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Santiago Gascón

Santiago Gascón (Mallén, 1961). Profesor de la Universidad de Zaragoza, escritor y guionista. Ha publicado "Una familia normal" (Xordica Editorial). Colabora con varias universidades de Europa y de América.

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Ay, Venezuela

No soporto las dictaduras, no las aguanto. Duraría poco en cualquiera de ellas. Principalmente porque me gusta pensar y es un bien que aprecio. Por eso no entiendo por qué apedreamos a un bananero y extendemos la alfombra al presidente de China o al rey de Arabia, por dar dos ejemplos al tuntún.

En Venezuela tengo amigos a los que considero hermanos, maduros y verdes, que la amistad y el amor no hacen distingos. No pronunciaré una palabra a favor del caudillo que cierra medios de comunicación y encarcela a disidentes. Únicamente me permito recordar cómo llegó a dónde está. Sucedió a Chávez, así son las dictaduras y las monarquías. Y Chávez, anteriormente golpista y luego goleador en las urnas, se aupó porque quienes ahora claman por la libertad lo permitieron.Venezuela no será rica, pero tiene recursos para que cada uno de sus habitantes viva más que holgadamente. Un país con petróleo, agricultura, pesca, grandes, grandísimas fortunas privadas y gran miseria global, era el escenario perfecto para inventar el populismo. ¿Quién no va a votar por un gobierno que ofrezca educación para todos y sanidad universal? Y sí, cumplieron. Pero las revoluciones caribeñas olvidan y tienen el feo vicio de perpetuarse. Maduro es la caricatura de Castro y de Ortega.

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Tamagochi

Para quien no lo sepa, los “tamagochi” (del japonés, tamago: huevo) es el nombre popular de un tren que une la línea Teruel-Zaragoza. Conocido también como “tren bala”, no por su velocidad media (55 km/h), sino porque al comprar un billete no sabes qué final tendrá tal aventura. Puede quedarse anclado en la estepa del Jiloca, arder, trasladar a los viajeros a un autobús y llegar a destino a las cinco horas.

En estos meses preelectorales, el Gobierno de Aragón se plantea jubilarlo. No es un hecho, sino una aspiración. Como disponemos de mucho tiempo antes de tomar tal decisión, propongo que los tamagochi sean donados al Museo del Ferrocarril. Sería interesante para futuras generaciones conocer cómo viajábamos en el siglo XXI. Los primeros convoyes vinieron con sus carteles de aviso en lengua catalana. Un hecho que no me parecía mal, al fin y al cabo en una de las lenguas oficiales de Aragón. Pero el detalle anunciaba que en algún otro territorio no los habían jubilado, sino que nos los habían vendido a los de segunda. Todavía puede disfrutarse de un recorrido 'slow' y comprobar que no puedes conectar tu ordenador portátil, sencillamente porque en lugar de enchufes lleva ceniceros. Habrá que explicar a los jóvenes del futuro qué eran los ceniceros.

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