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Sara Magalhães

Doctora en Ecología por la Universidad de Ámsterdam. Actualmente es profesora en la Universidad de Lisboa. 

Ciencia en positivo: Yes, we can!

Hace cosa de un mes coincidimos con dos investigadores muy jóvenes y brillantes de nuestra abarrotada diáspora internacional. Los conocemos bien porque han trabajado en el entorno de nuestro departamento y sólo cabe decir que son realmente buenos. Al preguntarles por su futuro nos comentaron que habían conseguido sendos contratos Ramón y Cajal, que, para quien no lo sepa, son la joya de la corona de un sistema de captación de talento científico organizado y financiado por el ministerio de turno (nuestras excusas por no completar el nombre, porque la ciencia ha pasado por cuatro ministerios diferentes en las últimas dos décadas, y con las elecciones anticipadas encima, cualquiera se aventura con el nombre del próximo). 

Ya hemos escrito muchas veces sobre las dificultades para desarrollar una carrera investigadora en nuestro país y lo paradójico que resulta que, como leíamos el otro día en El País, más del 50 % de los profesores universitarios no investiga nada o casi nada, y por otro lado nuestros investigadores postdoctorales (o “postdocs”) son investigadores muy valorados internacionalmente. Nuestros postdocs se cuentan entre los candidatos más cualificados y de mejor desempeño en el mercado internacional y, sin embargo, no hay manera de traerlos de vuelta de una manera digna. El programa Ramón y Cajal cuenta con una financiación escasa y la incorporación final de los contratados en el sistema de I+D+i de nuestro país es bastante incierta, pero sin duda consigue el objetivo de atraer y retener a una fracción de los mejores científicos. Se trata de un sistema extraordinariamente competitivo que permite retornar a lo mejor que hay por ahí fuera, retener algo del talento que ya volvió, e incluso atraer investigadores extranjeros con trayectorias prometedoras. Un sistema que por fortuna se ha mantenido de forma transversal independientemente del color político del ejecutivo, aunque con las obvias dificultades de financiación introducidas con la excusa de la crisis y mantenidas hasta ahora. Podemos estar orgullosos de algunas cosas que se hacen razonablemente bien en este país. 

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E. C. Pielou, la mujer que elevó el rigor matemático de la ecología

Uno de los sesgos más extendidos del sistema patriarcal que afecta a nuestra percepción de la ciencia es la omisión o el desconocimiento del papel de las mujeres  como grandes impulsoras del avance científico. No solo no tenemos conciencia de la importancia de científicas e inventoras como Ada Lovelace o Rosalind Franklin, que han pasado desapercibidas incluso entre aquellos que han seguido sus pasos en la computación o la biología evolutiva, respectivamente. Además, existe un efecto perverso que pasa aún más desapercibido:  el de asumir que los apellidos de investigadores eminentes corresponden con las iniciales de un hombre. 

En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia queremos contribuir a revertir esta tendencia. Para  ello nada mejor que el ejemplo de una de las científicas más relevantes de la ecología cuantitativa del siglo XX, cuyo género es obvio para los ecólogos norteamericanos que coincidieron con ella en congresos, pero que ha pasado desapercibido a muchos ecólogos europeos y de otras partes del mundo, que, al desconocer el nombre que se esconde tras las siglas E.C., asumieron (y asumimos) que se trataba de un hombre. 

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Científicos excelentes, ¿excelentes mentores?

Carlos es uno de los muchos científicos españoles que llevan ya años en el extranjero. Algo le conminó a hacer su doctorado en otro país. El catedrático con el que había colaborado y que podría dirigirle la tesis le invitó a escribir un artículo “que le ayudaría a reunir méritos para obtener una beca”, aprovechando su dominio del inglés y unos datos de un proyecto previo. El análisis de los datos no acababa de confirmar la hipótesis de partida, algo desafortunado porque “un resultado inconcluyente no se iba a vender igual de bien”. La sugerencia de su supervisor: eliminar dos o tres puntos “que seguramente estaban mal medidos”. Carlos capeó el temporal como pudo al tiempo que conseguía su primer contrato en Alemania, aunque no pudo evitar consolidar una mala relación con “su jefe en España”.

Miguel es un posdoctoral de éxito en un grupo muy competitivo. Hizo la tesis en un grupo bueno y honesto, y con ese bagaje consiguió un contrato en un grupo “de los que publican Natures y Sciences”. Allí le dejaron que tomara mucha iniciativa: el investigador líder, siempre ocupado, le dejaba completa libertad para decidir todo lo que hacía, a partir de esporádicas instrucciones. Al principio se puso muy nervioso, pero cuando consultó a los posdocs más antiguos del grupo comprobó que era algo normal, “y todos publicaban muy bien”. Por desgracia, los resultados no acababan de confirmar las ideas de su jefe. Así que pescó análisis estadísticos cada vez más retorcidos en todos los foros que pudo encontrar, hasta conseguir la deseada significación; y, cuando un par de análisis se resistieron, eliminó un par de datos que estorbaban. Bingo: solo un par de tensas reuniones más y consiguió publicar, gracias a la presencia de su IP en la lista de autores, un artículo en una revista “de referencia”.

