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Raúl Real

Raúl Real (Santander, 1976). Graduado en Estudios Ingleses (Filología Inglesa). Músico y colaborador de revistas y fanzines. Podéis seguir sus andanzas musicales al frente de su banda de rock & roll Los Tupper, y las literarias en su blog Desayuno Camboyano.

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1280 almas y un autor

‘’Hay treinta y dos maneras de contar una historia y yo las he probado todas; pero, en realidad, solo existe una trama. Las cosas nunca son lo que parecen’’.

Jim Thompson.

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Pavos volando hacia el sur

«Se fue hacia el pueblo con el pavo al hombro. Quería hacer algo por Dios, pero no sabía qué. Si encontrara a alguien tocando el acordeón en la calle le iba a dar una moneda de diez centavos. Solo tenía diez centavos, pero se los daría.»

Suponemos, con poco riesgo de equivocarnos, que la fijación de la pequeña Flannery por las aves se remontaba a su niñez, cuando con pueril tenacidad y buenas dosis de empeño, enseñó a un pequeño pollo a caminar hacia atrás. Un precario equipo de filmación se acercó entonces a la granja O’Connor para dar cuenta de la efeméride e inmortalizar la nerviosa sonrisa de una niña que, bajo un pequeño sombrero calado, dejaba escapar uno de sus tirabuzones. Más allá de aquellos singulares adoctrinamientos, quizás en un pueblecito perdido al este del Mississippi, durante la Gran Depresión, una adolescente de familia acomodada no tenía más opciones que sentarse en la mecedora del porche, contemplar los destellos dorados de los campos de maíz y esperar que su padre le cazase un novio a la altura de su hacienda. Pese a todo, Flannery O’Connor jamás se casó ni tuvo hijos. Entre sus logros destacaron otras virtudes menos mundanas, tales como llegar a convertirse en una de las narradoras norteamericanas más relevantes y perturbadoras del siglo XX.

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Una piedra en el zapato de Henry D. Thoreau

Este mismo año, concretamente el pasado 12 de julio, se han cumplido 200 años del nacimiento del pensador y activista norteamericano Henry David Thoreau. Personaje cuya obra ha  venido siendo reivindicada desde posturas (en un principio) un tanto antagónicas, las cuales oscilan desde el anarquismo o el ecologismo radical,  al patriotismo  yankee más conservador (si cabe) y nostálgico, pasando por la simpatía y adscripción de cierto sector neo-ruralista y consumidor de  últimas tendencias. Dos siglos después, como es lógico, su figura ha llegado hasta nuestros días un tanto difusa y mitificada. Puede que estos sean motivos suficientes para comprender esa falta de homogeneidad existente entre algunos de sus más acérrimos seguidores.

Tal figura suele ser recordada y representada por sus dos obras más famosas; bien la del rebelde y agitador que plantó cara a su implacable gobierno ( La desobediencia civil, 1848); o bien como la del hombre que dio la espalda a la civilización para encerrarse en una pequeña cabaña, vivir como un ermitaño y disponer sólo de los recursos que el propio medio le ofrecía ( Walden. Life in the Woods, 1854). Siendo ciertas ambas representaciones, este misticismo ha tendido a olvidar, por ejemplo, que su insumisión solamente le hizo pasar una noche en la cárcel (por fortuna y gracias a su mecenas y mentor Ralph Waldo Emerson sería prontamente liberado) y que la famosa cabaña del lago Walden estaba lo suficientemente a mano como para (en caso de extrema necesidad) poder acercarse a por víveres al pueblo. Lo que es indiscutible, y principal motivo por el cual su legado permanece vigente a día de hoy, es que Thoreau fue un pionero. Su inconformismo resultó ejemplar, su insumisión al gobierno fue obstinada y decidida. Curioso y estudioso de todo aquello que le rodeaba, antibelicista y adalid de los derechos sociales, incluso vaticinó, en plena revolución industrial, que ese nuevo modelo de producción y consumo deterioraba el medio y era a todas luces deshumanizador.

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Crucifijos y navajas

«¿Qué se me reprocha? En ese film me he quedado siempre corto en todo lo que podía decir. Mi heroína se encuentra más virgen en el desenlace que al principio» .

Luis Buñuel

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¡Cállese ya, Sra. Jenkins!

Aparece en escena el pianista. Está nervioso, le tiemblan las manos. Es su primera vez en el Carnegie Hall, y teme que también sea la última. Entonces irrumpe ella que, ataviada de manera extravagante, oculta su rostro con un pañuelo de seda. Cuando cae el pañuelo, el piano comienza a sonar. La soprano entona sus primeras notas y el público se revuelve en sus asientos, tratando de contener la risa, hasta que no lo soporta más y estalla en una estruendosa y unánime carcajada. Un joven desde la tercera fila grita: «¡Cállese ya, señora Jenkins!». Es uno de los cientos de marines americanos invitados al evento. La diva continúa impasible su función. Florence Foster Jenkins tenía entonces setenta y cinco años, era millonaria y nunca había sabido cantar.

La última cinta del cineasta británico Stephen Frears, estrenada hace apenas unos meses, recrea los últimos meses de vida de la soprano. En el papel de la Sra. Jenkins, la laureada Meryl Streep, quien da vida magistralmente a la peor cantante de la historia. Le acompaña Hugh Grant, quien aún repitiendo su personaje de siempre, resulta bastante creíble como el marido inglés e interesado de la desentonada diva. El tercero en discordia es el pianista (Cosme McMoon), encarnado por Simon Helberg, actor conocido por interpretar al científico judío con pinta de mod de Big Bang Theory. Pero ¿de dónde demonios había salido aquella estrambótica dama que logró abarrotar el mítico auditorio neoyorquino aquel 25 de Octubre de 1944?

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El Legendario Marvin Pontiac

Una historia así merece ser comenzada por el final, o casi. No encuentro mejor forma de hacerlo. Digamos que Marvin Pontiac murió en el año 1977, arrollado por un autobús. No tuvo tiempo de llegar al hospital con vida y así abandonó, sobre esa carretera, su agitada existencia. No mucho antes había conseguido escapar del psiquiátrico. Pero, ¿cómo había acabado nuestro hombre en aquel manicomio de Detroit?

Imagínense a un enorme negro montado en una bicicleta mientras desciende a toda velocidad por la principal avenida de la ciudad. Ahora traten de visualizar con más precisión la escena, añadiendo que el sujeto solamente va ataviado con un turbante. Cuando los polis le dan el alto, Marvin les asegura que acaba de ser liberado de una nave extraterrestre. Es la única forma de justificar aquella embarazosa situación. Curiosamente, esas mismas calles que habrían de verle morir, poco tiempo después de aquel episodio, le habían visto nacer cuarenta y cinco años atrás.

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