representación que ocupó su propio palco, financiado por la Gulf Leisure Corporation (no se te olvide la foto y que se vea bien el logo).

Lucieron el renovado atuendo los miembros del gobierno y casi todos los presentes en la tribuna presidencial, así como buena parte del público. (Saca de las imágenes a los que llevaban el antiguo y no insistas en el tema… Bueno, no espera, di algo del vicepresidente. ¿Que se ha implantado genes de goma Reed Richards para mejor abrazar al séquito mientras saca pecho? Un día se te va a escapar algo así y vamos a tener problemas). En una improvisada rueda de prensa el vicepresidente desmintió los rumores de ruptura dela coalición de gobierno a causa de los problemas de las consejerías de su partido (déjalo ya y habla de las orpizuelas. Bueno, no sigue el orden...).

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Nadie

Ese tipo que, con letra ilegible, firma sus vandalizaciones como Juan Nadie (tal vez sea un pseudónimo colectivo, como quizá Ned Ludd) ni siquiera puede justificarse con la ignorancia ni con el exceso de ocio después de diez contratos encadenados en hostelería sobre horas y trabajo irreales porque parte del asueto impuesto tras la resaca lo ha empleado en saber sobre cristales rotos a muy alto nivel. Ni puta falta me hacía, murmura mientras destapa la garrafa de gasofa, esencia que el calor de la noche vaporiza (eso favorecerá la combustión), la cual reparte entre el contenedor (tres días lleva oliendo a tripas de pescado) y los cartones que lo rodean. Tiene otro par de recipientes más pequeños en la mochila con el mismo líquido, obtenido en el aparcamiento del último empleo, a ver si se creen que voy a pagar por ello.

Pero estuvo leyendo en busca de pruebas de su propia felonía y descubrió el experimento del famoso Philip Zimbardo, que gustaba de jugar con cárceles para mostrar lo fascistas, sumisos y traidores que podemos llegar a ser. Era colega de Milgram, el de los electrodos llevados al cine bajo la atenta mirada de Yves Montand (bueno, de su personaje en ‘I... como Ícaro’, pero la distinción entre realidad y deseo...) y aplicados por personas educadas, justas y buenas para ganar la aprobación de la autoridad, y aun así Montand estaba casi tan atractivo como cuando cantaba la canción de los partisanos, puede que más, tiene que ver la peli entera, que sólo hay un tráiler en youtube... Juan Nadie no debería aprender esas cosas. Algo ha fallado en el sistema educativo. Una rata mira al incendiario.

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Sentimentalizaciones

Dice la última moda de la opinión que el nacionalismo es una sentimentalización de la política, la lucha de clases es una sentimentalización de la economía, el deporte (espectacular o intimista) es una sentimentalización del ejercicio físico; el coleccionismo de arte, una sentimentalización del deseo de poseer objetos bellos, inquietantes o repulsivos o ideas y palabras de los tres tipos; la reivindicación del AVE, una sentimentalización del deseo de huir o de venir... Eso era la última moda hasta hace unos instantes, porque de pronto recibo un email que me informa de que durante los próximos diez minutos los medios rendirán pleitesía a un joven y enfurecido teórico que afirma que toda protesta es fútil porque de inmediato es integrada y que toda demostración es ociosa porque lo que mola es la perspectiva periodística y no el ensayo, y lo hace sumando en pocos tuits a doña Ana Botín, Federico García Lorca y Frida Kahlo. A Federico y Frida me atrevo a tratarlos con reverente tuteo, pero con la banca no hay que tomarse confianzas, y a los columnistas de guardia no hay que cederles emociones, que luego ponen papeles y redes como tertulias de la sexta tuerca. Me parece que me he vuelto a hacer un lío. La publicidad bancaria -retomo- es una sentimentalización de la riqueza, aunque se venda convirtiendo en peripatéticos consejeros a comerciales como Nadal, Loquillo o un tipo con aspecto de vampiro que dirige una ETT.

Pero todo sucede muy deprisa en la realidad y, mientras se promociona lo imposible, salta la noticia local que comprime todas las sensaciones en una exhibición de turbomixers con dj desertor: el Ayuntamiento de Santander declara que, habiendo percibido la incomprensión del público (el cual, no obstante, no recuperará el importe de sus billetes), procede a retirar el antisistema de transporte llamado MetroTUS. Lo hace sin vergüenza ni contrición, pero lo hace. Es una trampa, advierte alguien con cara de simpático calamar-casandra. Es una broma, dice otro con más motivo: mantienen el disparate dos meses más. ¿Y mientras? El vacío, que por cierto ya existía, porque los últimos parches habían traído augurios de caos definitivo. Incluso algunas líneas habían apagado las obscenas pantallas panfletarias azules, y los vehículos parecían sortear los abismos de Babel. Una tercera voz se lamenta: quedarán ruinas ostentosas, como esas paradas faraónicas y esos autobuses enormes y desiertos de la Línea Central, con mayúscula sentimental. Y en el horizonte acechan nubarrones privatizadores.

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