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Lo que no dicen los números: la brecha de género en puestos de liderazgo de la universidad pública

El porcentaje de mujeres docentes e investigadoras en la Enseñanza Superior pública en nuestro país ha oscilado alrededor del 41% en los últimos diez años. Sin embargo, la representación femenina en los cargos unipersonales de gobierno de dichas universidades está muy por debajo de este porcentaje. De las 50 universidades públicas españolas, únicamente cuatro (Autónoma de Barcelona, Granada, Huelva y País Vasco) están lideradas por una mujer, apenas el 8% del total.

La presencia de mujeres en la carrera universitaria sufre una drástica disminución cuando se pasa a situaciones laborales más estables y de mayor responsabilidad. Según los datos recabados por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, el 54% de los alumnos de grado, el 58% de los estudiantes de máster y el 50% de los nuevos doctores son mujeres. A partir de este momento, la situación se invierte. Frente al 41% de mujeres docentes e investigadoras en la Enseñanza Superior en nuestro país, sólo el 21% de las cátedras pertenecen a mujeres, condición indispensable para ocupar el cargo de rector/a de una universidad.

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Sobre la perversión del sistema académico por una métrica pobre de lo que es la ciencia

Hace dos semanas explicamos en un post cómo el uso y abuso de métricas simplistas de la producción y el impacto científicos sumados a la lógica capitalista de disminuir recursos para aumentar la competencia y, en teoría, mejorar la calidad, ha dado y está dando lugar a resultados indeseables. Algunos compañeros del mundo académico nos han hecho ver que hacían falta algunas explicaciones más y también que convenía sustanciar mejor algunas afirmaciones vertidas en ese artículo. En este post reafirmamos con más argumentos nuestra visión sobre las consecuencias negativas del abuso de métricas simplistas, y proporcionamos más evidencia para reforzar determinados puntos que generaron controversia –como el aumento de las malas prácticas científicas o del mal tutelaje por parte de los científicos de más prestigio. Los resultados de revisar la evidencia al respecto superaron nuestros peores escenarios.

Entre las principales aclaraciones destaca la de recalcar la importancia de evaluar el desempeño de los científicos. Tal como nos han hecho ver varios colegas, nuestro escrito podía hacer pensar en una lectura rápida o por alguien no familiarizado con el ámbito académico que no estamos a favor de cuantificar el desempeño académico. Nada más lejos de nuestra intención. No ha transcurrido tanto tiempo desde que no se utilizaban métricas de ningún tipo para evaluar a los académicos en países como el nuestro. En aquella época, los proyectos y las plazas de profesores o científicos se conseguían mediante oscuras negociaciones y redes clientelares en las que el desempeño científico era, en el mejor de los casos, tan sólo uno de los componentes. El uso generalizado de indicadores de rendimiento científico (aunque sean tan simples como el número de artículos que se publican en revistas internacionales con sistema de revisión por pares) supuso un salto espectacular y permitió desarrollar una hoja de ruta que redundó en un rápido avance tanto en la productividad como en la calidad de la ciencia española. Los proyectos y las plazas comenzaron a ir hacia científicos, grupos y centros que acreditaban méritos y acumulaban logros objetivos y cuantificables.

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Agricultura familiar y desarrollo sostenible

Cada alimento que nos metemos en la boca tiene una historia por detrás. Aparte de su sabor, el alimento trae consigo el lugar donde lo hemos comprado, su zona de producción, su productor y las prácticas que éste ha utilizado para producirlo. Por eso, con cada bocado estamos ingiriendo toda una historia y toda una cultura. Noción esta última muy bien encapsulada en la cita del geógrafo Jean Brunhes “Comer es incorporar un territorio” ("Manger, c'est incorporer un territoire").

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El uso excesivo de métricas y la lógica capitalista pervierten el trabajo científico

Dentro de los planes para estabilizar los puestos de científicos y tecnólogos que el Gobierno supuestamente pretende incluir en los presupuestos generales de 2018, el todavía ministro de Guindos ha incluido la creación de una nueva “comisión evaluadora del desempeño de la actividad científico-tecnológica”. Esta comisión determinaría cuándo o qué científicos deben ser estabilizados, así como su nivel salarial. Sorprende un poco la necesidad de crear una nueva comisión para evaluar a los científicos, cuando sus funciones ya existen dentro de la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad Científica y Acreditación). Más aún dado que España carece de sistemas consistentes de evaluación para departamentos, universidades y centros de investigación similares a los de otros países de nuestro área (como el Research Evaluation Framework del Reino Unido).

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Rumbo de colisión: segundo aviso de los científicos a la humanidad

En 1992 más de 1.700 científicos de todo el mundo, incluyendo todos los premios Nobel vivos en aquel momento, firmaron un escrito en el que resumían las preocupantes cifras de nuestro impacto sobre el planeta. Avisaban a la humanidad de que nuestras actividades llevaban rumbo de colisión con el mundo natural. Hace ahora veinticinco años de aquella Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro, reunión histórica en la que se definió el concepto de desarrollo sostenible y se dieron 2.500 recomendaciones para alcanzarlo. Ahora, en el 25 aniversario de una cumbre tan emblemática, más de 15.000 científicos de 184 países del mundo hemos firmado un segundo aviso a la humanidad. El aviso se ha plasmado en el artículo con más apoyos científicos de la historia y que ha resultado de una rápida y eficiente coordinación global del mundo académico. En este aviso se repasa la evolución de los principales indicadores ambientales en el último cuarto de siglo. Y la evolución no es precisamente la que se esperaba después de la cumbre en Río. 

El análisis de los indicadores ambientales y de su evolución evidencian que la humanidad no ha hecho bien los deberes programados en 1992. Estos incluían, entre otros, conseguir una reducción del crecimiento poblacional, revisar una economía basada en el crecimiento ilimitado, reducir la emisión de gases con efecto invernadero, incentivar las energías renovables, proteger hábitats naturales, restaurar ecosistemas, y frenar los niveles de contaminación, defaunación e introducción de especies exóticas invasoras. 

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La parada portuguesa

Hace tiempo (por no decir “cuando éramos jóvenes”, que queda cutre y derrotista), salíamos a veces por la noche con un grupo de ‘ibéricos’. Los españoles del grupo solían decir que “estaba la movida madrileña y la parada portuguesa”, porque cada vez que los portugueses salíamos de un bar y teníamos que decidir adonde ir a continuación, tardábamos horas (literalmente) y no se hacía nada. Bueno, pues así están las políticas científicas en Portugal. 

Hace más de un año, en agosto del 2016, salió un decreto-ley (el 57/2016)  que proponía terminar con la precariedad endémica del sistema científico portugués. La idea era pasar todas las becas postdoctorales de Portugal (con un salario de 1495 euros al mes) a contratos. Idea loable. Pero en la práctica, estamos desde entonces en “la parada portuguesa”. O sea, no se está aplicando ninguna medida más para luchar contra esta arraigada precariedad, y de paso no se abren ni concursos para becas post-doctorales, ni concursos para contratos de investigador (del programa “Investigador FCT”, o “IF”, equivalentes a los Ramón y Cajal españoles). O sea, prometen que la situación de los postdocs va a cambiar porque van a tener contratos, en lugar de becas, pero se olvidan de decir que esos contratos son sencillamente la substitución de los IFs… Esta situación ha dejado mucha gente en un compás de espera que está resultando largo, muy largo… y mientras tanto no se invierte dinero público en personal investigador abriendo nuevos concursos. 

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Mujeres en la ciencia: no hay peor ciego que el que no quiere ver

Hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Que las Naciones Unidas elijan un día para conmemorar el papel de las mujeres científicas se debe a la necesidad de visibilizar un elemento del mundo cuya relevancia no está suficientemente reconocida en la actualidad, como ocurre con el medio ambiente o los refugiados. Pero, ¿es necesario visibilizar el papel de la mujer en la ciencia? De hecho, cualquiera que se dé paseo por un centro de investigación (por ejemplo este en el Museo Nacional de Ciencias Naturales) encontrará los despachos, laboratorios y salas de reuniones llenos de mujeres científicas, al menos en la mayor parte de los países desarrollados y en vías de desarrollo.

Sin embargo, cuando se observa con más detalle vemos que la proporción de mujeres desciende según avanzamos hacia niveles profesionales superiores de la carrera científica, como podemos ver en un gráfico de esta entrevista a Adela Muñoz. Las posiciones de dirección en institutos de investigación y la lideranza de grandes proyectos internacionales recaen en mucha mayor medida en hombres. Y lo mismo ocurre con posiciones intermedias de responsabilidad. Hasta el punto de que la aplicación de políticas de paridad en tribunales de plazas y comisiones de evaluación tiene el efecto perverso de sobrecargar de trabajo a muchas mujeres, ya que la razón de sexos es tan sesgada en los estadios superiores de la carrera investigadora que ellas tienen que participar en dos o tres veces más comisiones que ellos para alcanzar la paridad.

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